23
La bruma desapareció cuando avancé un paso más por el jardín, y las imágenes parpadeantes se desvanecieron tan rápido como habían llegado.
Me detuve en seco.
Tenía que avisar a Christian de lo que acababa de ver en mi premonición. Algo horrible nos esperaba si tratábamos de entrar en esa casa. Sabía que, si seguíamos adelante, todo acabaría muy mal.
Lo había visto. Lo sabía.
—¡Christian, detente! —dije sin alzar demasiado la voz, y lo agarré de la manga de la camisa—. He tenido una visión. Hay alguien en la casa. Nos están esperando. Y creo que también hay un perro peligroso.
Christian frunció el ceño.
—No veo a nadie. Y las luces están todas apagadas —replicó.
—¡Tú mismo has oído los ruidos!
—Era solo el viento moviendo las persianas, Rizos. Tranquila. Es normal tener miedo, pero es solo una casa oscura, nada más.
—¡Christian…!
Dio un paso más, y en ese instante, mis miedos se materializaron.
La misma bestia de mi premonición emergió de la casa: un dóberman enorme, furioso, con los dientes al descubierto y las orejas en punta, como los cuernos de un demonio. Gruñía con una rabia incontrolable, listo para lanzarse sobre nosotros.
Me quedé paralizada.
La visión estaba cumpliéndose, imagen por imagen.
Me costaba respirar. La última escena que había visto…
Christian en el suelo. Su mirada perdida en la noche.
No.
¡No podía permitirlo!
Retrocedí un paso y tropecé con una baldosa suelta. Me desequilibré y, al intentar sostenerme, me aferré a mi amigo.
Caímos juntos sobre la hierba.
El perro saltó sobre nosotros, pero justo cuando su peso iba a aplastarnos, la cadena que lo sujetaba se tensó de golpe. Un tirón seco lo hizo retroceder, emitiendo un quejido de frustración.
Se quedó ahí, ladrando enfurecido, mientras nosotros rodábamos por el suelo húmedo de rocío.
Entonces, la puerta de la casa se abrió.
Una figura encapuchada salió y nos apuntó con una linterna.
La misma que yo había visto.
—¡Fuera de aquí, niñatos! —rugió.
Nos dimos la vuelta y salimos corriendo.
Doblamos la esquina y, justo cuando íbamos a cruzar la calle, escuché un sonido que me heló la sangre: era el traqueteo de las ruedas de un carruaje, acercándose a toda velocidad.
—¡Christian, no! —grité.
Tiré de él con todas mis fuerzas y lo obligué a detenerse.
Un segundo después, el carruaje pasó de largo a un dedo de nuestras narices, salpicándonos con el agua de un charco.
Corrimos hasta un buzón de correos y nos agachamos detrás un instante, para recuperar el aliento.
—En mi visión… te atropellaban —le dije a Christian, con un nudo en la garganta.
Él dejó escapar una risa nerviosa y se soltó de mi mano.
—De eso nada. Lo había visto venir, Rizos.
Sonrió con orgullo.
Pero él no había visto lo que yo.
—No tienes ni idea —murmuré—. Si no fuera por mí…
Un ruido a nuestras espaldas me interrumpió.
Sin pensarlo, salté de nuestro escondite a una esquina más oscura, pegándome contra la pared de una tapia. Christian me imitó de inmediato.
Gateamos hasta unos arbustos que bordeaban la acera. Christian pisó unas hojas secas y se llevó un dedo a los labios, como si fuera yo la que estaba haciendo ruido. Luego me señaló hacia la casa.
La figura encapuchada había salido del jardín y escaneaba la calle.
Por un instante, pensé que nos había visto escondernos. Pero no. Tras unos segundos de tensión insoportable, empezó a caminar en dirección contraria a la nuestra.
Se marchaba. Podíamos escapar, si queríamos.
—Ese hombre —susurró Christian—, es el mismo que vi en el parque de atracciones.
Mi pulso se aceleró. Era lo mismo que yo estaba pensando.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo. Era él, tenía las mismas proporciones y se movía igual. ¡Lo hemos encontrado, Luna!
De encontrarlo a saber quién demonios era, aún quedaba un buen trecho. Pero no quise arruinar su entusiasmo.
—Tenemos que seguirlo —dijo—. Veamos a dónde va, podría ser una buena pista.
Asentí. No podíamos echarnos atrás ahora, estando tan cerca.
El encapuchado giró por una calle transversal, y Christian se puso en marcha sin esperar mi respuesta. Nos acercamos de nuevo a la casa para rodearla, y justo entonces, el dóberman de Ulrich comenzó a ladrar de nuevo.
