30
En la sala principal, Markus conversaba con unos agentes cerca de la puerta abierta, haciendo preguntas sobre sus familias como si los conociera de toda la vida. Al vernos, interrumpió la charla con naturalidad.
—Discúlpenme, caballeros —dijo, volviéndose hacia nosotros—. El globo-taxi está a punto de llegar. Podéis esperar fuera, estaré con vosotros en un minuto.
—Preferiríamos quedarnos en Barcinova a pasar la mañana —respondí con fingida despreocupación—. Hace un día espléndido.
Christian asintió, su expresión perfectamente neutral. Markus, impecable como siempre, no dejó traslucir ni un ápice de lo decepcionado que estaba con nosotros delante de los agentes.
—Como deseéis —concedió, con una leve inclinación de cabeza—. Pero regresad antes de la cena, ¿entendido?
Asentimos y salimos de la casa. Christian recogió con disimulo su ganzúa, que todavía estaba trabada en la anilla desde la noche anterior para contener al perro. Nadie parecía haberlo notado.
A lo lejos, el motor del coche de Superbigotes rugió con fuerza antes de perderse por las calles adoquinadas.
Seguro que Christian recordaba el color exacto de los ladrillos que arrancaban aquel trasto, negros o morados, pero a mí, en ese momento, me daba igual.
Solo podía pensar en la rabia que me quemaba por dentro.
Ese maldito incompetente se largaba tan tranquilo en su vehículo de lujo, mientras nosotros nos quedábamos ahí, humillados, con la amarga sensación de haber sido tratados como niños jugando a detectives.
Nos alejamos unos pasos y nos dejamos caer en un banco con vistas a la casa de Ulrich.
Desde allí vimos cómo despegaba el globo-taxi de Markus y, poco después, cómo las patrullas terminaban de acordonar la zona antes de marcharse, colocando una barra de hierro de parte a parte de la puerta principal para bloquearla.
—No dejaremos que nos aplasten —le dije a Christian, intentando devolverle algo de ánimo—. Yo sé lo que vi. Y sé que eres muy bueno en lo que haces.
Él sacudió la cabeza, con la mirada perdida.
—¿No lo entiendes? Estamos atrapados. Mi padre me considera un inútil. Yo, el hijo de Markus Rosenberg, exvidente y director de la Academia Videntia, he quedado como un idiota delante de todo el mundo. Soy el hazmerreír de todos. La Academia entera ha quedado en entredicho por mi culpa.
—Sí, entiendo cómo te sientes —dije con firmeza—. Pero no eres ningún inútil, y rendirse no es una opción. Seguiremos adelante hasta encontrar las respuestas. Y demostraremos que teníamos razón.
Christian bajó la mirada a sus botas, aún cubiertas de barro tras la escapada nocturna.
—No lo sé… —murmuró—. Creo que ya no vale la pena. No nos creerán, digamos lo que digamos.
Un nudo de frustración se me formó en la garganta. Me daban ganas de zarandearlo, de gritarle hasta sacarlo de ese estado de derrota en el que se estaba hundiendo. No me gustaba ver a Christian así. Habría hecho cualquier cosa por despertarlo.
—¡Christian, por favor! —exclamé, incapaz de contenerme—.
¿No lo entiendes? Tú todavía tienes a tu padre.
Y también a tu madre, aunque esté lejos.
Pero yo… yo no tengo a nadie. Ojalá tuviera la oportunidad de salvar a mi familia, como tú.
Si la tuviera, no estaría así, lloriqueando como un bebé tras el primer tropiezo. ¡Me levantaría y seguiría luchando!
Se quedó helado, sin palabras. Su rostro se tensó, y fue entonces cuando me di cuenta de que había ido demasiado lejos.
—Lo… lo siento… no era mi intención ser tan dura —murmuré, azorada.
Él respiró hondo y negó con la cabeza.
—No pasa nada, Luna —respondió en voz baja, más tranquilo ahora.
El silencio se instaló entre nosotros por unos segundos, solo roto por el ruido de algún coche o el ladrido de los perros.
—Cuando el cansancio y los problemas se juntan, es una combinación terrible —dije al final, intentando aliviar la tensión.
—Sí… ya —murmuró Christian, quitándose un pegote de barro de la bota.
—Anda, cuéntame otra vez qué te dijo Superbigotes —susurré.
Christian suspiró y levantó la mirada del suelo.
—Pues dijo: «No lo conseguiréis, niñatos» —Christian imitó la voz ronca del policía.
—¿Estás seguro de que era la misma voz de anoche?
—La misma voz y el mismo tono que anoche, cuando dijo «Fuera de aquí, niñatos». Era inconfundible.
Christian me miró. Sus ojos azules se notaban cansados, y su mirada estaba ausente, casi indiferente.
—Es él, Luna. Superbigotes es el hombre que intentó matar a mi padre. ¿Te das cuenta?
—¡Maldita cucaracha! Ha sido él. Ha boicoteado la investigación. ¡Y pensar que lo tuvimos delante! Estuvimos en el coche con él. ¡Nos pudo haber matado también!
Un escalofrío me recorrió la espalda al comprender todo aquello.
