Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 28
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No sé cómo logré levantarme de la cama.

Dormí, como mucho, una hora, y al ponerme en pie me sentía aún peor que antes. Era la primera vez que pasaba una noche entera despierto, y el cansancio me golpeó con fuerza. Mi cabeza pesaba como si la niebla que cubría las chimeneas del extrarradio se hubiera instalado dentro de ella.

Bajé a desayunar sin ganas.

En las escaleras me crucé con Luna, que arrastraba los pies como un alma en pena. Tenía el pelo aún más revuelto que de costumbre y la cara de alguien que había dormido incluso menos que yo.

Mi padre no estaba en el comedor. En su lugar, Cloterfin dirigía el discurso matinal, que podría resumirse en:

«¡Recordad que la obediencia, la práctica y el estudio continuo de las normas os harán mejores videntes!»

La típica cantinela de siempre.

Luna y yo nos miramos con una mueca, pero no dijimos nada.

Después, como cada mañana, entonamos el himno de la Academia.

—Se me están pegando los párpados —murmuró Luna en mi oído.

—Dicen que el café ayuda a despertarse —respondí, intentando sonar como si lo tomara a menudo.

Ella me lanzó una mirada escéptica.

—¿Lo dices en serio?

Traté de mantener una expresión impasible, pero al final se me escapó una sonrisa.

—Ni idea —confesé—. Pero si quieres, me meto de extranjis en la cocina y le pido a Madame Tilde que nos prepare uno. Así lo probamos.

—No, gracias. Huele a sapos secos tostados —replicó con una mueca—. Si no lo sirven en el desayuno, será por algo.

Miró de reojo al resto de compañeros: casi todos tomaban leche con cacao o té azucarado.

Una vez que Cloterfin dio por concluido el discurso matinal, muchos comenzaron a levantarse.

Oficialmente, el curso académico había terminado, pero la mayoría de alumnos se quedaban en la Academia hasta final de mes para asistir a cursillos de verano.

Eran más prácticos y divertidos que las clases normales.

Otros regresaban con sus familias durante uno o dos meses, a disfrutar de un merecido descanso.

Luna, por motivos obvios, siempre se quedaba. Al igual que yo. Para nosotros, no había un hogar alternativo. Solo estos cuatro muros de piedra entre los que habíamos vivido desde que la memoria nos alcanzaba.

—Entonces, ¿te vas a saltar la clase de Voinescu? —preguntó Luna con tono travieso, casi como si disfrutara de la idea.

Luna nunca tomaba clases extra en verano. Es más, hacía lo imposible por evitar también las obligatorias.

—Mi padre dijo que esperásemos —respondí—. Que hablaría con la policía y luego nos daría instrucciones. Así que ahora tenemos que esperar a ver cuál es el siguiente paso.

Luna frunció el ceño.

—Eso no me acaba de gustar —murmuró—. No sé si hicimos bien en dejárselo todo a los adultos tan pronto. Son capaces de cerrar el asunto y olvidarse, después de todo lo que arriesgamos anoche.

—Venga, Luna, no digas eso. Mi padre no es así.

—¡Todos los adultos son así! —protestó—. Es como si, con los años, además de perder las dotes de videncia, también perdieran las ganas de todo. ¿Viste cómo atendió a Superbigotes y nos dejó de lado?

—Ten un poco de paciencia. Seguro que sabe lo que hace.

—No me gusta tener paciencia. Prefiero hacer las cosas a mi manera.

—Confía en mi padre. No siempre puedes estar al mando de todo, Rizos.

Luna cruzó los brazos.

—Perdona, hijo de papá, pero menos mal que ayer me puse un ratito al mando y gracias a eso te salvé la vida.

Me molestó que me llamase así, pero tuve que reconocer que, en el fondo, tenía razón. Aunque, obviamente, no iba a decírselo. Eso le habría gustado demasiado.

—¡Casualidad! —repliqué con un gesto despectivo—. Me habría apartado igualmente.

—De eso nada, hortaliza humana. Si no llego a reaccionar, ahora mismo estarías hecho puré de zanahoria bajo las ruedas de ese carro.

Aurora y Greta pasaron por nuestro lado, dedicándole a Luna un par de miradas suspicaces.

—¿Subes a clase? —me preguntaron, ignorándola por completo.

—Quizás más tarde. Tengo que ir a… a la biblioteca.

Parecieron bastante decepcionadas.

—¿Te guardamos sitio para comer? —insistió Greta, con una sonrisa enorme que dejaba ver sus dientes perfectos y blanquísimos, aunque no tanto como los de Luna.

Asentí con naturalidad, pero a mi lado, Luna me lanzó una mirada afilada como una daga.

—Esto… sí, bien. Guardad… dos sitios. Uno para Luna y otro para mí.

Hubo una pequeña pausa.

—Oh, no sabía que estabas inscrita en el curso de verano, Parker —comentó Greta, echándose las ondas rubias por detrás de los hombros con natural elegancia—. ¿Has elegido Detectología Aplicada o Laboratorio?

Luna sonrió con falsa dulzura.

—Oh, ninguna de esas. Estoy en Análisis de Relaciones Interesadas. Aunque la de Disección de Cadáveres también me interesaba. Quiero mirar si quedan plazas.

Greta arrugó la nariz, claramente incómoda.

