29
Aquello no podía ser cierto.
Me sentí completamente desbordada, incapaz de reconciliar lo que mis ojos detectaban con lo que había esperado ver.
Acabábamos de meternos en un buen lío y lo sentía más por Christian que por mí misma.
Yo no era nadie, después de todo. Pero él y su padre habían montado todo ese circo, haciendo que varias patrullas rodearan la casa, encargándose del perro y todo lo demás, para después guiar a los agentes solemnemente hasta el sótano.
Todo eso, solo para abrir la caja fuerte y descubrir que ahí dentro… no había absolutamente nada.
El traje especial y las Valquirias del agente Filipo Ulrich se habían esfumado.
Christian y yo nos miramos. Él tenía el ceño fruncido, y vi mi propio desconcierto reflejado en sus ojos.
—¿Cómo es posible? —musité, sin poder creerlo.
—No sé qué decir, Padre —dijo Christian, negando con la cabeza—. Anoche no estaba así.
Markus no respondió. Su rostro estaba tenso, como el de un volcán a punto de entrar en erupción.
—¿Qué es esto? —nos espetó Superbigotes, mientras sus agentes comenzaban a retirarse escaleras arriba—. ¿Hemos montado todo este dispositivo solo para abrir una caja vacía?
Señaló el armario y puso los ojos en blanco.
—Los Videntes estaban seguros de que había una buena pista, y yo confío en ellos —respondió Markus, manteniendo la calma a duras penas—. Ellos comprobaron que la prueba estaba aquí ayer mismo. No entiendo lo ocurrido.
Superbigotes resopló y agitó la mano.
—Me guardo mi opinión sobre los Videntes y sus dudosos talentos —dijo con retintín, y comenzó a darse la vuelta.
—Lo siento, Artimorti, no sabes cuánto lo siento —se disculpó Markus.
—¡No, un momento! —dije, tratando de evitar que Markus y Superbigotes se marcharan así como así—.
¡Las botas estaban aquí! Christian puso la huella de yeso y coincidía por completo, hasta la más mínima imperfección.
¡Eran las botas que usó el saboteador! ¡Dejen que Christian compruebe lo ocurrido con sus Óculus!
—Esto es una pérdida de tiempo —dijo Superbigotes—. Estoy harto de estas paparruchas.
Markus nos miró con pesar.
—Nos vamos —dijo—. En la caja no hay nada.
—¡Padre, por favor! —insistió Christian—. ¡Tuve las Valquirias en mis manos!
—¿A qué hora? —preguntó Markus.
—No sé… —respondió Christian, mirando hacia mí.
—¿A las cuatro? ¿Cuatro y media? —aventuré, tratando de hacer memoria.
—Antes de las cinco de la mañana —respondió Christian, sin dudarlo.
El inspector negó con la cabeza y se acercó al director. Nos miró y habló en voz muy baja, como si no quisiera que lo oyéramos.
—Los adolescentes necesitan dormir muchas horas, Rosenberg —le dijo a Markus con suficiencia—. Seguramente, estaban tan cansados que confundieron la realidad con un sueño. O eso, o querían darse importancia. Conseguir un poco de atención… típico.
¡Qué manía le tenía a ese hombre! Cada vez más.
—¡No! ¡No fue un sueño, director! —insistí, guardándome los insultos para más tarde—. ¡Era real, estaba aquí y yo también lo vi!
Markus asintió lentamente, pero estaba claro que ya nadie nos tomaba en serio.
Acababa de ocurrir justo lo que me había temido durante el desayuno: confiaba más en ese policía inútil que en nosotros, solo porque era un adulto con una pistola en el cinto.
—En fin, Artimorti —sentenció Markus—. Tiene usted razón… nos vamos. Lamento mucho lo sucedido.
Luego tomó aire, como si le doliese lo que estaba a punto de decir.
—Solo quisiera pedirte un favor —le dijo en voz baja, e hizo una pausa—. No comentes a tus superiores nada de lo ocurrido hoy aquí. Te lo ruego. Sería una mancha en la reputación de la Academia, y ya sabes cómo están las cosas ahora, con la nueva ley.
Artimorti asintió, con aspecto satisfecho.
—Cuenta con ello —respondió con magnanimidad.
—¡No, Padre! —gritó Christian, adelantándose en dirección a la escalera.
Se detuvo en el primer escalón, levantando los brazos como diciendo, “de aquí no se va nadie”.
—Si fue un sueño, explícame cómo sabía la combinación de la caja fuerte —insistió Christian.
El director se quedó en silencio y Artimorti lo miró por un segundo, con absoluta indiferencia.
—Una coincidencia —dijo el director, con frialdad, dejándonos a todos helados.
—Sí… una coincidencia. Por supuesto —confirmó el policía, sin emoción alguna en la voz.
Sentí que hervía por dentro de furia.
¿Una coincidencia?
¡Aquello era insufrible!
¿Cuál era la probabilidad de adivinar a la primera la combinación de una caja fuerte, así por las buenas? Menuda sandez.
El director apartó a Christian de las escaleras con un gesto decidido y comenzó a ascender.
—Padre, permíteme echar otro vistazo más —imploró Christian—. Puedo usar las Óculus de nuevo y tratar de ver qué ocurrió. ¡Estaban aquí! ¿Me entiendes? ¡Estaba todo aquí! Incluso vi al criminal. Nos encontramos con él y huyó.
Superbigotes le lanzó a Christian una mirada reprobatoria, como si fuera un niño de tres años en plena rabieta. Luego subió el primer escalón y me fijé en que caminaba de una forma curiosa, con uno de los pies algo torcido hacia dentro.
Tanto el policía como el director continuaron por la escalera, abandonando ese sótano que había contenido nuestra única prueba y nuestra esperanza de descubrir al asesino.
—¡Padre! —llamó Christian—. ¡Esto no está bien! ¡Estáis cometiendo un error!
Markus se detuvo y nos miró desde arriba.
—No podemos hacer nada más —dijo con un suspiro.
—Ya hemos perdido bastante tiempo y recursos —se sumó Artimorti—. ¿Pensáis que todos estos agentes trabajan gratis o qué? Venga. Salgamos de aquí.
Christian apagó la luz y ambos subimos las escaleras de mala gana. Markus se dirigió al salón, pero el inspector nos esperó arriba, sujetando la puerta: una cortesía bastante rara para él.
Cuando Christian llegó a la altura de Artimorti, este le susurró algo al oído.
No pude oírlo, pero vi cómo los ojos de Christian se abrían de par en par. El inspector sonrió, atusándose los larguísimos bigotes hasta las orejas, y me lanzó una mirada maliciosa.
Sí, definitivamente odiaba a ese energúmeno. Lo despreciaba porque no quería nuestra ayuda, y no creía en nuestro esfuerzo ni en las pruebas que habíamos encontrado.
Solo cuando desapareció por completo de la puerta, me acerqué a Christian y le pregunté qué le había dicho.
La respuesta me dejó helada.