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Regresamos a la planta baja, y Elba nos acompañó hasta la salida.
—¿Cómo habéis llegado desde la academia? ¿Vinisteis en globo-taxi?
—No, tomamos el Subfluvial —expliqué.
—A decir verdad, gastamos la última moneda para llegar aquí, así que nos espera una buena caminata de vuelta —añadió Luna con una risita amarga.
Elba arrugó el ceño.
—En ese caso, esperad un momento en el vestíbulo —dijo sin darnos tiempo para responder—. Entraré un momento a pedir permiso para salir, y os llevaré yo misma a casa.
—Diga que tiene un problema con la compañía del agua —propuso Luna con una ceja alzada—. Es lo que le contamos a su empleada de hogar.
Elba la miró, divertida por la ocurrencia.
—Buena idea. Así haré.
Desapareció por las escaleras y regresó cinco minutos más tarde.
—Por aquí —dijo, y señaló un pasillo.
Llegamos al final del corredor, hasta una puerta de cristal que llevaba a un patio trasero. Era un aparcamiento al aire libre para vehículos vaporizados; seguramente, uno reservado para los empleados del Ministerio.
Se acercó a una ventanilla y el conserje le pasó una llave. Con ella, se dirigió a uno de los vehículos y nos hizo un gesto para que subiéramos. Cuando llegamos cerca del coche, pude escuchar el típico chisporroteo del metal enfriándose.
—¡Vámonos! —dijo, abriendo la puerta e indicándonos que subiéramos—. Os llevo a casa en coche oficial. No está mal, ¿verdad?
Luna y yo nos miramos: evitarnos la caminata era genial, pero regresar a la Academia era lo último que queríamos en ese momento, a pesar de lo cansados que estábamos.
—A decir verdad, sería mejor que regresáramos a casa del señor Ulrich, si no le importa —dije—. Después de nuestra conversación, hay un par de cosas más que deberíamos comprobar. ¿No, Luna?
—¡Desde luego! —corroboró ella.
—Esta mañana, las botas del uniforme ya no estaban en la caja fuerte —expliqué—.
Yo investigué la entrada de la casa con mis Óculus, pero no pude ver a Artimorti regresando a por ellas.
Sin embargo, creo que cometí un error. Sospecho que la casa debe de tener alguna puerta trasera o algún otro acceso en el que no nos fijamos la primera vez.
—Desde luego —asintió Elba—. Hay una puerta trasera que da a la cocina. Os la mostraré yo misma.
Elba se puso unas gafas redondas de conducir. Después tomó un bloque de carbón negro y lo metió en la caldera. Finalmente, accionó el soplete interno, y el fuego comenzó a arder.
—Creo que con un solo bloque tendremos suficiente para llegar —comentó, observando cómo la llama cogía fuerza y engullía el carbón.
—Un momento… —dijo Luna, sorprendida—. ¿No echa los bloques morados? ¿Esos pequeñitos?
—No, esos son solo necesarios cuando un coche vaporizado ha estado toda la noche apagado —dijo, señalando la caldera—. Pero, si aún quedan brasas, no hace falta.
—¿Y cuánto pueden durar las brasas? —preguntó Luna, con cara de estar calculando algo.
—Pues… casi medio día. Unas cuatro, cinco horas, o incluso más, dependiendo del tamaño de la caldera y la cantidad de combustible que quede dentro.
Luna frunció el ceño, pensativa, pero no dijo nada más.
El coche arrancó y avanzamos por la Gran Vía de los Vapores, rumbo a la casa de Filipo Ulrich.
Mientras cruzábamos las calles de Barcinova, Elba nos habló de la relación que había tenido con su padre. De niña, habían sido una familia unida, pero después de que su madre falleciera, su padre comenzó a alejarse, influenciado por ciertas personas con las que pasaba demasiado tiempo.
—El peor de todos era Artimorti. Una auténtica serpiente, a quien conoció en un campamento de verano mucho tiempo atrás y nunca pudo quitarse de encima —dijo con amargura—. Lo alejó de mí a propósito.
Luna frunció el ceño, con la expresión compasiva de quien sabía lo que era perder a alguien.
—Lo siento —dijo—. Debió de ser muy duro perder a su madre… y luego también a su padre.
Elba asintió sin mirarnos, su voz serena pero firme.
—Lo fue. Pero una se acostumbra a todo. Lo que nunca llegué a entender es por qué Artimorti lo volvió contra mí. Ahora, sin embargo, todo empieza a tener sentido. ¿Sabéis que mi padre le dejó todas sus posesiones en herencia?
Sacudí la cabeza, incrédulo. Pero no insistimos con más preguntas. Su tono dejaba claro que no tenía intención de darnos más detalles, y me pareció justo respetar su silencio.
Luna cambió de tema, curiosa como siempre.
—Señorita Ulrich, todavía no nos ha explicado para qué sirve el Caleidoscopio Temporal.
—Cierto... —respondió ella, sorteando un triciclo.
Abrí un poco mi mochila y miré el objeto: una extraña combinación de metal dorado, madera oscura y discos de cristal de colores en un extremo. Lo había envuelto en el paño que me dio la señorita Ulrich, junto con la huella y las Óculus.
—Los Videntes siempre han sido una gran ayuda en las investigaciones policiales —dijo Elba, y pensé que no quería responder la pregunta de Luna—. Pero tienen una limitación importante. ¿Sabéis cuál es?
Me encogí de hombros.
—Es difícil aprender a controlar el Don —respondí—. Y se pierde en pocos años, con el tiempo y el uso.
