Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 32
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La hija de Filipo Ulrich destilaba la pulcritud meticulosa de las personas acostumbradas a la burocracia.

Su cabello castaño, recogido en un moño bajo, dejaba ver unas gafas de montura fina que resaltaban su mirada inquisitiva.

Vestía una camisa blanca de cuello alto, impecable, con un broche funcional que sujetaba la botonadura a la altura de la garganta.

Sobre la camisa, una americana entallada de color azul oscuro, con ribetes dorados en los puños, le confería una presencia imponente a pesar de la austeridad del corte.

Calculé que Elba tendría solo unos diez o quince años más que nosotros, pero en su postura había una autoridad que me hizo enderezarme de manera inconsciente.

—Vamos a la cafetería —dijo—. Ahí podremos hablar tranquilamente.

Se encaminó a las escaleras y nosotros la seguimos, unos pasos por detrás.

—¿Cómo es posible que esta mujer supiera que íbamos a venir verla? —le susurré a Luna.

Ella se encogió de hombros, tan extrañada como yo.

—Ni idea. ¡Pero eso confirma que estamos en el camino correcto!

Pedimos en la barra un tazón de leche malteada cada uno, con un buen pellizco de canela y cardamomo. Elba eligió un té de Ceylan bien cargado, con una pizca de limón. Mientras esperábamos a que el camarero trajese el pedido, la mujer eligió una mesa apartada y nos sentamos.

—Bueno, contadme. ¿Quiénes sois exactamente, y cómo habéis llegado hasta aquí? —preguntó con voz serena, pero llena de curiosidad.

Nos presentamos brevemente solo con nuestros nombres de pila, y justo en ese momento llegó el camarero con la bandeja. En cuanto se marchó, y antes de que Elba Ulrich pudiera hacer más preguntas triviales, Luna se adelantó y soltó la pregunta que ambos queríamos hacer.

—Disculpe, pero ¿de verdad nos estaba esperando? ¿Cómo sabía que vendríamos?

Elba suspiró. Miró alrededor, asegurándose de que nadie pudiera escuchar nuestra conversación: nos encontrábamos en una esquina de la cafetería, rodeados de mesas de hierro y mármol vacías. El resto de la gente se concentraba cerca de la barra, conversando animadamente sin prestarnos atención.

—Es difícil de explicar —dijo, acomodándose en su silla de madera oscura y curvada. Entrecruzó los dedos alrededor de su taza de té—. Quizás podríais empezar diciéndome qué sabéis, y luego os diré lo que sé yo.

—Encontramos una huella de las botas del señor Ulrich en la escena de un crimen —expliqué—. Pero sabemos que falleció hace años, así que no pudo ser él.

Elba nos escuchó con semblante tranquilo, sin inmutarse.

—Alguien estaba intentando asesinar a Markus Rosenberg, el director de la Academia Videntia —añadió Luna con cierta audacia. Después de todo, aquella información no era pública.

Sin embargo, Elba tampoco pareció sorprenderse por eso. Asintió con lentitud y luego exhaló, como si cargara con un peso invisible.

—Nada de eso me extraña.

—¿Cómo? —preguntamos al unísono.

—Veréis, todo empezó hace unos meses, cuando tu padre —Me señaló a mí—, se negó a aceptar la nueva ley del Ministerio sobre los Videntes.

La miré, desconcertado.

—¿Cómo sabe que soy hijo de Markus Rosenberg?

Ella levantó la mano, pidiendo silencio.

—Tu padre es famoso en este ministerio. Es una rara avis —dijo con una sonrisa enigmática.

—¿Una qué? —pregunté, sin estar seguro de si eso era algo bueno o malo.

—Un espíritu libre, alguien que no se somete a las reglas establecidas. No le importa lo que dicte el Gobierno Central, solo lo que es mejor para sus pupilos. Hace lo que cree correcto, no lo que se le ordena.

Eso me sonaba. Si alguien era fiel a sus principios, ese era mi padre.

—¿Y de qué trata esa ley que no quiso aceptar? —preguntó Luna mientras añadía tres terrones de azúcar a su leche malteada. La removió, la probó y añadió dos más.