—Ya, pero el problema ahora es cómo podemos demostrárselo a mi padre, y al resto del mundo, cuando todos se niegan a creernos. Aunque vaya ahí, me ponga las Óculus y les diga que él se llevó las botas, nadie me creerá. Confían ciegamente en todo lo que dice ese patán.
Christian bufó, se quitó las gafas de aviador un momento y se revolvió los mechones pelirrojos.
Nos quedamos en silencio unos segundos, pensando, mientras el escaso tráfico de aquella zona residencial pasaba frente a nosotros. De vez en cuando, algún paseante cruzaba la calle: una señora con un carrito, empujando a su bebé; un hombre en monociclo, silbando una melodía famosa…
Carrozas y coches se desvanecían ante mis ojos, mientras mi mente hervía de rabia frustrada hacia ese criminal e impostor infiltrado en la comisaría.
¡No podía salirse con la suya!
Pensé en mi madre, y en ese poder que ella poseía y que yo, supuestamente, también había heredado.
¿Qué habría hecho ella? Levanté la mirada, porque ver las estrellas me hacía sentir más cerca de ella.
Pero no había estrellas a esas horas, solo el azul desteñido de Barcinova, manchado por el velo gris de la contaminación.
Y entonces, como un engranaje que encaja en su sitio, lo comprendí.
—¡Seguro que la clave es algo relacionado con la casa! —solté en voz alta.
La casa de Filipo Ulrich. ¿Por qué no la habían vendido? ¿Por qué no la ocupaban sus herederos? Seguía igual que el día de su muerte. ¡Incluso el perro seguía ahí! ¿Quién le daba de comer?
Me giré hacia Christian, pero el banco estaba vacío.
—¿Christian? —pregunté al aire.
Me había quedado tan atrapada en mis pensamientos que ni siquiera me había dado cuenta de que se había levantado.
Lo encontré al otro lado de la calle, frente a la casa de Ulrich, con las Óculus puestas y moviendo las ruedecillas para manipular el tiempo.
—¿Qué haces? —pregunté, pero no respondió—. ¡Christian, ¿qué estás viendo?!
Él me ignoró. Sus ojos, ocultos tras las lentes, estaban fijos en la puerta de la casa.
Esperé, aunque me costó una barbaridad.
Una señora pasó a nuestro lado, mirándonos con sospecha desde debajo de su sombrilla.
—¿Le pasa algo a ese chico? —preguntó, entrecerrando los ojos.
—¡No, señora! —respondí con mi mejor sonrisa—. Somos observadores de pájaros. Ornito… ¡ornitorrincólogos! ¿Ha visto esa paloma? ¡Creo que es una auténtica Columbus Alatus!
Nota mental: la próxima vez que fuera a la biblioteca, buscaría cómo se llamaban los que estudiaban las aves. Y, de paso, también algún nombre de pájaro.
Por suerte, mi absurda mentira funcionó. La señora se alejó murmurando algo sobre “la juventud de hoy en día” y desapareció con su sombrilla y sus faldas almidonadas.
En ese instante, Christian se arrancó las Óculus con furia.
—¡Por todas las malditas calderas! —exclamó.
—¿Qué pasa?
—No hay nada.
—¿Nada? ¿Qué quieres decir con “nada”?
—Que desde que salimos esta madrugada hasta que volvimos con la policía, nadie ha cruzado la puerta de esa maldita casa.
Tragué saliva.
—Pero… eso es imposible.
Christian guardó las gafas en la funda con un suspiro.
Miré al suelo. No sabía qué decirle. No podía ayudarlo, ni siquiera darle una respuesta sarcástica que mejorase su humor.
—Veamos… —dije pensativa—, hemos comprobado que nadie ha salido por esta puerta. No tengo ni la menor idea de cómo desaparecieron otra vez las botas, pero hay algo que quería comentarte. Algo que se me ocurrió mientras estaba ahí sentada.
Christian me miró con una media sonrisa.
—A ver, sorpréndeme, Rizos.
—Tenemos una casa, vacía durante años. En esa casa están el traje y las botas.
El culpable sabía que estaban ahí. Fue a buscarlas, cometió el crimen con ese calzado para inculpar a Ulrich y luego las devolvió, todo eso sin que el perro le hiciera nada.
Si el culpable fue Superbigotes, ¿cómo tuvo acceso a todo eso?
¿De dónde sacó la llave y la contraseña de la caja de caudales?
Christian se encogió de hombros.
—Ni idea.
—Pues esa es la cuestión —continué—. Tenemos que encontrar el vínculo entre Superbigotes y la casa de Ulrich.
—Bien. ¿Y cómo vamos a hacer eso?
—Tengo una pista —dije, cruzándome de brazos—. Cuando revisé la carpeta del agente fallecido, vi que tenía una hija.
—¿Y?
—Se llama Elba Ulrich. Si alguien puede darnos respuestas sobre su padre, es ella.
—¿Tienes su dirección?
—No.
—Entonces, ¿dónde la encontramos, genio?
Sonreí, disfrutando por una vez de saber algo que él no.
—En las páginas blancas de Barcinova.
Christian puso los ojos en blanco.
—¿Y eso dónde está?
Bufé, fingiendo superioridad.
—¿Es que hay que explicártelo todo? Anda, sígueme, Rosenberg.