27
Cuando Luna entró al despacho de mi padre, tenía el rostro marcado por el cansancio tras una noche en vela: pasaba de las cinco de la mañana, y ni siquiera nos habíamos acostado aún.
Su pelo, revuelto en todas direcciones por la humedad de Barcinova (y aún más por la del Subfluvial), le daba un aire caótico, con tirabuzones alocados alrededor del rostro.
Pero sus ojos brillaban. Estaba tan emocionada como yo por contárselo todo a mi padre, y golpeteaba con el pie, nerviosa, deseosa de empezar a hablar.
—Bien —dijo mi padre, señalando unas butacas para que nos sentáramos—. Os escucho.
Resumimos lo ocurrido con rapidez. Luego, Luna me hizo un gesto, instándome a sacar la fotografía que habíamos sustraído de la casa de Vitho Freus. Abrí la mochila y se la entregué.
Mi padre la tomó con ambas manos, con extremo cuidado. Al principio frunció el ceño, después se rascó la cabeza y, por último, su rostro se transformó en una expresión de sorpresa.
—Padre, este eres tú, ¿verdad? —pregunté, señalándolo en la imagen.
—Por todos los dirigibles… —murmuró—. ¡Cuánto tiempo ha pasado! Cómo hemos cambiado…
Luego le señalé el otro rostro, aquel al que Luna le había dibujado un bigote.
—Muy… artístico —comentó mi padre—. Gracias por el sombrero de copa y la barba que me añadisteis, por cierto. En esa época aún no tenía estilo alguno.
Luna se rascó la nuca y bajó la mirada, como si el asunto no tuviera nada que ver con ella.
—Pensamos que este podría ser Artimorti. ¿Qué opinas, Padre? Y seguramente, algunos de los otros es Freus, porque la… la “encontramos” en su casa.
Mi padre dejó de lado los garabatos de Luna y centró su atención en el hombre señalado. Lo observó, perplejo, durante un par de segundos antes de suspirar y asentir.
—Pues sí que se le parece. Es posible que fuera él, sí, aunque yo no recuerdo que estuviera allí. Esta foto es de cuando estuve en un campamento de verano con otros jóvenes. Tendríamos poco más que vuestra edad.
—Entonces, ¿no recuerdas haber estado allí con Artimorti y con Freus? —pregunté, sorprendido.
—Bueno, han pasado muchos años, y no los conocía bien a todos.
También puede que haya olvidado algunos nombres, porque éramos bastantes.
Aunque, ese de ahí… —Señaló a otro, justo al lado de Superbigotes—.
¡Sí! Creo que ese se apellidaba Freus. Podría ser el mismo que el agente, ¿quién sabe? Le perdí la pista tras ese verano.
Luna entrecerró los ojos y se cruzó de brazos.
—¿Cree que Superbi … digo, Artimorti lo pudo reconocer en el parque de atracciones, Markus?
Mi padre sacudió la cabeza.
—Lo dudo. Yo tampoco me acordaba de él, ni tampoco dijo nada. Supongo que, si me hubiera reconocido, lo habría mencionado.
Se quedó en silencio, como si de pronto no estuviera tan seguro.
Luego me devolvió la foto, y la guardé en la mochila.
—Bien, chicos, ¿eso es todo? —preguntó.
—Creo que eso es todo por hoy, sí —respondí.
Luna asintió lentamente, con gesto cansado.
—En ese caso, intentad dormir, aunque sea una o dos horas. En un rato empieza el desayuno y no podéis faltar. Mientras tanto, intentaré hablar con la policía, y me gustaría que me acompañaseis a un sitio por la mañana.
—Pero… tengo clase, Padre —repliqué—. Me apunté al cursillo extra de Detectología.
—Tu cursillo podrá esperar —dijo, y me pareció que estaba conteniendo la risa, por debajo del bigote.