36
Aquello pareció una señal; una respuesta de mi madre desde dondequiera que estuviese.
Al girar la cabeza, divisé un cartel azul y brillante por detrás de otros edificios: era la comisaría de policía.
—¡Christian, lo tenemos! Allí, mira —dije, señalando el cartel mientras pedaleaba con fuerzas renovadas.
—¿Qué, dónde?
—¡No estás atento, Zanahoria Rosenberg! —le reproché con exasperación, pero sin perder el ritmo.
—Oye, ¿pero qué dices? No puedo ver lo que tú ves. Solo el pasado. ¿Me entiendes?
—Sí, pesado. ¡Pero esto ha estado ahí todo el tiempo! —exclamé, apretando los dientes con frustración.
—¿Qué se supone que tengo que ver?
No le respondí, solo giré a la derecha con una maniobra rápida y me planté justo frente al edificio.
—¡La comisaría! —anuncié triunfal, alzando una mano que él, por motivos obvios, no podía ver.
—¡Bien visto! —admitió—. ¡Y sí, allí está el coche de Superbigotes, aparcado!
—¡Shhh! No grites, que aquí te pueden oír.
Me giré y, como por arte de magia, se calló de inmediato.
—Veo coches patrulla, pero el de Artimorti ahora no está —dije—. ¿Tú sí que lo ves?
—Sí —contestó Christian—, veo la comisaría y el Relámpago de Superbigotes. Está bajando de él.
—¿Lleva el mismo bulto con el que salió de la casa? ¿Ese que metió en el coche? —pregunté intrigada.
—No, solo baja, pero no lleva nada en la mano.
—De acuerdo. Oye, por favor, no puedo más. Bájate del manillar.
—Claro —respondió sin quitar los ojos del patio de la comisaría—. Oye, Luna, ¿dices que su coche no está ahí ahora?
—Ya te lo he dicho. Hay otros, pero el suyo no.
—¿Entonces no lo ves ahora, en el presente? ¿Seguro?
—¡Que no, pesado!
Con tanto salto temporal, estaba empezando a hacerme un lío hasta yo.
—Vamos a escondernos y esperar a que salga.
Se me escapó un bostezo y mi estomago rugió de hambre.
—A lo mejor se queda en la comisaría durante horas, hasta que llega el momento de reunirse con nosotros en casa de Ulrich —dije con amargura—. ¿Y si nos vamos y volvemos luego? No podemos esperar aquí tanto tiempo.
—Si hubieras atendido en clase de Cloterfin —me dijo con su tono de listillo—, sabrías que, con una buena dosis de concentración y otra de técnica, podemos hacer que el tiempo avance más rápido en la visión.
—Mira qué bien. Perdón por no atender en una clase sobre cómo manejar un don que no tengo.
Christian hizo un breve gesto de tristeza, pero luego agitó la mano, pidiendo silencio.
—Voy a concentrarme. Un momento.
Me callé, pensando en lo maravilloso que sería si la Academia tuviera alguna asignatura para gente como yo, en lugar de solo prácticas para los que eran como Christian.
Pero claro, bastante agradecida estaba de que Markus me hubiera infiltrado allí, falseando documentos y arriesgándose por mí. Ya había hecho bastante.
Me senté en el suelo, esperando a que Christian terminara su labor de concentración. Los coches de policía entraban y salían sin fijarse en nosotros… por el momento.
Me moví un poco, ocultándome mejor detrás de un coche patrulla, y recé para que Christian se diera prisa. Solo faltaba que Markus tuviera que venir a rescatarnos de una celda por espiar frente a una comisaría.
—Lo tengo. Han pasado varias horas —dijo al fin.
En realidad, solo habían pasado unos minutos, pero ¿quién era yo para contradecirle?
—En este momento está saliendo —dijo, señalando el aire—. Vamos, ¡a la bici!
Suspiré y volví a mi trabajo de locomotora mal pagada.
Pedaleé, siguiendo sus indicaciones, pero esta vez con un poco más de inteligencia. Si el coche de Superbigotes se detenía por el tráfico, nosotros seguíamos adelante, ganando terreno para no tener que ir tan rápido después.
Repetimos el mismo recorrido, pero esta vez en dirección inversa. Y, como no podía ser de otra manera, terminamos de nuevo frente a la casa de Filipo Ulrich.
—Otra vez aquí —murmuré, enjugándome el sudor de la frente.
—Luna, estamos aquí, delante de la casa, hace unas horas. Puedo vernos. Bajamos del globo-taxi y entramos.
—Debe de ser una experiencia muy peculiar verte a ti mismo en el pasado —comenté, con una sonrisa cansada—. ¿Cómo llevo el pelo?
—Como una fantástica bomba de rizos, igual que siempre —contestó Christian, con una media sonrisa—. Ahora salimos de la casa. Luego mi padre y Superbigotes se marchan y nos dejan ahí. Vamos, Luna, tenemos que volver a hacerlo.
El cansancio comenzó a apoderarse de mí. Mis piernas flaqueaban, y el agotamiento estaba a punto de vencerme, pero apreté los dientes y seguimos.
Christian me mostraba el camino, sorteando el tráfico. Cuantas más indicaciones me daba, menos lógico me parecía todo aquello. ¿No eran las mismas calles que antes? De repente, volvimos a encontrarnos en el mismo lugar, frente a la comisaría.