22
Abrí la verja y entramos en el jardín.
Yo iba delante, y Christian me seguía de cerca. La casa no tenía luz alguna, y apenas podíamos ver lo que había dos pasos por delante.
Sentí una bola de nervios en el estómago, pero lo achaqué a la situación. Entrar en casa ajena no era precisamente mi actividad favorita. Y, menos aún, por segunda vez en la misma noche.
Me pareció ver una bruma que surgía del césped y comenzaba a engullir la calle y la casa.
Me giré hacia Christian: no parecía preocupado.
—¿Has visto eso? —le susurré.
Él negó con la cabeza.
—No. ¿Qué era?
Pestañeé y la bruma desapareció de nuevo.
—Nada. Me habrá parecido…
Continuamos por el estrecho caminito empedrado que llevaba a la puerta de acceso. Pero antes de llegar a ella, oímos ruidos provenientes del interior.
Nos detuvimos en seco.
La casa de Filipo Ulrich podía parecer abandonada y oscura, pero, a diferencia de la de Vitho Freus, había alguien merodeando dentro.
Era una casualidad muy grande que alguien estuviera revolviendo la casa de un agente que, en teoría, llevaba varios años muerto. Y justamente esta noche, tras lo ocurrido en el parque de atracciones.
—¿Lo has oído? —dijo Christian—. Supongo que era el viento, ¿no?
Iba a contestarle, pero no pude.
La bruma regresó, esta vez rápida y espesa, y lo cubrió todo, aislándome del entorno.
Sentí una sacudida y el tiempo se paró. Todo a mi alrededor se congeló, como si estuviera observando desde otro lugar, como si estuviera en una pesadilla.
Era otra visión. Sabía que no estaba en el mundo real; todo parecía más borroso, más intangible, pero a la vez, terriblemente realista.
Una secuencia de imágenes comenzó a pasar a toda velocidad ante mis ojos:
La puerta se abría.
Una figura encapuchada salía.
Se oían gritos, ¿era yo?
—¡Corre, Christian! —gritaba una voz, que parecía la mía.
Christian dudaba y luego echaba a correr, rodeando la casa. ¡Tonto! ¿Por qué no huía por la puerta del jardín?
De pronto, un perro enorme le bloqueaba el paso. Sus dientes brillaban en la oscuridad y las orejas afiladas, erguidas como cuernos de toro, le daban un aspecto demoníaco. Gruñía, rabioso, dispuesto a atacar.
Mi corazón estaba a punto de estallar.
La figura encapuchada aparecía de nuevo, alargando una mano enorme para atraparnos.
En la visión, yo conseguía escapar hacia la calle. Christian, que iba delante, cruzaba al otro lado sin mirar.
Justo en ese momento, un carruaje se acercaba, girando una esquina.
Gemí, congelada en el suelo como una espectadora, incapaz de cambiar las imágenes que se sucedían ante mis ojos.
Las enormes ruedas de madera lo embistieron de lleno, lanzándolo al suelo empedrado.
La visión terminaba con Christian sobre el suelo. Sus ojos, aún abiertos, miraban el cielo nocturno sin verlo.