Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 31
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Encontramos una cabina telefónica cerca, en una avenida no muy lejana a la casa de Ulrich. Era de metal lacado en negro, con los cantos de cobre ornamentado, y sobre ella había un rótulo que decía: «Teléfono Público».

Había un señor usándola, y tuvimos que esperar a que terminase su llamada para poder entrar.

En cuanto el hombre se apartó, salté dentro y agarré el grueso libro que había encadenado al aparato.

—Aquí está —dije con una sonrisa triunfal—. Esto es un listín telefónico. Contiene el nombre de todas las personas de la ciudad que tienen teléfono, con sus números y direcciones.

Christian asintió, mirando el libro con extrañeza. Lo coloqué sobre la repisa de la cabina, lo abrí y comencé a buscar el apellido Ulrich. Me sorprendió descubrir la cantidad de personas en la ciudad que se llamaban así. Deslicé el dedo por las páginas, hasta dar con la persona que buscaba.

—¡Elba Ulrich! —exclamé, señalando la línea correcta.

Allí estaban su número y su dirección.

—Bien hecho —aplaudió Christian—. ¿Y ahora qué? ¿La llamamos o vamos a buscarla?

Le acerqué la mano, esperando que entendiera.

—¿Qué quieres? —preguntó, mirándome como si estuviera loca.

—Pues una moneda, ¿qué va a ser?

—¿Para qué?

—Para llamar, Christian, ¿para qué si no? ¿Para lanzarla a una fuente y pedir un deseo?

Se notaba que estaba acostumbrado a poder usar el teléfono de la Academia siempre que lo necesitaba, y no tenía mucha relación con las cabinas públicas, reservadas para la gente corriente.

—Anda, busca una de esas que te dio tu padre para el Subfluvial.

Christian hurgó en sus bolsillos y sacó una moneda La miró y me la entregó de mala gana.

—Solo me queda una, así que tendremos que elegir. ¿Es mejor llamar o ir a verla en persona?

Arrugué el ceño y dejé el auricular en su sitio.

—Buena pregunta.

Miré el mapa de Barcinova, pegado en un lateral de la cabina. La dirección de Elba Ulrich se encontraba justo en el otro lado de la ciudad.

—Calle de la Vieja Chimenea, número cuarenta y tres… —leyó Christian en el listín.

—Hmm… Mejor vayamos —propuse—. Será más fácil sonsacarle algo cara a cara. Imagina que contesta el teléfono otra persona y encima nos quedamos sin dinero. Es lo peor que podría pasar.

Christian hizo girar la moneda entre sus dedos con destreza y luego se la lanzó a la otra mano, como un malabarista.

—Perfecto. Entonces, vamos.

Salimos de la cabina telefónica y buscamos la entrada más cercana del Subfluvial. Metió la moneda en los tornos y yo me colé sin pagar detrás de él. A esa hora, los barcos iban hasta los topes, y nadie se dio cuenta.

A base de empujones, llegamos al andén, donde tuvimos que esperar varios botes antes de que llegase el nuestro. Durante el trayecto, no hablamos; ya era bastante con sujetarse a la barra, apretujados como sardinas entre la gente. Además, estaba agotada después de dormir tan poco.

Sin darme cuenta, di una cabezada. Era imposible no quedarse dormida, acunada por la corriente y las conversaciones de los otros pasajeros. Más aún, con el bochorno y humedad de los túneles.

Christian roncaba suavemente con la cabeza apoyada en mi hombro, y su pelo rojizo me hacía cosquillas en la mejilla.

Sacudí la cabeza, esforzándome por mantenerme despierta. Uno de los dos tenía que estar alerta. De pronto, vi el letrero en el andén.

—¡Ministerio! —grité, y fue suficiente para despertar a Christian.

Se dio cuenta de que se había quedado dormido sobre mi hombro y se levantó de golpe, como si no hubiese pasado nada.

—Solo estaba descansando los músculos del cuello —dijo, frotándose la nuca con cara totalmente seria—. Tengo las cervicales fatal. Es de… de tanto sujetar las Óculus.

Bajamos del barco y solté un resoplido.

—¡Pero si llevas media hora roncando en mi hombro! —le dije entre risas.

Él siguió quejándose, fingiendo que le dolía el cuello mientras subíamos las escaleras para salir del Subfluvial.

Cuando regresamos a la calle, la vista me sorprendió.

Frente a nosotros se extendía una zona nueva, que nunca antes había visto.

El barrio al que acabábamos de llegar estaba formado por edificios imponentes, todos rectangulares y de ladrillo rojizo.

El diseño era funcional, con poco detalle decorativo, salvo algunas balaustradas metálicas que recorrían los balcones, una cúpula azulada en el centro del tejado y entradas grandiosas flanqueadas por estatuas de bronce.

Las ventanas eran idénticas, alineadas en cuadrícula, formando una colmena de oficinas eficiente, capaz de albergar a muchos trabajadores.

—¿Qué es exactamente este lugar? —pregunté.

Christian miraba las placas de las calles con cara de estar buscando el camino más corto a nuestro destino.

—Este es el barrio del Ministerio —explicó—.

Una zona administrativa, de burocracia pura.

Aquí está el Ministerio de no-sé-qué, las oficinas de no-sé-cuántos…

Ya sabes, esos lugares que hacen que el país funcione…

o se quede atascado, según a quien preguntes.

—Sonrió y se encogió de hombros—. En fin, aquí es donde se concentra todo el papeleo y las gestiones.

Las cosas que tanto le gustan a la gente como Superbigotes.

Sonreí suavemente, recordando los cientos de archivadores en la oficina del policía.