Pero ya no me daba miedo: seguía encadenado en el jardín, y el encapuchado había cerrado la verja.
Cuando doblamos la esquina, el hombre misterioso estaba desapareciendo por otra calle.
Cruzamos y nos asomamos con cuidado, para evitar quedar a la vista de golpe. Pero, cuando llegamos, la calle estaba vacía.
—Ha desaparecido —murmuré desanimada.
Christian escudriñaba la calle, igual que yo, sin dar crédito. Aquello parecía un truco de magia. ¿Acaso tenía un portal a otra dimensión, o qué? ¿Cómo había desaparecido tan rápido?
—No podemos perderlo ahora —dijo Christian, frustrado.
—Christian, déjalo. Es muy tarde. Hay que regresar a la Academia.
—¡No! Seguro que estamos cerca —protestó él—. ¡Ya casi lo teníamos!
—Sí, pero se ha escapado. Podría estar en cualquier casa, en cualquier jardín. A lo mejor tenía un vehículo esperando, ¿quién sabe?
—No es propio de ti rendirte tan rápido.
Para ser sincera, estaba todavía tan conmocionada por mi horrible visión, que esa noche ya no me quedaban fuerzas para correr más riesgos. Quería volver a la seguridad de mi buhardilla. A la tranquilidad de la Academia.
—¡Lo tuvimos delante! —protestó Christian —. Podríamos haberlo atrapado.
—Claro, sería muy fácil atraparlo con las herramientas que llevamos. ¿Quizás paralizándolo con nuestra mirada asesina? ¿O atándolo con el cordón de las botas? Nosotros dos contra un criminal gigante que calza el 47. ¡Suena fácil!
Christian suspiró. Sabía que yo tenía razón, aunque no quisiera admitirlo.
—¡Escúchame! Yo también quiero descubrir quién era —le dije —. No dejaremos que escape, te lo prometo. Sea quien sea el malhechor que trató de asesinar a tu padre, le daremos su merecido. Ya lo verás. Haremos todo lo que esté en nuestra mano por pillarlo.
Me apretó el brazo en respuesta, agradecido, y caminamos así despacio, hasta encontrarnos de nuevo frente a la casa. Christian frunció los labios y miró el oscuro edificio en silencio.
—Tienes razón. No podemos dejar las cosas así. ¡Tienes toda la razón, Luna!
Me giré de golpe, sin entender.
—Baja la voz. ¿Qué quieres decir? ¿De qué estás hablando?
Señaló la casa con ambas manos, como si fuera obvio.
—¡Pues eso! Que tenemos que hacer un último esfuerzo. Quemar el último cartucho. Lo que tú acabas de decir.
—¿Qué…? —Lo miré, sin entender—. Yo no he dicho nada de eso. ¡Yo pensaba volver mañana!
Christian sostuvo mi mirada y señaló la casa.
—-De eso nada. Si se ha dejado algo, ahora es el momento de averiguarlo.
Solo entonces entendí a qué se refería.
—No, no —dije, alzando los brazos—. De eso nada. Regresaremos mañana. De día.
—¡Mañana será demasiado tarde! Y, además, ¿quién se cuela en una casa a plena luz del día?
Sacudí la cabeza. Aquello seguía siendo muy mala idea. No me gustaba nada.
Pero, por muy mala idea que fuese, era una gran oportunidad, y por una vez, Christian estaba siendo más atrevido que yo. Eso no podía negárselo.
Si el encapuchado había dejado algo dentro, esta era una buena oportunidad de descubrirlo.
Mañana por la mañana estaríamos de nuevo en la Academia, y entretanto el malhechor podría volver y eliminar cualquier prueba.
Me mordí el labio, dudando.
Christian rio, entendiendo que ya me había convencido.
Suspiré y sacudí la cabeza.
—Venga, Luna. —Me cogió del brazo y tiró suavemente—. Tenemos trabajo.
Bufé, pero lo seguí.
No podía creer que estuviéramos ahí de nuevo, delante de esa casa tan lúgubre.
—Segundo intento —dijo Christian—. Esta vez, entraremos. Solo tenemos que resolver un pequeño problema antes.
—¿Solo uno?
—¿Te haces la graciosa ahora?
—A ver, listillo, dime cuál es el “único” problema que tenemos.
—El perro, Luna.
—Ah, ¿solo eso? —pregunté, haciéndome la sabihonda—. Pues mira, justo eso sé resolverlo.