26
Tomamos el Subfluvial para regresar a la Academia. Pronto amanecería, y empezaba a haber más gente en los barcos que surcaban las entrañas de la ciudad, en su mayoría gente que comenzaba a trabajar muy temprano.
Christian se sentó en cuanto llegó nuestra barcaza, apoyó la cabeza en una barra metálica y cerró los ojos de inmediato. Yo me dejé caer a su lado e intenté dormir un poco también, pero la emoción y la adrenalina no me lo permitieron.
Repasé la noche y todo lo que habíamos visto y vivido: el perro, el individuo encapuchado y la caja fuerte.
Mi primer viaje en ese curioso artilugio flotante.
La casa del agente secreto, destinado lejos en misión especial.
Pero, sobre todo, la premonición. Bueno, las premoniciones , porque habían sido dos en apenas veinticuatro horas.
Al parecer, se estaban haciendo cada vez más frecuentes, y solo de pensarlo me daba vértigo.
Pensé en cómo había convencido a Christian para que metiese en la mochila la foto que habíamos encontrado en casa de Vitho Freus, y cuánto me había costado persuadirlo de que lo hiciera.
Sonreí recordando su cara de espanto. Realmente, tampoco era algo que yo hubiera hecho en condiciones normales, y no sabía bien por qué se me había ocurrido.
¿Habría sido también una especie de premonición?
Algo dentro de mí me había dicho que me la llevase; que ya se la devolveríamos algún día.
Traté de recordar la fotografía, pero el recuerdo estaba borroso en mi mente, mezclado entre todas las otras cosas que había visto esa noche.
—Christian —susurré y le di un suave codazo para ver si estaba despierto.
Él abrió los ojos a medias.
—¿No dormías, verdad? —pregunté, poniendo mi mejor cara de inocencia.
—Estaba a punto de conseguirlo —respondió con un gruñido—. ¿Qué demonios quieres?
—La foto.
—¿Qué? —Miró a un lado y a otro, confundido—. ¿Qué foto?
—La que cogimos en el piso de Vitho Freus.
—¡Shhh! —exclamó, ahora mucho más despierto, y abrió la mochila para dármela a escondidas.
La sostuve y me fijé en los detalles. Había algo familiar en esa imagen, pero no conseguía adivinar qué era.
Mientras tanto, Christian intentaba dormir de nuevo.
Le di otro codazo.
—¿Qué quieres ahora? —protestó.
—¿No tendrás un lápiz en esa mochila tuya?
Christian bufó y sacó uno.
—¿Algo más, Señorita Insomne?
—No, gracias. Con esto bastará —respondí, pero él ya había vuelto a cerrar los ojos.
Me costaba comprender cómo podía dormir con todo lo que acabábamos de pasar esa noche.
Apoyé el lápiz y me puse a dibujar sobre la foto. En un momento tuve lo que buscaba. ¡Era él! ¿Cómo no lo reconocí antes?
Estaba tan emocionada que le di otro codazo a Christian. Ahora sí, creo que empezó a enfadarse.
—¿Qué bicho te ha picado? —gritó, llamando la atención del otro pasajero del bote.
Luego se giró para ver lo que había estado haciendo, y vio mis dibujos garabateados sobre la fotografía.
—Pero ¿qué es eso? —dijo con voz incrédula—. ¿Tienes seis años o qué? ¿A qué viene eso de pintar caricaturas encima de la única prueba que tenemos de Freus?
—¡Christian, no lo entiendes!
Él suspiró, sin escucharme, y volvió a cerrar los ojos.
—Para de hacer el tonto y déjame dormir, por favor —dijo—. Mañana tengo un taller de verano con Voinescu a primera hora. O sea, en un par de horas, para ser exactos.
—Mira y baja la voz —dije, señalando la foto—. ¿Es que no lo reconoces?
Christian afinó la vista y, cuando su visión adormecida enfocó la imagen completa y su cerebro se despejó, abrió los ojos de par en par.
—¡Que se parta una caldera en dos! —exclamó—. ¿Qué hace este en la foto de Freus?
Asentí.
Ahora sí, lo había visto también.
La verdad es que hacía falta una buena dosis de imaginación.
Con el lápiz le había dibujado unos bigotes a uno de los chicos retratados en la foto. No, mejor dicho: ¡unos superbigotes! Al hacerlo, el fotografiado se había convertido por arte de magia en…
—¡Pero si es el inspector Artimorti! —exclamó Christian, señalándolo.
—¡Sí! Eso creo. Pero mira al otro, el segundo por la derecha. ¿No te suena también?
A ese le había dibujado unas gafas, una barba y un sombrero de copa.
—¡Es mi padre! —dijo sin dar crédito a lo que veía—. ¿Qué diablos hace ahí con Superbigotes?
—Sin contar que alguno de ellos debe de ser el agente especial Freus, si la tenía colgada en su casa. Y, ¿quién sabe? A lo mejor también sale el otro, el que falleció.
—Es muy extraño. —Asintió—. ¿Por qué aparecerán todos juntos en esta foto?