—¿Y la calle donde vive Elba Ulrich? —pregunté—. Es la Calle de la Vieja Chimenea, ¿no?

—Sí, el número cuarenta y tres.

Christian alzó la vista, señalando una chimenea de ladrillo que sobresalía entre todos los edificios.

—Ahí la tienes. Esa es la vieja chimenea, de la época del gobernador March. La han rehabilitado y conservado como monumento nacional. Así que la calle no puede estar muy lejos.

Me quedé mirando la chimenea un momento: los ladrillos subían en espiral, con refuerzos de hierro en forma de hojas de vid trepadora. Era hermosa, e imaginé cómo habría sido aquel barrio años atrás, cuando estaba repleto de chimeneas como esa.

Una vez llegamos a la calle, solo tuvimos que continuar en línea recta hasta dar con el número cuarenta y tres: una casa pequeña de ladrillo, con un jardín pulcramente cuidado y ventanas relucientes.

Tocamos la campana y esperamos, ansiosos. Habíamos cruzado la ciudad entera para llegar hasta allí, y estaba deseando hablar con Elba para encontrar algún hilo del que tirar.

—¿Sí? —respondió una voz por el tubófono. Era una mujer, pero su voz sonaba mayor de lo que había imaginado a la hija de Ulrich.

—Buscamos a Elba Ulrich —dije.

—¿La señorita Elba? No, lo siento —contestó, y luego guardó silencio.

—¿Cómo? ¿No vive aquí? —insistí.

—Sí, pero no está en casa.

Christian y yo intercambiamos miradas rápidas. Esa mujer no parecía estar dispuesta a ayudarnos, pero no nos iríamos con las manos vacías tan fácilmente.

—De acuerdo. ¿Con quién podemos hablar entonces? —preguntó Christian manteniendo su tono calmado.

—Yo solo vengo a limpiar la casa —respondió la voz sin mucha emoción, dejando claro que estábamos molestando.

—¿Podría indicarnos dónde encontrarla? —pregunté.

—Pues a esta hora está trabajando. ¿Dónde si no, jugando al bádminton? —respondió con ironía.

Christian casi se rio, pero yo lo miré con las cejas enarcadas, y se contuvo.

—¿Dónde trabaja? —insistí, inventándome la excusa al vuelo—. Somos de la Agencia del Agua, y venimos por lo de su último recibo. Es urgente. Si no responde, le cortaremos el suministro hoy mismo.

Hubo un silencio al otro lado de la línea, mientras la señora se lo pensaba. Al final soltó un suspiro teatral y contestó.

—Ministerio de Educación, Departamento de Taquimecanografía Legal, si bien recuerdo.

—Gracias, señora. Ha sido usted de gran ayuda.

La mujer no dijo nada más, simplemente cortó la comunicación y regresó a sus quehaceres.

—Pues nada, vamos allá —dije, guiñándole el ojo a Christian—. ¿Sabes ir?

Me miró, casi ofendido.

—¿Al Ministerio de Educación? Por supuesto. He ido con mi padre mil veces. —Sacudió la cabeza como si fuera más que obvio—. Vamos, está justo aquí al lado.

Cruzamos una avenida de varios carriles, donde un río de carros, bicicletas y vehículos motorizados circulaba a toda prisa.

La movilidad vaporizada estaba cada vez más de moda, y muchas familias ya tenían su propio vehículo a vapor.

Los más ricos, sin embargo, se desplazaban por el aire, en globo-taxi o mini zeppelines, los medios de transporte exclusivos que les evitaban los atascos.

De vez en cuando, un gran zepelín, como el que usaba la Academia, cruzaba el cielo, pero eso era algo más esporádico.

Al otro lado de la avenida se encontraba el edificio del Ministerio, con una estatua enorme, blanca y dorada de la diosa Atenea presidiendo la puerta principal.

Entramos al vestíbulo y miré de reojo el mostrador de recepción, donde varias personas hacían cola.

—Mejor no, si se da cuenta de que no tenemos cita, nos echará —dijo Christian, señalándome un panel enmarcado en una esquina—. Ahí puedes encontrar todos los departamentos, sin tener que dar explicaciones al conserje. Luego solo hay que fingir que sabes a dónde vas.

Asentí y buscamos el Departamento de Taquimecanografía Legal, que se encontraba en la cuarta planta.

Caminamos directamente hacia las escaleras y nadie nos preguntó a dónde íbamos; el Ministerio estaba lleno de gente que iba y venía con papeles y carpetas, y nadie se fijó en dos estudiantes de uniforme.

Subimos al cuarto piso y atravesamos una sala llena de mesas con máquinas de escribir, donde el ruido era absolutamente infernal. Todos estaban enfrascados en su trabajo, que parecía muy importante y urgente. Desde luego, nada que ver con la actitud de Artimorti y sus secuaces.

Sobre cada mesa había un cartelito de bronce con el nombre del operario, así que nos bastó ir leyéndolos hasta dar con el que buscábamos: Jonás Márquez, Helena Filcher, Suri Aramis… y Elba Ulrich.

Alcé la vista y me encontré con una mujer sencilla y elegante, con el pelo recogido en un moño.

Al notar que acabábamos de detenernos enfrente de ella, Elba Ulrich dejó a un lado sus papeles mecanografiados y nos miró con asombro.

—Buenos días, señora Ulrich —dijo Christian.

—Buenos días —respondió ella, echando una ojeada rápida a nuestros uniformes—, ¿en qué puedo ayudarles, jóvenes académicos?

—Somos de la Academia Videntia. Venimos a hablar con usted sobre su padre... —comencé, pero ella me interrumpió.

—Los estaba esperando —afirmó, levantándose—. Pero, mejor, vayamos a un lugar más discreto, si no les importa.