Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 33
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Elba Ulrich sabía mucho más de lo que imaginábamos.

Cuando terminamos el café y la leche malteada, Elba nos pidió que la siguiéramos, sin decirnos a dónde. Nos guio a través de los pasillos oscuros y laberínticos del edificio del Ministerio de Educación. Bajamos hasta el segundo sótano, un nivel al que solo podía acceder el personal autorizado.

A pesar de que Elba tenía las llaves de todas las puertas, cada vez que girábamos una esquina, se detenía un instante y echaba un vistazo rápido, como si esperara ver a alguien siguiéndonos. La sensación de estar siendo observados se intensificaba con cada paso, y al final no me pude contener.

—¿Siempre es así de... prudente? —susurré.

Elba no respondió. En su lugar, se detuvo frente a una puerta metálica y deslizó la llave en la cerradura. Antes de girarla, nos miró con gravedad.

—Si alguien nos descubre aquí, yo no os conozco. ¿Entendido?

Muy tranquilizador.

El chasquido de la cerradura resonó en el silencio del sótano. Sobre la puerta había una placa con una única palabra grabada: «Experimentación».

¿Experimentación? ¿Por qué había una sala así en los sótanos del Ministerio?

—Seguidme. Tengo un plan —dijo Elba, entrando primero y encendiendo la luz.

El resplandor amarillento de unas lámparas antiguas reveló un almacén inmenso, más vasto de lo que el exterior del edificio sugería.

Un laberinto de estanterías metálicas se extendía hasta donde alcanzaba la vista, cubiertas de cajas polvorientas, frascos olvidados y aparatos de aspecto anticuado.

El aire estaba cargado de humedad y moho, con ese olor rancio de los lugares que llevan demasiado tiempo cerrados.

—¿De dónde viene tanta humedad? —preguntó Christian, frunciendo la nariz.

—Probablemente de esas tuberías que gotean —dije, señalando una fina línea de moho que serpenteaba por la pared, justo bajo los tubos.

Elba avanzó con paso seguro, guiándonos hasta una estructura en el fondo de la sala: una jaula de gruesas rejas con un cartel que decía «Restringido». Al otro lado, algunas estanterías guardaban unas pocas cajas de madera, más nuevas que las demás.

—¿También tiene llaves de las zonas restringidas? —pregunté, admirada por las sorpresas que guardaba aquella mujer de aspecto aparentemente inocente.

Elba sacudió la cabeza y, como respuesta, tomó unas enormes tenazas de un banco de trabajo cercano. Sin dudarlo, las abrió con ambas manos y las usó para partir en dos el candado.

—Nunca hubiera imaginado que alguien tan delicado y elegante fuera por ahí rompiendo candados como un forajido desbocado —comentó Christian, alzando una ceja.

—¿Pensabas que eras el único capaz de forzar cerraduras? —susurré.

Christian se cruzó de brazos, fingiendo indignación.

—Mi técnica es mucho más refinada.

—También mucho más lenta —solté con una sonrisa.

Él me lanzó una mirada ofendida antes de encogerse de hombros con cara de “De eso nada.”

Elba, ajena a nuestras palabras, avanzó hacia la zona restringida. Christian y yo nos quedamos fuera, observando cómo revisaba varias cajas de madera, moviéndolas como si supiera exactamente lo que estaba buscando.

Finalmente, se detuvo y sonrió con satisfacción.

—Aquí está.

Con un movimiento firme, levantó la caja y, sin dudarlo, usó las mismas tenazas para golpear la tapa con precisión. Los clavos saltaron con un crujido y la madera cedió. La tapa cayó al suelo con un ruido seco, levantando una nube de polvo.

Nos acercamos, expectantes.

Lo primero que vi fue una maraña de paja dorada protegiendo el contenido. Luego, Elba sacó un objeto con cuidado. Parecía un catalejo de metal y madera, con forma de cilindro alargado terminado en un disco giratorio más ancho, con varias lentes de colores.

—Esto se llama Caleidoscopio Temporal —anunció, con una chispa de orgullo en la voz—. Una de las creaciones más ambiciosas de nuestros inventores. O, mejor dicho, de los inventores que trabajaban para nosotros… antes de que los despidieran a todos.

Christian entrecerró los ojos, examinando el artilugio con escepticismo.

—Nunca había oído hablar de esta cosa.

Su tono dejaba claro que, siendo hijo del director de la Academia, no le gustaba la idea de que ese objeto existiera y nadie le hubiera hablado de ello.

—Muy pocos lo conocen, y solo existe uno —explicó Elba—. Bueno, en realidad, se fabricaron más, pero ninguno funcionó… excepto este.

Elba giró un par de veces el disco al final del catalejo, haciendo cambiar de color los cristales engastados en él.

—¿Y qué hace exactamente? —pregunté, muerta de curiosidad.

Elba sonrió, disfrutando de la intriga.

—Eso, querida novicia, es uno de los secretos mejor guardados del Ministerio.

Envolvió el artefacto en un paño grueso y nos lo tendió.

—Guardadlo en la mochila, con cuidado de que no se rompa —ordenó—. Os lo explicaré por el camino. Pero ahora… debemos irnos antes de que alguien os vea.