35
Ni en mis sueños más bizarros me habría imaginado estar en una situación así.
La vieja bicicleta crujía bajo el peso de los dos, y hacía falta un gran esfuerzo para pedalear y mover el manillar con Christian encima.
Christian tenía las Óculus puestas y los cristales del Caleidoscopio Temporal alineados con ellas.
El pasado se le mostraba solo a él, y yo tenía que seguir sus instrucciones, aunque no pudiera ver el coche al que estábamos siguiendo.
—¡Por aquí, corre, que lo perdemos! —gritó Christian.
Pedaleé más rápido, sintiendo que los músculos de las piernas me ardían. Por milésima vez, agradecí profundamente no llevar una falda larga como Greta y Aurora. Gracias, pantalones.
Dejamos atrás la zona residencial y nos metimos en una de las arterias principales que llevaba al centro.
Era casi mediodía, y las calles de Barcinova estaban tan congestionadas que aquello parecía una carrera de obstáculos.
Peatones, carruajes y vehículos vaporizados competían por ver quién corría más y quién creaba el mayor número de atascos.
—¡Más rápido! Ahora por la derecha, ¡por aquí! —gritó Christian entre el bullicio, soltando la mano del manillar, de modo que casi salió volando.
La gente nos miraba como si fuéramos un par de lunáticos. Un tipo con gafas raras y un aparato lleno de engranajes y cristales en la cabeza, dando instrucciones a una chica que pedaleaba como si su vida dependiera de ello. Seguro que pronto seríamos la comidilla del barrio.
Giré lo más rápido posible, pero el peso de Christian sobre la rueda delantera hacía que la maniobrabilidad de la bici sobre los adoquines fuera aún más difícil. Por poco me estampo contra una señal de tráfico.
—¡Venga, Rizos! Más rápido, que se nos escapa —gritó Christian, apuntando a un carruaje de limonada que avanzaba a paso de tortuga.
El semáforo se puso rojo.
—¿Qué haces? ¡Lo perdemos! —gritó Christian, alarmado.
—Oye, ¡el semáforo está rojo! ¿Qué quieres que haga? —respondí, jadeando, agradecida de poder tomarme un respiro.
—¡No importa, corre! ¡Lo hemos perdido, ha girado en el siguiente semáforo!
—¡Por todos los infiernos! ¿Quién me mandó meterme en este lío? —dije, apretando los pedales mientras pasábamos entre un carruaje mecanizado y un monociclo que venían de frente.
—¡Ha desaparecido! Espabila, Luna, ¡pedalea, que se va! —gritó Christian, girando la cabeza hacia el siguiente cruce.
No sé cómo lo hice, pero adelanté a un coche de caballos. El chófer me miró como si acabara de ver una jirafa montada en un monociclo. Sonreí y lo saludé educadamente.
El tipo nos miró pasar con la boca abierta.
—¡Corre! ¡A la derecha, rápido! —gritó Christian, mirando nervioso.
—¡Quédate quieto o nos caemos, Christian! ¡Deja de tambalearte! —grité mientras hacía el giro brusco que me había indicado.
—¡Párate! —gritó Christian al mismo tiempo que extendía los brazos.
Frené en seco, con las manos apretando los frenos a fondo.
Christian salió volando como un muñeco de trapo, pero, por suerte, cayó de cuclillas, con una mano sobre los adoquines y sus artilugios de visión en la otra.
—¡Uoooo! —gritó, con una risita nerviosa—. Casi se me rompen.
—Lo siento, me avisaste demasiado tarde —dije, jadeando mientras respiraba hondo—. ¿Dónde está ahora Superbigotes?
Christian miró alrededor, buscando en todas las direcciones con extrañeza, como si el coche del policía se hubiera esfumado.
—Pues… Estamos dentro de su coche —dijo finalmente.
—¿Cómo?
—Sí, está justo en este preciso lugar, parado.
—¿Parado? —pregunté, sin entender.
—Está esperando a que crucen varias personas.
Lo entendí al instante. Delante de nosotros, había un paso de cebra vacío. No había nadie en las aceras, pero eso era ahora, en el presente. Horas antes, cuando Superbigotes estaba allí, la escena había sido completamente diferente.
—¿Cuánto tiempo tardaremos en retomar la marcha? —pregunté, sujetando el manillar con más firmeza.
—Creo que poco. Deja que suba otra vez.
Respiré hondo, recuperando fuerzas para continuar la persecución.
—¿Y si arrancamos ya y lo esperamos un poco más adelante?
—Vale —respondió Christian, mirando hacia un lado.
Comencé a pedalear de nuevo, a duras penas. Cada giro del pedal me costaba más, pero no podía rendirme ahora.
Cuando logramos una ventaja de una decena de pies, Christian anunció que el coche de policía había arrancado.
—¡A la izquierda! ¡Ahora! —gritó, pero no me dio tiempo ni a reaccionar.
—¡No, espera! ¿Era a la derecha o a la izquierda?
—¡A la derecha! ¡No me hagas esto, Luna! ¡A la derecha!
—¡No veo ninguna calle!
Si no hubiera sido por Markus y la Academia, habría soltado la bici y dejado ahí a esta zanahoria mandona que no paraba de darme órdenes contradictorias.
El tráfico en la avenida era un caos, pero frené a tiempo, dejando pasar un coche vaporizado que venía a gran velocidad. Entre gritos de ciclistas y algún que otro insulto, logré dar la vuelta.
Me metí rápidamente en la calle por la que Superbigotes había girado, sin perder un segundo.
Entonces, Christian se quedó en completo silencio.
Y ese silencio no parecía una buena señal.
—¿Dónde? —pregunté, con ansiedad.
—¡No lo sé!
—¿Dónde está?
—¡Maldita sea, no lo veo! ¡Se ha desvanecido!
Aflojé las pedaladas y me quedé pensativa. Miré a mi alrededor mientras Christian seguía buscando, totalmente absorbido por lo que veía con sus gafas.
Estábamos en una callejuela vacía, y me sentía tan inútil como cuando los otros compañeros se burlaban de mí en la Academia. Ojalá pudiera ver lo que él veía. Ojalá pudiera tener mis propias Óculus, y buscar a Artimorti por mí misma. Sentí una punzada de frustración.
—El problema de cuando pierdes el pasado es que volver al momento exacto es casi imposible —murmuró Christian, como si hablara para sí mismo—. Por eso hay que ser ágiles al seguirle el rastro. Tendríamos que haber ido más rápido.
—Pues haber pedaleado tú, guapo —respondí, intentando recuperar la calma.
Christian no contestó. Estaba demasiado concentrado en su visión para escucharme.
Miré al cielo, con un suspiro pesado. Pensé en mi madre.
«Mamá, por favor, ayúdanos. Dame una señal.»
Y en ese preciso momento, lo vi. Algo brillante, entre los edificios.
—¡Allí! ¡Lo tengo! —grité.
El corazón me dio un vuelco. ¿Habría sido un mensaje de mi madre?