—Sí, pero hay algo más —me interrumpió—. Supongamos que existiera un Vidente con un talento completamente desarrollado, capaz de controlar lo que ve en todo momento. Aun así, su testimonio seguiría teniendo un fallo…
—El testimonio en sí mismo —interrumpió Luna de repente.
—¿Qué? —pregunté, confundido.
Pero Luna sonreía, sus ojos brillando con la emoción de quien acaba de entender algo crucial.
—El problema no es lo que el Vidente ve, sino que el resto del mundo le crea.
—¡Exacto! —dijo Elba con satisfacción.
Por supuesto. Eso era justo lo que estábamos enfrentando ahora mismo.
—Ahora —continuó Elba, con un tono misterioso, como si estuviera a punto de realizar un truco de magia—, imaginad que existiera una forma de demostrar lo que un Vidente ha presenciado. De grabarlo. Y luego reproducirlo ante un jurado.
Me reí con incredulidad.
—Eso es imposible. Aunque un Vidente sostuviera una cámara fotográfica, esta solo captaría lo que ocurre en el presente. Las imágenes solo existen en la mente del Vidente.
—Sí, así era… —concedió Elba, mientras giraba hacia una zona de casas bajas con jardines—. Hasta ahora.
Miré a Luna; estaba boquiabierta. Tiró de mi mochila, ansiosa por ver de nuevo el Caleidoscopio Temporal.
—Guau… Pero eso significa que este artefacto es capaz de… —susurró.
—Correcto —afirmó Elba—. Y, por desgracia, es el único que existe. No solo eso; es muy probable que el Ministerio decida destruirlo muy pronto.
Se detuvo junto a la acera y nos miró con seriedad.
—Quizás podáis darle un buen uso antes de que desaparezcan para siempre.
Sentí un escalofrío. Justo en ese momento me pareció recordar una breve conversación entre mi padre y Creonte, el director del Eteria Park, en la que habían mencionado un artilugio parecido. Mi padre había dicho que no existía y que los rumores eran falsos.
—¿Cómo funciona? —pregunté.
—Basta con ajustarlo a las Óculus —explicó ella—. Después necesitaréis una fuente de luz para proyectar las imágenes.
Asentí, aunque de nuevo me asaltó una duda.
—¿Y si alguien nos pregunta dónde lo conseguimos? —inquirí.
Elba esbozó una sonrisa astuta.
—Decid que lo encontrasteis en los contenedores de basura del Ministerio —bromeó Elba—. De todos modos, habría acabado allí en cuestión de semanas.
Nos dejó en una calle que daba a la parte trasera de la casa de su padre y esperó a que bajáramos del coche. Antes de marcharse, nos dio un último consejo.
—Ahí tenéis la puerta trasera, es esa pequeña con un cristal, y comunica con la cocina. Además, hay una bicicleta en el cobertizo, que podéis usar si queréis. Era de mi madre… seguro que se alegraría de saber que le fue útil a alguien.
Cuando Elba ya estaba a punto de arrancar, algo me hizo detenerla, agitando la mano.
—¡Espere! —dije—. ¿Por qué ha hecho todo esto? ¿Por qué nos ha ayudado?
Elba apoyó las manos en el volante forrado de cuero y suspiró.
—¿Por qué? —repitió con una ceja en alto—. Porque esa sabandija me arrebató a mi padre antes de tiempo. Y alguien tiene que darle su merecido.
Se ajustó las gafas de conducir y nos dedicó una última mirada.
—Hacedme este favor. Desenmascarad a ese criminal. Por mí, por mi padre… y por todos los que han sufrido por culpa de Artimorti y sus superiores.
Y con un rugido del motor, desapareció calle abajo.
Nos quedamos mirándonos, sin saber por dónde empezar. Todo lo que había ocurrido era una locura… pero al mismo tiempo, ere increíblemente emocionante.
Entrecerré los ojos, intentando ver por última vez el vehículo de la señorita Ulrich, que desaparecía tras una nube de humo.
—Eh, no te duermas, que todavía tenemos trabajo —dijo Luna, dándome una palmada en el pecho.
—Yo no me duermo nunca.
—Pfff, tendrías que haberte visto roncando en el Subfluvial. Menos mal que te desperté, o a estas alturas, ya estarías en Las Galias.
—Déjate de tonterías, Luna, y vamos a buscar ese cobertizo —respondí.
—Todavía no entiendo para qué necesitamos una bicicleta. Pensaba que ibas a rebobinar hasta el momento en que Artimorti vuelve y se lleva de nuevo las botas, dejándonos en ridículo frente a tu padre y la policía.
—Y lo haré. Pero el problema es que Artimorti iba en su coche… y yo, por desgracia, todavía no corro tan rápido como un Relámpago de Vapor.
Luna asintió despacio, comprendiendo el plan.
—Claro, tiene sentido —dijo con una sonrisa de satisfacción—. Veo que la siestecilla del Subfluvial te ha sentado bien.
Ignoré el comentario sarcástico y continué.
—Pero tenemos un problema… —añadí.
Luna suspiró, y yo señalé al otro lado del jardín.
—Nuestro amiguito, el dóberman. Está tumbado cerca del cobertizo.
—¿Quieres que vuelva a poner la ganzúa? —ofreció ella, estirando los dedos hacia mi mochila.
—Eso no le impedirá llegar hasta el cobertizo, solo hasta la verja de entrada.
—Bueno, parece que sigue con su siesta —dijo Luna—, así que no hay problema. Entraré yo a por la bicicleta, si quieres.
Me lanzó una mirada desafiante.