24
Luna tenía razón: había una manera de esquivar al perro y entrar en la casa.
El dóberman estaba sujeto con una cadena, atada a un cable de hierro que rodeaba toda la casa. De esa forma, podía moverse libremente por el jardín y perseguir a los invasores, con su cadena deslizándose por el cable, pero sin saltar la valla ni escaparse.
Sin embargo, el sistema tenía un fallo, y Luna, tan observadora como siempre, se había dado cuenta.
El cable que rodeaba la casa estaba sujeto a la fachada con anillas.
—¿Me dejarías una de tus ganzúas de ladrón? —me dijo con una sonrisa.
—¿Vas a devolvérmela?
—No. Y, además, necesito la más grande que tengas.
La observé con desconfianza.
—Déjame que me lo piense… No, Luna. No puedes atacar al perro con mis ganzúas.
Ella se rio.
—¡Christian! Nunca haría algo así. ¿Estás loco? Solo quiero que nos deje en paz un rato. Además, seguro que Voinescu te da otra enseguida. Eres su alumno preferido.
Abrí la mochila y le entregué la ganzúa, con algo de tristeza. Me gustaba mucho tener el juego completo, la verdad.
—Tú distrae al perro un momentito —me dijo—. Ponte en la parte de detrás de la casa y cántale el himno de la Academia, ¿vale? A lo mejor tenemos suerte y se duerme.
Agarré la verja del jardín con ambas manos y me puse a golpearla contra el marco, haciendo el máximo ruido posible. El dóberman surgió de la oscuridad, ladrando con furia. Había captado su atención. Comencé a caminar, silbando, mientras él me seguía, con su cadena deslizándose por el cable.
Una vez teníamos al perro en la parte trasera, Luna, sigilosa, tomó la ganzúa y la metió en una de las anillas que sujetaban el cable a la fachada.
Cuando el perro trató de seguirnos hacia la puerta delantera, su cadena se deslizó un par de pasos, pero al llegar a donde estaba la ganzúa se atascó.
El perro ladró y se revolvió, rabioso, pero no pudo pasar más allá del tope.
Luna se limpió las manos en sus pantalones de montar y levantó la barbilla, orgullosa.
—Ahora tenemos vía libre —afirmó, satisfecha—. Esto lo tendrá entretenido un rato.
—Buen trabajo, novicia Parker —le dije, y me sonrió con todos los dientes.
Abrió la puerta del jardín y entramos. Nos dirigimos a la puerta principal y, con las ganzúas que me quedaban, logramos acceder al interior.
La casa estaba completamente a oscuras, a excepción de la poca luz que entraba de la calle. Algunos muebles estaban cubiertos por sábanas blancas, y había un fuerte olor a humedad. El parqué, que en su día debió de ser brillante, crujía bajo nuestros pies de la manera más inquietante.
—¿Qué estaría haciendo aquí el hombre encapuchado? —preguntó Luna—. La casa es demasiado grande como para buscar al azar.
—Podríamos repartirnos las estancias —propuse—. O investigar si ha dejado huellas en el suelo.
Me miró y negó con la cabeza.
—No, nos llevaría toda la noche revisar todos los armarios y cajones y, además, alguien podría vernos si encendemos la luz. Creo que deberías usar… ya sabes.
Fruncí el ceño. Tenía razón. Eso podría ahorrarnos mucho tiempo.
—Era justo lo que iba a hacer —mentí.
Dejé mi mochila en el suelo y saqué con cuidado las Óculus Nova. Luego me las puse y activé el primer cristal.
¿Cuánto tiempo hacía que había llegado el hombre a la casa?
Giré el cristal azul entre mis dedos. Su función era ajustar la visión, permitiéndome retroceder en el tiempo minuto a minuto, como si estuviera afinando la aguja de un reloj.
Los engranajes empezaron a girar, enloquecidos. Mi visión azulada comenzó a volverse más nítida a medida que los mecanismos cobraban velocidad, ajustando la escena como si rebobinara un teatro de sombras.
Entonces, sentí el salto en el tiempo.
Era una sensación extraña, como si mi cuerpo se desvaneciera por un instante y me lanzara al vacío a través de un túnel invisible. Seguía en el mismo lugar, pero atrapado entre dos momentos temporales distintos.