—Es una ley que introduce cambios sustanciales en las academias de Videntes. Todos los demás directores la han aceptado, menos Rosenberg.

—¿Qué tipo de cambios?

Elba negó con la cabeza.

—Lo siento, pero no puedo compartir esa información. Es confidencial.

—Está bien. Pero todavía no entiendo cómo sabía que íbamos a venir —insistió Luna, alzando las manos—. No sé cómo pudo relacionar esa ley con nosotros.

Elba sonrió y movió la cucharilla en su taza de porcelana, como si pensara cuidadosamente su respuesta.

—Ya dije que será más fácil si explicáis qué os trajo hasta aquí —insistió.

Luna y yo nos miramos. Ella asintió, y pude ver en su rostro que se fiaba de Elba, igual que yo.

—Creemos que alguien pudo haber robado el uniforme del señor Ulrich para cometer un asesinato —dije con cautela y luego rectifiqué—. Un intento de asesinato.

—O, mejor dicho, no está claro que el asesino lo robase —intervino Luna—. Después de todo, entró y salió de la casa sin problemas y sabía la combinación de la caja fuerte. Así que podría ser alguien cercano al fallecido o alguien que conociera bien la casa.

Elba sonrió con ironía, como si hubiera estado esperando esa conclusión.

—Llevaba años sin hablar con mi padre cuando falleció, así que no sé mucho acerca de la gente con la que se rodeaba hacia el final de sus días. Pero sospecho que muchos no eran trigo limpio.

—Ya —murmuró Luna—. Pero si le pido que piense en alguien que pudiera entrar y salir de la casa de su padre como si fuera suya, alguien que tomó cosas con gran facilidad, sin llamar la atención… ¿se le ocurre algún nombre?

Elba asintió lentamente y tomó un sorbo diminuto de su té. Luego dejó la taza en el platillo con gran delicadeza.

—Os referís al inspector Artimorti, ¿verdad? —soltó de sopetón.

Nos quedamos sin palabras, con la boca abierta. Al parecer, la señorita Ulrich sabía mucho más de lo que imaginábamos.

—¿Cómo lo sabe? —pregunté, desconcertado.

—Porque Artimorti es el veneno que corre por las venas de esta ciudad —respondió, y su voz, antes dulce, se endureció un instante—. Es malvado, aunque solo es la mano ejecutora de quienes realmente mueven los hilos.

—¿Y quiénes son esas personas? —preguntó Luna.

—Gente con intereses financieros. Políticos y millonarios que quieren el control absoluto, sin obstáculos. Personas a las que solo les importa el dinero, y les da igual de dónde venga.

Luna sacudió la cabeza y sus rizos rebotaron con fuerza, como si también protestaran.

Elba se inclinó ligeramente hacia nosotros y bajó la voz, con aspecto de estar a punto de revelarnos un secreto.

—¿Sabéis qué significa eso? —susurró—. Que algunos no dudarían en acabar con cualquiera que represente una amenaza para sus intereses. Y eso os incluye a vosotros, los Videntes. Siento deciros que estáis en peligro de extinción.

Sus palabras me golpearon como un rayo. Me quedé helado por un segundo, procesando lo que acababa de escuchar.

—¿Cómo que estamos en peligro de extinción? —repetí, intentando disimular mi creciente preocupación.

—Esta gente tan poderosa no quiere que sigáis existiendo. Quieren limitar vuestras capacidades y poner barreras a vuestros dones. Si eliminan las Academias, vosotros desapareceréis, y los criminales podrán actuar con mucha más facilidad.

—Pero ¿cómo…? —comencé a preguntar, pero Elba levantó una mano, pidiendo silencio.

—Es complicado, joven vidente. Creo que no me corresponde a mí contarte esos detalles, sino a tu padre. Lo que sí puedo decirte es que el accidente en el parque de atracciones fue solo el principio de vuestra caída. Al prevenirlo, tal vez hayáis prolongado lo inevitable.

Se calló y ambos la miramos, con el estómago encogido.

—O tal vez podáis cambiar vuestro destino —añadió con un tono más suave—. Eso todavía está por verse.