—Pues no lo sé, pero parece bastante antigua. Diría que tendrá veinte años o más.
—Buen trabajo, Rizos —dijo Christian palmeándome la espalda—. Quién iba a pensar que sería tan útil sacarte de esa buhardilla llena de murciélagos.
—¡Tú sí que eres un murciélago! —dije y le clavé con fuerza mi índice en su pecho—. Y, que quede claro: tú no me has sacado de ninguna buhardilla. Si acaso, te saqué yo a ti . Si no fuera por mí, ahora estarías en tu camucha, abrazado a un peluche.
—¡Hey, hey! Tranquila, Señorita Rizos. Yo no duermo con peluches. Ni por asomo.
—Pues lo habrás dejado hace poco.
—Y venir aquí ha sido idea mía —añadió en tono desafiante.
¡Qué cara más dura! ¿Se quería llevar todo el mérito él? De eso nada.
—Que se caiga la chimenea más alta de Barcinova, si no fui yo la que robó las direcciones de esos dos agentes y luego te convenció para escaparnos mientras cenábamos. —Imité su voz—. “ ¡Va contra las normas! ¡Nos expulsarán!”
Christian frunció el ceño, sabiendo que tenía razón, y no dijo nada más. Cerró los ojos y apoyó la cabeza de nuevo, dispuesto a seguir con su siesta.
Justo entonces, el hombre que viajaba al lado se levantó y bajó.
Lo miré sin fijarme demasiado, y observé cómo subían y bajaban otras personas.
Solo entonces noté el nombre de la estación: Academia.
«¿Academia?», pensé.
—¡Es la nuestra! —grité, asustando a los pobres trabajadores medio dormidos—. ¡Vamos, Christian!
Él dio un par de manotazos, desorientado, y se apresuró a coger la mochila. Saltamos fuera del barco mientras sonaba la campana de cierre de puertas. Estuvo a punto de quedarse atrapado entre ellas.
—Uf. Por poco nos pasamos —dijo jadeando.
—¿Ves? Otra —afirmé con un tono orgulloso.
—¿Otra qué? —respondió, aun un poco dormido.
—Te he salvado de otra —dije y le insté a ponernos en marcha—. Vamos, rápido. Como se haya levantado Madame Tilde nos encontraremos la puerta cerrada.
—¡Otra nada! —protestó Christian, frotándose los ojos—. Sabía perfectamente dónde estábamos y que teníamos que bajar.
—Sí, sí, venga, vamos —afirmé y le pasé la foto para que la guardara.
Él la metió junto a todas las otras cosas que cargaba en su mochila.
Realmente, era sorprendente todo lo que le cabía ahí dentro: unas Óculus Nova, una huella de yeso de la Valquiria número cuarenta y siete, una foto robada, instrumentos para forzar cerraduras y un lápiz, aparte de vete a saber cuántas cosas más.
Al salir del Subfluvial ya estaba clareando. Nos apresuramos a subir las escaleras exteriores y rodeamos la Academia hasta la parte trasera lo más rápido que pudimos. La puerta parecía cerrada, pero la piedra seguía ahí, sujetándola, y pudimos volver a abrirla.
Recorrimos los pasillos del sótano y subimos hasta la planta donde se encontraba el apartamento del director. Por debajo de la puerta salía un hilo de luz.
—Está ya despierto —le susurré a Christian.
Nos miramos y él asintió.
—Entro yo primero —dijo—. A tantear el terreno.
Esperé en el pasillo mientras Christian saludaba a su padre.
—Padre, perdona que te moleste tan temprano —lo escuché decir—. Pero tenemos varias cosas que enseñarte… —Hizo una pausa, como si hubiera advertido algo extraño—. Padre, ¿te encuentras bien?
—Sí, sí. Estaba solo un poco preocupado porque… porque la carta mensual de tu madre no ha llegado. No podía dormir. Pero sí, cuéntame. ¿Qué ha ocurrido?
Fruncí el ceño. La madre de Christian regresaba solo una semana al año, pero siempre enviaba sus cartas puntualmente. Aunque, en esta ocasión, sospeché que la preocupación de Markus no se debía solo a un retraso en el correo.
—Verás, Padre —dijo Christian—. Fuimos a las casas de los dos agentes y encontramos cosas interesantes.
Markus se giró. Por el resquicio de la puerta, vi que ya estaba vestido… o quizás iba todavía vestido, porque estaba algo despeinado y ojeroso, como si no hubiera dormido.
—Christian, hijo… —Sacudió la cabeza con un suspiro, como si la noticia lo tomara por sorpresa—. ¿Dónde habéis estado? Os dije que no estaba permitido salir, que podíais meteros en un aprieto… Y, aun así, lo habéis hecho.
Se cruzó de brazos y lo miró en silencio por un momento. Luego, su expresión cambió levemente.
—Bueno, supongo que la vida no es solo seguir normas —añadió, con un brillo en los ojos que contradecía su gesto severo—. Dile a Luna que entre. Contadme lo que habéis descubierto.