38
Había miedo en la voz de Christian al cruzar esa puerta, y lo entendí muy bien.
Yo no tenía nada que perder, pero él sí, y mucho.
Era el hijo de un exvidente famoso, director de una de las academias más prestigiosas de Paneuropa.
Ese título le otorgaba honor, pero también una carga enorme: las expectativas de todos y las responsabilidades de su apellido.
Por eso, aunque yo no tuviera nada de eso, jamás le había tenido envidia.
Sin embargo, comprendía perfectamente el miedo que sintió al empujar esa puerta.
En la sala, un par de sofás rodeaban una mesa baja. Markus estaba sentado en uno de ellos, mientras el inspector Artimorti ocupaba el otro. Ambos conversaban cordialmente, cada uno con un vaso de cristal tallado en la mano que contenía un líquido de color miel.
Cuando entramos, los dos se quedaron en silencio de inmediato.
El policía llevaba unos guantes negros y finos, como si hubiera olvidado quitárselos después de conducir. Me pareció extraño, sobre todo porque no hacía nada de frío en la sala.
A sus espaldas, se alzaban decenas de estanterías altísimas, repletas de siglos de sabiduría de nuestra civilización y, en particular, de los Videntes. Era un lugar especial, casi mágico, pero la presencia de Artimorti era una mancha que ensuciaba esa atmósfera de calidez y conocimiento.
El director se levantó sorprendido y vino a recibirnos a la puerta. El inspector, en cambio, no hizo el mismo gesto, lo cual no me sorprendió. Tampoco me sorprendió que nos regalara una de sus peores miradas mientras vaciaba su vaso de un trago.
—¿Dónde habéis estado, hijo? —preguntó Markus con tono algo contrariado.
Christian lo miró, luego me miró a mí, y Artimorti frunció el ceño mientras metía la mano en el bolsillo, como si buscara algo.
—Justo a eso veníamos —dijo Christian—. A explicártelo. Por cierto, hola, inspector.
Artimorti ni siquiera respondió.
—Sentaos, por favor —dijo Markus, señalando dos butacas libres.
Christian obedeció, pero yo me quedé donde estaba. Si tenía que reaccionar, prefería estar de pie. Sería más rápida.
—Prefiero quedarme aquí, gracias —respondí, apoyándome en la pared donde estaba la chimenea.
Luego le lancé una mirada fulminante al policía, por si pensaba que era el único con esa habilidad.
—Está bien, permanece de pie si lo deseas, Luna —dijo Markus.
—¿Qué hace aquí el inspector Artimorti? —preguntó Christian, fingiendo calma.
—Oh, ha venido a explicarme cómo ve la investigación del suceso en Eteria Park —respondió Markus, mientras giraba el vaso en su mano—. Cree que… que todavía no estabais preparados para participar en una investigación policial.
El inspector sonrió con una satisfacción malvada, lo que me hizo preguntarme una vez más cómo era posible que personas como él ostentaran altos cargos sin que nadie hiciera nada al respecto.
—Christian, dile la verdad —dije, rompiendo el silencio en la biblioteca, que solo el golpeteo de las ramas por el viento se atrevía a interrumpir.
—¿Cómo dices? —preguntó el director, lanzándome una mirada severa que, días antes, me habría hecho encogerme en un rincón.
—Christian, dile a tu padre todo lo que hemos descubierto. Debe saberlo.
Los dos adultos se giraron hacia Christian. Artimorti, con una expresión preocupada, y Markus, intrigado.
—Bueno, hemos encontrado cosas, sí —empezó Christian, titubeando un poco.
Después de eso se quedó callado, mirándose las botas.
Puse los ojos en blanco. ¿Ahora, justo ahora, le entraba el miedo escénico?
¡Por todas las brújulas torcidas!
—Markus —dije, adelantándome a Christian, porque no teníamos todo el día y no quería quedarme un minuto más junto a ese criminal—. El inspector Artimorti es el culpable de lo que pasó en la atracción del submarino. Él fue quien intentó matarlo, y podemos demostrarlo.
El inspector bufó, riéndose de mi acusación.
—Esto es esperpéntico —dijo, riendo con el vaso vacío en la mano.
—Usted sí que es esperpéntico, y muy poco inteligente también —dije, sorprendida por mi propia osadía.
Todos me miraron, horrorizados por mi desfachatez.
—¡Luna Parker! —exclamó el director con severidad—. Un poco de respeto, por favor.
—Ese hombre no merece ni un ápice de nuestro respeto. En mi opinión, debería estar en la cárcel.
El rostro de Artimorti se volvió escarlata, como un coche de vapor sobrecalentado por exceso de ladrillos.
—¡Esto es intolerable! —gritó—. ¿Cómo permite tal insolencia en su Academia, Rosenberg? Debería castigarla de inmediato. No, ¡expulsarla! Maldita mocosa...
Markus levantó la mano.
—Es posible que lo haga —dijo con tono severo, pero luego añadió—: Está bien, Luna. ¿Qué es lo que quieres decirnos?
Después se giró hacia el inspector con una expresión que claramente decía: «tranquilo, esta estudiante ladra, pero no muerde. Dejémosla hablar y se calmará».
—No es la primera vez que Artimorti usa el traje del agente especial Filipo Ulrich.
Seguro que lo ha hecho muchas más veces, a juzgar por el desgaste de la suela.
¿Se ha fijado en esa manera tan peculiar de caminar que tiene, señor director?
Con el pie torcido hacia dentro… Seguro que se ha marcado en las suelas de sus botas... Y en las de Ulrich.
