Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 25
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Cuando Christian se quitó las gafas, sentí alivio. Verlo así, deambulando como un sonámbulo con las Óculus Nova y sin poder verme, daba un poco de miedo. Además, tenía que apartarme todo el rato para que no chocase conmigo. Era casi peor que estar sola en esa casa desconocida.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué has visto? ¿Ya sabes quién es? —pregunté sin poder contenerme, agachándome junto a él, que se había sentado en el escaloncito de la puerta de entrada.

Mientras yo lo bombardeaba a preguntas, él plegó sus gafas y las guardó en la mochila con gran parsimonia, como si estuviera sopesando las respuestas.

—No, no sé quién es —dijo al fin, lo cual me dejó un poco decepcionada. Luego añadió, levantándose—: Pero hay una caja fuerte abajo, en el sótano. ¡Y creo que sé la clave! El encapuchado metió algo dentro.

—Ah, ¿en el sótano? —dije, por si lo había oído mal.

—Sí, ¿acaso no me has visto bajar antes? Cuando me he chocado con la puerta.

Sonreí un poco al recordarlo. Lo había visto, pero, sinceramente, no me apetecía nada meterme ahí dentro. Él no lo sabía, pero había bajado sin luz, guiado por las imágenes de sus gafas.

—Está un poco oscuro, ¿no? —dije, dudando—. Y si encendemos las luces alguien podría vernos.

—¿No tendrás un poco de mieditis? —insinuó Christian, con una media sonrisa.

Tragué saliva, dudando.

No, qué va . Me encantaba la idea de colarme en el sótano de esa casa, que no era absolutamente nada espeluznante ya de por sí, con esos muebles cubiertos de sábanas y telarañas por todas partes.

—¡Claro que no! —mentí —¿Qué te crees? ¿A lo mejor eres tú el que tiene miedo, Rosenberg?

Él chasqueó la lengua.

—¿Vas tú primero? —dijo, medio en broma medio en serio.

Entró en el salón y me esperó frente a la puerta del sótano, sosteniéndola abierta. Cuando vio que lo seguía comenzó a bajar las escaleras, igual que había hecho antes, pero ahora sin las gafas.

Bajamos a oscuras, tanteando las paredes.

La única luz venía de las farolas externas y a duras penas se colaba por el hueco de la puerta.

Aunque diera un poco de aprensión, era más seguro así; de lo contrario, la luz se vería desde la calle, a través de las ventanas.

Christian se guiaba por el tacto, y, seguramente también, por el recuerdo de lo que había visto con las gafas.

—Espera aquí un momento —me dijo al llegar al último escalón—. Necesito comprobar algo.

Avanzó solo, en la absoluta oscuridad.

Se escuchó un clic y el espacio se iluminó con dos modestas luces de gas.

Suspiré de alivio al ver que la estancia era un sótano normal y corriente lleno de trastos viejos, y no parecía contener ninguna trampa ni ningún monstruo del inframundo. Al menos, no a la vista.

—Está aquí —dijo Christian.

Abrió un armario y dentro vi la caja fuerte. Estuvo a punto de tocarla, pero yo lo detuve a tiempo.

—Artículo treinta y cinco del libro de investigación ocular de la escena del delito. ¿No te acuerdas? Te caería una multa colosal y requisamiento de las Óculus por abrir una caja de caudales sin una orden judicial… Listillo.

Christian sonrió a medias, impresionado.

—Bien visto, Rizos. Parece que esos libros polvorientos de la biblioteca son útiles, después de todo. ¿Y qué propones?

Retiró la mano y le tendí un pañuelo arrugado que encontré en el bolsillo.

—Usa esto —le dije.

—Espero que no lleve mocos —se quejó.

—Solo los más verdes, seleccionados para ti —repliqué con tono sarcástico.

Christian resopló y cogió el pañuelo con las puntas de los dedos. Luego lo apoyó en la rueda de la caja fuerte y comenzó a girarla.

—Nueve, nueve, tres, cuatro.

Al decir el último número, la caja emitió un delicioso “clac”. Christian agarró la maneta con el pañuelo y tiró de la puerta.

Allí estaba lo que el encapuchado había escondido: unas botas Valquiria, número cuarenta y siete.

—¡Wow! —exclamó Christian—. ¡Ha funcionado!

Yo sonreí y le di un golpe en el hombro.

—Nada mal para un novato.

—¿Novato? ¡Esto es un golpe magistral!

—Espera un momento, vengo enseguida —dije.

—¿Dónde vas?

—Voy a buscar un cubo de agua.

—¿Para qué? —preguntó.

—Para bajarte los humos.

—¡Ja, ja, ja!

—Bromas aparte —comenté, ignorando su risa falsa—, mira esto que hay al lado. Es un traje de los agentes especiales.

Le señalé un uniforme gris, plegado junto a las botas.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Christian.

—Los tenían en la tienda de Olivio eran iguales, ¿te acuerdas? Las Valquirias, la chaqueta gris… ¡Aquí está el conjunto completo!

Christian sacó la huella de su mochila y la probó contra las botas. Coincidía totalmente, incluso tenían la misma imperfección por desgaste en un lateral de la suela. No cabía duda: esas eran las mismas Valquirias que había usado el saboteador.

—Me pregunto por qué estará todo esto aquí —murmuré, pensativa.

—Me imagino que cuando Filipo Ulrich murió, alguien guardó sus cosas en un lugar seguro. ¿Qué otra cosa podían hacer con ellas, si era todo de su talla?

—No sé… ¿usar sus botas para cometer crímenes, inculpando a un muerto? —aventuré, mirándolo y asintiendo.

De pronto comprendí la magnitud de lo que acabábamos de encontrar, y me llevé las manos a la boca.

—Christian, ¿te das cuenta? —dije, con un tono más eufórico del que pretendía—. ¡Esto es una prueba insuperable! Tenemos que decírselo a tu padre inmediatamente. ¡No podemos perder más tiempo!

Él asintió.

—Tienes razón, hay que volver cuanto antes.

—Solo una cosa —añadí—. Aunque tengamos las botas, es posible que no sea tan fácil encontrar a la persona que intentó matar a tu padre. Pero al menos sabemos que es alguien que consiguió las llaves de esta casa y sabía de la existencia de ese traje.

—¡Lo tenemos en el bote! —dijo Christian, alzando la palma para chocar los cinco—. Cada vez estamos más cerca.

Junté mi palma con la suya y nos miramos, sonriendo.

Sentí una sensación maravillosa al ir desenmarañando ese ovillo; algo que no había sentido nunca, pero que me encantaba.

Jamás pensé que fuera a gustarme tanto investigar. De haberlo sabido, quizás habría atendido más en Detectología Práctica 201.

Cerramos el armario metálico y salimos de la casa. Nos moríamos de ganas por compartir con el mundo nuestro hallazgo, pero no sabíamos que aún nos aguardaba un descubrimiento más antes de que amaneciese.