—Bueno, Christian, nos vemos luego —dijeron y desaparecieron escaleras arriba.

Las observé alejarse y luego miré a Luna.

—No hacía falta que fueras tan borde.

—Tampoco hacía falta que ellas lo fueran —replicó, encogiéndose de hombros—. Aurora me odia. Sospecha que estoy aquí solo por tu padre.

No me dio tiempo a responder que eso no era cierto porque, justo en ese instante, llegó precisamente mi padre. Apareció apresurándose por la puerta principal y sujetándose el sombrero de copa mientras corría.

—Chicos, nos vamos —dijo, gesticulando para que nos levantásemos rápido de la silla.

Luna y yo nos miramos y nos pusimos en pie.

—¿Puedo subir a peinarme un poco? —pregunté.

—No hay tiempo —respondió padre con un resoplido—. ¿Llevas las Óculus?

—Eso sí. Está todo en mi mochila —respondí—. Pero ¿a dónde vamos?

—Ya lo veréis. —Miró a un lado y otro del corredor, lleno de gente que iba y venía hacia sus clases o sus habitaciones—. Las paredes tienen oídos…

Lo seguimos hasta el patio de la Academia, donde un globo-taxi nos esperaba.

Si había llamado uno, el asunto debía de ser urgente.

En cuanto subimos a la canasta, el piloto accionó el quemador, y una ráfaga de fuego rugió sobre nuestras cabezas, calentando el aire dentro del globo. Poco después, sentimos el leve tirón del despegue y la familiar sensación de ingravidez al elevarnos sobre los tejados.

Barcinova se desplegaba bajo nuestros pies, envuelta en la bruma matinal y el humo de las chimeneas. Entre todo ello, sobresalía la Sagrada Fábrica, recortándose contra el cielo azul de principios de verano, imponente como siempre.

—¿Qué ha pasado? —pregunté, mirando hacia abajo.

—La policía está en casa de Ulrich —respondió mi padre.

—Cuando dice la policía, ¿se refiere al inspector Artimorti? —preguntó Luna con desconfianza.

Mi padre asintió sin mirarla, y la expresión de Luna dejó claro que, en su opinión, Superbigotes no contaba como un policía de verdad.

El globo-taxi dio un par de vueltas antes de aterrizar cerca de la calle de Enrich Zeppelin.

Había dos coches de policía y un Relámpago de Vapor en la entrada. Junto a ellos, con los puños en la cintura y cara de pocos amigos, estaba Superbigotes, esperándonos.

Mi padre pagó el taxi y avanzamos hacia la casa.

—Llegáis tarde —gruñó el inspector Artimorti, cruzado de brazos.

—Gracias por esperar —respondió mi padre con calma, estrechándole la mano.

Superbigotes pareció satisfecho con la respuesta, aunque ni siquiera nos dirigió una mirada a Luna y a mí. Para él, no éramos más que dos críos pegados a los talones de un hombre importante.

A la luz del día, la casa del difunto Filipo Ulrich parecía otra. Nada que ver con la lúgubre y amenazante vivienda en la que nos habíamos colado unas horas antes, y donde nos habíamos encontrado brevemente con el hombre que intentó asesinar a mi padre.

—Había un perro agresivo en el jardín. Tuvimos que llamar a un veterinario para tranquilizarlo —informó un agente, señalando al dóberman, que ahora dormía plácidamente en su caseta, con aspecto de cachorrito feliz.

En la entrada, un cerrajero aguardaba con su enorme maletín de herramientas. Al recibir la orden de Artimorti, se inclinó sobre la cerradura y forcejeó con ella durante unos segundos hasta que esta cedió con un clic.

Luna no dijo nada, pero no hizo falta. Con solo mirarla, supe exactamente lo que pensaba: Yo habría tardado la mitad de tiempo y sin necesidad de tantos cacharros.

La puerta se abrió y entramos en orden: primero Superbigotes y mi padre, flanqueados por dos agentes; después, Luna y yo.

Una vez dentro, rodeados por los muebles cubiertos por sábanas, mi padre me lanzó una mirada inquisitiva. En respuesta, señalé la puerta que descendía hasta el sótano.

—Por aquí, señores —indicó—. Christian, ¿te importaría ir tú primero y guiarnos?

Asentí y descendí los escalones de piedra, sintiendo cómo el aire se volvía más denso a cada paso. Encendí la luz con un chasquido y, en cuanto la lámpara de gas parpadeó, mi corazón se desbocó en el pecho.

Me moría de ganas por mostrarle a mi padre nuestro descubrimiento: las botas Valquiria del número cuarenta y siete y el uniforme de Ulrich; las pruebas del intento de delito.

Me acerqué al armario, pero Artimorti, con su voluminosa figura, estaba apoyado contra la puerta.

—Si me permite… —dije con fingida cortesía.

El inspector resopló y se apartó con desgana. Aproveché para abrir el armario y, con un pañuelo en la mano, giré la rueda de la caja fuerte que había dentro.

Marqué el mismo código de la noche anterior: 9934.

El cerrojo se liberó con un chasquido.

Contuve la respiración y tiré de la puerta de metal.

Todos se quedaron boquiabiertos al ver lo que había dentro. Pero Luna y yo…

Luna y yo nos quedamos aún más helados que los demás.

Desde luego, eso no era lo que esperábamos encontrarnos.