34 #2
—Tú mientras protege tus Óculus y todos esos artilugios tan valiosos… —ordenó—, y procura no romperte ninguna uña.
Antes de que pudiera detenerla, ya había cruzado la cerca del jardín. Caminó de puntillas hasta el cobertizo, pasando sigilosamente junto al dóberman dormido. Abrió la puerta y desapareció dentro.
Un minuto después, reapareció empujando una bicicleta negra con filigranas doradas. Aunque estaban desgastadas por el óxido, todavía se distinguían en el cuadro y el manillar.
—Mira qué belleza… —murmuró con una mueca de admiración.
Pasó de nuevo junto al perro y se montó en la bicicleta. Le costó un par de intentos; era algo alta para ella.
Y en ese instante, el dóberman levantó las orejas.
—Luna… —murmuré.
Pero ella estaba demasiado ocupada intentando hacer girar los pedales sobre la cadena oxidada.
El perro se incorporó tambaleándose, como si todavía estuviera aturdido por el somnífero.
—¡Luna, está despertándose! ¡Corre!
Luna saltó de la bicicleta y echó a correr, empujando el manillar sobre la hierba crecida.
El dóberman se lanzó tras ella, pero tropezó y perdió el equilibrio.
—¡Corre, Luna! ¡Va a dar la vuelta! —grité.
El perro emitió un ladrido rabioso, aunque algo ahogado. Luna consiguió llegar al final del jardín, pero la rueda delantera de la bicicleta quedó atrapada entre las raíces de un arbusto seco.
—¡Vamos, vamos, vamos…! —murmuró, empujando con todas sus fuerzas.
Se resbaló. Y antes de poder reaccionar, cayó al suelo con la bicicleta encima.
Mi corazón se encogió. No iba a lograrlo a tiempo, si yo no hacía algo.
Solo había una forma de detener al animal: hacer lo mismo que había hecho Luna la noche anterior para bloquear su cadena.
—¡Corre, Luna! ¡Deja la bicicleta y corre!
El perro estaba cada vez más cerca. Sus gruñidos me retumbaban en los oídos.
Rebusqué velozmente en la mochila y saqué mi ganzúa; luego corrí hacia el cable que rodeaba la casa.
El dóberman saltó justo cuando yo encajaba la herramienta en una de las anillas que sujetaban el cable metálico alrededor de la casa.
El perro tiró con fuerza.
La cadena se tensó.
Y entonces…
Se quedó atascada entre la ganzúa y la anilla.
El perro rebotó como un muelle y fue lanzado hacia atrás, aterrizando de lado al otro extremo del jardín. Gruñó, sacudió la cabeza y quedó aturdido.
Me apoyé en las rodillas, tratando de recuperar el aliento.
Mientras tanto, Luna se había levantado y, sin hacerme caso, había conseguido salir de la casa con la bicicleta. Yo fui corriendo detrás de ella, cerré la verja del jardín y ambos nos dejamos caer en la acera frente a la casa.
Estábamos a salvo. Y teníamos una bicicleta.
—Oye, cuando dije que quería un cachorrito para mi cumpleaños, no me refería a uno de esos… —dijo, aún sin aliento.
—No te vuelvo a dejar jamás que vayas sola a por nada —respondí.
—¿Qué dices? Ha sido divertido.
—Sí, muchísimo. Menos mal que estaba cerca.
—¡El caballero errante, siempre listo para salvar a una doncella en apuros!
Exhalé, armándome de paciencia.
—Venga, vamos —dije, lanzándole una mirada de reojo.
Dimos la vuelta a la manzana y regresamos a la parte trasera de la casa de Ulrich. Nos quedamos allí unos minutos, recuperando el aliento.
—Verás, tengo un plan —le dije.
Luna me miró con suspicacia.
—Tengo miedo de tus planes.
—Este es bueno, escucha. Tendrás que subir conmigo en la bici y llevarme.
—¿Desde cuándo soy tu chófer?
—Calla y déjame acabar. Yo me siento en el manillar con las Óculus puestas, y el Caleidoscopio alienado con ellas. Así podremos ir lo suficientemente rápido para poder seguir al coche de Superbigotes.
Luna arqueó una ceja.
—Me parece bien, pero ¿no sería mejor que te sentaras en el sillín, como la gente normal?
—No, porque en el sillín vas tú. Tu manejas el manillar y pedaleas.
—¿Contigo encima? —exclamó.
—Tampoco peso tanto.
—He visto cuantas magdalenas te has comido para desayunar, y…
—¡Deja que termine! Yo iré mirando con las Óculus y te diré hacia dónde girar.
Luna entrecerró los ojos.
—¿Quieres que nos matemos?
—Confía en mí. Sé lo que hago.
—No tienes ni la más mínima idea de lo que estás haciendo. Admítelo.
Fruncí los labios. Vale, quizá no había tenido mucho tiempo para trazar ese plan, pero en mi cabeza todo cuadraba.
—A ver, yo veré a dónde va el coche de Superbigotes, pero alguien tiene que girar el manillar. No puedo estar en el pasado y en el presente a la vez.
—¿Es que te has bebido el entendimiento? —replicó Luna—. Es un plan suicida. O nos caemos, o nos atropellan… —se quedó pensativa—. O las dos cosas a la vez.
Se cruzó de brazos. Casi pude ver los engranajes girando dentro de su cabeza.
—¡Ostras! Pues a lo mejor tienes razón. Seguramente, Superbigotes no se quitará la máscara hasta estar en un lugar seguro.
Él piensa que ningún Vidente puede seguirle la pista si va en coche.
Pero si conseguimos seguirlo y grabamos el proceso con el Caleidoscopio, tendremos una prueba conclusiva. Oye, ¡no eres tan tonto como pareces!
Gruñí.
—Gracias por el cumplido. Entonces, estamos de acuerdo: tú conduces y yo te digo por dónde ir. ¿Te parece bien?
Luna suspiró.
—Estás loco… pero no me disgusta del todo.
—Venga, pues empieza.
—No te acostumbres a mandar, ¿eh? —dijo, subiéndose a la bici.
—Y tú no te acostumbres a que te salve la vida.
Creo que Luna puso los ojos en blanco, pero no pude verlo porque ya me había puesto las Óculus.
Siguiendo las instrucciones de Elba Ulrich, ajusté el Caleidoscopio Temporal sobre ellas.
Era un poco complicado, porque juntos pesaban bastante, y necesitaba una mano para sujetarlos y la otra para no salir volando del manillar de la bicicleta.
Me concentré y probé varias combinaciones de cristales. Poco a poco, las gafas se ajustaron a mi visión, y comencé a ver destellos del pasado. Todo era azul. Las siluetas comenzaron a formarse hasta que, de repente, vi exactamente lo que buscaba.
El coche de Superbigotes.
Lo vi bajar y entrar en la casa por la puerta de la cocina, la misma que nos había mostrado Elba.
—¿Lista? —le dije a Luna.
—¡Lista! —gritó con emoción.
Superbigotes volvió a salir de la casa por la puerta trasera. Llevaba un bulto. Lo metió en el maletero y arrancó el coche.
—Tres… dos… uno…
Señalé a Luna la dirección, soltándome un segundo del manillar.
—¡Arranca!
Luna empezó a pedalear y nos lanzamos a la persecución temporal: nosotros en el presente, y Superbigotes en el pasado.