Hice un gesto a Christian, quien sacó la huella de yeso de su mochila y la dejó sobre la mesa.
Markus se agachó, tocó el borde de la huella y se detuvo donde se notaba un desgaste en un lado.
—Interesante —comentó Markus sin más.
El policía movió los pies involuntariamente, como si intentara ocultarlos bajo la butaca. Markus lo vio, pero no comentó nada.
—Eso no demuestra nada —replicó Artimorti con un bufido—. Simplemente tomaron mal la huella. El yeso no fluyó correctamente y esa zona quedó vacía.
—Puede ser —respondí desafiante—. Pero también puede ser que usted haya estado haciendo trabajitos para alguien de las altas esferas, y eliminando del mapa a quienes interfieren en los planes de los poderosos.
Como nosotros, y nuestra Academia. Quién sabe…
¿a lo mejor mató también a su amigo Filipo Ulrich, en cuanto cambió el testamento?
Le habría venido muy bien un traje de protección como ese para misiones tan arriesgadas, ¿no cree?
Oculta muy bien el rostro, y las botas lo protegen de casi todo.
Y qué bueno que tanto usted como Ulrich usaran una talla parecida. Muy, pero que muy práctico.
—Sandeces… —dijo el inspector, levantándose de golpe—. No tengo tiempo para estas tonterías.
—Siéntese, por favor —repliqué con firmeza—. No he acabado. Todo lo contrario, apenas he comenzado.
Markus hizo un gesto al inspector para que se sentara de nuevo, aunque su expresión indicaba que no le daba mucha importancia a nada de lo que había dicho hasta ahora.
—Sospechamos que el Gobierno Central quiere cerrar esta Academia a largo plazo —continué, mirando al director a los ojos en busca de alguna pista de reconocimiento, pero él se mantuvo impasible—.
Quieren implantar cada vez más leyes que nos hagan más sumisos al sistema y más inofensivos.
Quieren eliminarnos de las investigaciones, y drenar nuestros poderes.
Pero no todas las escuelas están de acuerdo.
Y esas, precisamente, son el primer objetivo.
—Estas, Luna, son acusaciones muy graves. ¿Tienes alguna prueba? —preguntó Markus.
Suspiré. No podía delatar a Elba Ulrich, así que no tenía pruebas directas de eso, pero sí de otras cosas que estaba dispuesta a exponer.
—Claro que sí. Empecemos —afirmé, contando con los dedos—. Primero, Artimorti y Ulrich eran amigos desde la infancia. Tenemos la foto que lo demuestra.
Christian sacó la foto de su mochila y la mostró.
—Como pueden ver, los dos se conocían. Su hija, Elba Ulrich, nos confirmó que este hombre apartó a toda la familia de Filipo. Y lo convenció para que le dejara todo como herencia, incluso el traje de agente especial. Por eso tenía las llaves de la casa, y sabía la combinación de la caja fuerte.
—Qué ideas tan absurdas —replicó Artimorti.
—No lo dudo, señor inspector. Pero dejémosla continuar. A ver a dónde quiere llegar la señorita Parker —intervino el director.
—Luego —seguí—, está la cuestión del coche del inspector. El día del accidente, nos llevó a la ciudad en su vehículo. Si bien recuerdo, echó en la caldera ladrillos negros, pero también dos pequeños bloques de color lila. ¿No es así, Christian?
—Cierto —respondió Christian, cruzado de brazos en su butaca.
—Señor director, si está usted familiarizado con los vehículos de vapor, como ese tan lujoso que usa el inspector Artimorti…
—Miré a Markus en busca de confirmación, y él asintió—.
¿Por cierto, no es raro que sea el único policía que puede permitirse uno?
Pero bueno. Eso es otra cuestión. Si conoce el funcionamiento, entonces sabrá que esos bloques lilas solo se usan cuando uno arranca la caldera después de muchas horas.
Es un proceso lento. Hay que calentar toda el agua sin brasas en el calefactor.
Es como encender la barbacoa en el jardín, ¿verdad?
—No pienso quedarme aquí hablando de barbacoas —bufó el inspector, frotándose la barriga y miró de reojo el gran reloj sobre la chimenea apagada—. Pero es hora de comer. Debería marcharme.
—¡No! —grité firmemente—. Lo que trato de decir es que su coche estaba frío cuando subimos a él en el parque de atracciones. Y eso es raro, porque supuestamente usted llegó allí después del accidente. Así que estuvo allí… ¿cuánto? ¿Una hora? ¿Dos?
Los ojos de Markus brillaron un instante, pero siguió callado.
—Pero echó un bloque morado al arrancar.
Eso significa que el inspector llegó mucho antes al parque y colocó el explosivo en los raíles.
Después, cuando llamaron a la policía, se encargó de llegar primero y estar allí antes, para que le asignaran el caso y así poder cerrarlo rápidamente.
Todo sin dejar rastro, y desviando todas las sospechas de su persona. Magistral, ¿no?
—Eso es completamente falso —replicó Artimorti, aunque su voz sonó menos segura que antes.
—No he terminado —dije, incapaz de detenerme—. Tenemos la relación con Filipo Ulrich, lo del coche que prueba que ya estaba en el parque, pero falta lo que ocurrió entre ayer por la noche y hoy por la mañana, y podremos mostrarles todo, imagen por imagen, gracias a…
Me detuve, sintiendo una extraña sensación de mareo. Miré a Christian, que seguía animándome a continuar con una mirada de apoyo. Pero no pude, porque estaba a punto de tener otra premonición.