Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 37
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Después del largo y agotador trayecto en bicicleta, en el que Luna condujo como una auténtica campeona olímpica, conseguimos rastrear el destino final del coche del inspector Artimorti.

Si no me equivocaba, en ningún momento había sacado del maletero el traje y las botas del agente Ulrich, lo que significaba que debían de seguir allí.

Lo extraño era que se hubiera dirigido a la Academia después de todo lo sucedido. ¿Por qué? ¿Habría ido a hablar con mi padre? O, peor aún, ¿habría venido a terminar el crimen que no había logrado completar en el parque de atracciones?

De ser así, más valía apresurarse.

—Si está con tu padre… —dijo Luna, y sus ojos, ya de por sí oscuros, se ensombrecieron por la preocupación.

Estaba pensando lo mismo que yo.

—Vamos, rápido. Seguro que aún llegamos a tiempo —respondí, intentando sonar más confiado de lo que realmente me sentía.

Dejamos la bicicleta apoyada discretamente tras la verja de entrada y nos acercamos con cautela al coche del inspector. Miramos dentro, pero no conseguimos ver si las botas seguían en el maletero.

—Vamos, entremos —dijo Luna con tono decidido.

Mi estómago rugía como un león hambriento.

Llevábamos demasiadas horas durmiendo y comiendo poco, y habíamos recorrido media ciudad varias veces.

En realidad, Luna había hecho un esfuerzo mucho mayor que yo.

Ella había sido la que pedaleaba, sin detenerse, sin quejarse…

al menos, sin quejarse demasiado , para ser ella.

Yo no podía más, pero no era momento de rendirse. No era seguro dejar a Artimorti con mi padre después de todo lo que habíamos descubierto.

De repente, Lucrecio, uno de los jardineros, pasó silbando con una carretilla llena de ramas recién podadas.

—¡Lucrecio! ¿Sabes dónde está mi padre? —le pregunté, casi sin aliento.

—Me pareció verlo en el salón de la biblioteca, señorito Rosenberg —contestó—. Estaba con un caballero uniformado.

Luna y yo nos miramos y, sin intercambiar más palabras, advertí un destello de alarma en su cara. Cada vez nos bastaban menos frases para entendernos. No hizo falta hablar; sabíamos lo que teníamos que hacer.

Cruzamos el pasillo rápidamente hasta llegar a la puerta del salón.

—¿Estás seguro? —preguntó Luna, tomando mi mano con fuerza, frenándome un instante antes de entrar.

—Tenemos que acabar con esto —respondí, más firme de lo que me sentía.

Luna dudó un momento antes de hablar.

—No sé si es una buena idea irrumpir así, mientras están hablando en privado.

—¿Tú crees? —respondí, con una sonrisa que trataba de calmarla, aunque yo también sentía esa misma incertidumbre.

—A lo mejor deberíamos escondernos tras la puerta. Esperar a que Superbigotes se vaya, y entonces hablar con tu padre. Ya sabes que negará todo lo que digamos.

—Sí, pero esta vez tenemos pruebas tangibles. O, al menos, las tendremos si ese cacharro que nos dio Elba Ulrich funciona. Y, además, no me fío de dejarlos solos.

Luna me miró de reojo, aún no muy convencida.

—No sé, Christian, tengo un mal presentimiento.

—¿Has tenido una premonición otra vez? —pregunté, un poco asustado por lo que pudiera haber visto.

—No. Pero es sentido común, Christian. Ese hombre no tiene buenas intenciones. Eso está claro.

Asentí.

—Estoy de acuerdo, y justo por eso, creo que es mejor entrar y plantarle cara.

Luna me miró, dubitativa. Finalmente, suspiró.

—De acuerdo —respondió, aunque su voz tembló un poco.

—Confía en mí —dije, tratando de infundirle confianza.

Y luego abrí la puerta de golpe.