Comencé a caminar con cautela. La figura de Luna había desaparecido de mi campo de visión, porque en este punto del pasado aún no había llegado a la casa. Tendría que ir con cuidado de no tropezar con ella mientras usaba las gafas.
Di un par de vueltas por la sala de estar y luego me dirigí a la cocina, esperando encontrar alguna pista. Todo parecía estar en su sitio, sin rastro de nada relevante.
Pero no me preocupé; a veces no se conseguía una imagen a la primera, y era necesario concentrarme más. Ahora por fin entendía la insistencia de Cloterfin cuando repetía: « Práctica, estudio, obediencia. ¡Nunca es suficiente de ninguno de los tres!». Al menos, lo de la práctica era cierto.
Giré un poco más los cristales y seguí enfocándome en los detalles, hasta que vi algo moverse por el rabillo del ojo.
La puerta se abrió, y por ella apareció el encapuchado. Di un respingo, asustado al verlo tan cerca. Tuve que recordarme a mí mismo que se encontraba en el pasado, y no podía verme ni hacerme daño.
Pero no había duda: era el mismo que había visto en el parque de atracciones. El mismo que había intentado matar a mi padre.
El hombre cerró la puerta tras de sí.
Noté que se movía con naturalidad dentro de la casa, como si hubiera estado ahí mil veces.
Pero, ¿por qué no se quitaba la capucha dentro de la casa? ¿Temía que lo vieran por la ventana?
O quizás sabía que alguien podría venir más tarde. Alguien como yo, con unas gafas de Vidente.
El hombre avanzó por la sala y yo lo seguí con la vista. Desapareció de mi campo de visión. Yo me moví con cautela, para no desintonizar la escena.
Apretó la manija de una puerta, la empujó y bajó unas escaleras.
Intenté seguirlo, pero me di de bruces con la puerta, que en el presente estaba cerrada.
Me toqué la frente: mi cuerpo seguía en el presente, obviamente . Error de novato.
Escuché a Luna. Trataba de decirme algo, pero solo levanté un pulgar para indicarle que no se preocupara. Temía desconcentrarme si le contestaba.
Abrí la puerta y, entonces sí, bajé las escaleras.
En el sótano, el individuo había encendido una luz, que se encontraba en una de las paredes laterales. Estaba de espaldas, pero vi que metía algo en un armario y luego ocultaba una mochila debajo de la capa.
Al acercarme más, vi que no era solo un armario: dentro de él había una caja fuerte, y justo me dio tiempo de ver la combinación: 9934.
De pronto, el hombre encapuchado levantó la cabeza, como si hubiera escuchado un ruido en el piso superior.
Cerró el armario de madera que ocultaba la caja fuerte y subió corriendo por las escaleras. Lo seguí, con cuidado de comprobar que las puertas estuvieran abiertas, y me asomé al jardín.
Allí pude verme a mí mismo junto a Luna. Atravesábamos la cancela del jardín, corriendo hacia la calle.
Verme a mí mismo en el pasado fue una sensación extrañísima.
El encapuchado se quedó inmóvil.
Por un instante, pareció a punto de quitarse la capucha. Sentí un escalofrío, convencido de que iba a verle la cara por fin.
Pero luego se lo pensó mejor y no lo hizo.
Bajó la cabeza, se frotó las manos y esperó un momento, como si estuviera decidiendo qué hacer.
Apreté los dientes, furioso.
Era frustrante verlo ahí, a un palmo de mí, pero sin poder arrancarle la capucha y descubrir su identidad o, mejor aún, darle su merecido por lo que había hecho.
Tras unos segundos, se giró y salió de la casa. Después desapareció por la calle, junto con mi concentración.
En mi mente comenzaron a resonar miles de preguntas, cayendo como gotas sobre un tejado de metal. Y cada una hacía más ruido que la anterior.
¿Por qué tenía las llaves de esa casa? ¿Cómo sabía la combinación?
Y la más importante de todas:
¿Qué había dentro de esa caja fuerte?
Solo había una forma de averiguarlo.
Me quité las Óculus Nova y regresé al momento presente.