21
Hasta ese día en concreto, yo no había tenido mucha experiencia en investigaciones.
Mi mayor logro había sido descubrir qué demonios le echaba Madame Tilde a esa sopa marrón, y prefiero no hablar de cómo terminó aquello.
Aun así, me bastó un vistazo al buzón de Freus para saber que aquello no pintaba nada bien.
—Mira. Ahí pone su nombre: Freus.
Le señalé el buzón a Christian, y él se acercó. Había varios casilleros, todos metálicos y colgados a un lado del vestíbulo, y en ellos podían leerse los nombres de los vecinos, junto a su número de puerta.
—Por todas las calderas, ¡cuántas cartas tiene este hombre! —exclamó Christian.
Nos miramos y negué con la cabeza.
—Parece que hace mucho tiempo que no pasa por aquí… —comenté.
—Ya —respondió compungido—. A lo mejor Superbigotes estaba en lo cierto, y hemos venido para nada.
Cogí una carta y la examiné. Tenía un sello extranjero, en el que se veía que había sido enviada hacía varias semanas.
Luego, cogí otra: una postal de un lugar tropical, con palmeras y aguas claras que parecían del otro lado del globo, firmada por un tal Gustav Knowles dos meses atrás.
Así sucesivamente fui sacando unas cuantas más: las del fondo eran bastante antiguas, y se notaba que llevaban mucho tiempo en ese buzón.
—Sí, parece estar bastante claro. Los papeles de Superbigotes decían la verdad. Este hombre lleva muchos meses de viaje —dijo Christian apesadumbrado.
—Sí… a menos que… —susurré alzando el dedo índice.
—¿A menos que qué?
—¿Y si todo esto fuera una tapadera? —dije, señalando el buzón a rebosar de cartas.
—Perdona, pero la gente les pide a los vecinos que le recojan el correo para que no se note que están fuera…
Nunca había oído hablar de lo contrario —replicó Christian, cruzando los brazos frente al chaleco—.
¿Te imaginas? “Señora García, ¿podría echarme unas cuantas cartas viejas en el buzón cada semana? ¡Gracias! Así los ladrones sabrán que mi apartamento está vacío.”
Exhalé; tenía demasiado sueño como para tener también paciencia .
—A ver, Zanahoria Resabiada —le dije lentamente—. Lo que estoy tratando de decir, es que un agente especial podría tener mil trucos. A lo mejor intenta hacernos pensar una cosa cuando, en realidad, ha pasado algo diferente. Se adelanta a nuestros hallazgos, ¿me entiendes?
—¿O sea que, en lugar de estar en Oceanía, podría estar escondido debajo de la cama, ahí arriba? ¿Metiendo cartas viejas en su propio buzón, adrede y durante meses?
Me encogí de hombros y resoplé de risa al imaginarlo.
—Solo hay una manera de descubrirlo, Rosenberg.
Según la etiqueta del buzón, Vitho Freus vivía en el tercer piso, de modo que subimos las escaleras hasta llegar al rellano correcto.
A un lado apareció un corto pasillo, al final del cual esperaba una puerta de madera oscura y brillante. Junto al timbre había una placa metálica con el nombre del inquilino, que coincidía con el que buscábamos.
—A partir de aquí, no se me ocurre cómo continuar —dije, mientras intentaba mirar por la rendija de la cerradura.
No vi nada, pero era lo que hacían en las novelas.
—Por suerte, para eso sí que tengo una solución —dijo Christian orgulloso.
Se quitó la mochila de la espalda y sacó unos objetos extraños y punzantes. Me los mostró y me dio un suave empujón para que me apartara de la puerta.
—¿Qué diablos…? —susurré, poniendo los brazos en jarras.
—Mira y aprende, discípula —respondió, con un exagerado tono altanero, mientras introducía unas pequeñas ganzúas en la cerradura.
Cerró los ojos para concentrarse. Solo con el tacto y el oído, buscó el punto exacto para hacerla girar. No quise parecer impresionada, pero, a decir verdad, lo estaba. Al menos un poco.
—¿Dónde narices has aprendido a hacer esto? —pregunté.
Él me ignoró, centrado en su tarea.
Clac. La cerradura cedió con suavidad, como si hubiera usado una llave.
—¡Por los cielos! —exclamé, tapándome la boca—. ¡Esto es increíble!
—Ya lo tenemos —dijo, empujando la puerta con una sonrisa orgullosa.
Luego guardó rápidamente sus herramientas de ladrón, se colocó la mochila en los hombros, se besó los dedos con aire teatral, y entró.
—Todavía no me has dicho dónde aprendiste a forzar cerraduras. ¿Sueles colarte en las casas de la gente, o qué?
—Pues no, pero si atendieses un poco más en clase, tú también sabrías hacerlo. Salía en el examen del profesor Voinescu.
—He escuchado motores de vapor más entretenidos que el tono de voz de Voinescu —me defendí.
—Excusas…
—Más te vale que me enseñes a hacerlo a mí también —le dije—. Parece ser la única cosa útil que enseña Voinescu en su clase de Aprendiz de Ladrón.
—Es Detectología Práctica 201, pero de acuerdo, lo haré. A cambio de una cosa.
—Depende. ¿Qué cosa?
—Que estés callada y sin hacer preguntas durante toda una semana.
—Pfff… ¡Anda que no echarías de menos mi voz melódica y mis preguntas fascinantes!
Le di una palmada en el cogote, y él ahogó una risa.
Al entrar, nos encontramos un apartamento bastante pequeño, pero bonito.
Seguramente, las pocas veces que estaba en casa, Freus vivía solo.
El apartamento tenía una decoración moderna, con láminas de bronce pulido en las paredes y hermosas lámparas de cristal de ámbar.
La cocina estaba impecable, sin un solo plato en la pila, y con aspecto de no haber sido usada nunca.
Una fina capa de polvo cubría el suelo y los muebles, dejando claro que por ahí no había pasado nadie y demostrando que Freus no se dedicaba a meter cartas viejas en su propio buzón solo para que nosotros las encontrásemos.
Mientras Christian revisaba los armarios, fui a echar un vistazo al baño. No había ni cepillo ni pasta de dientes. Además, olía a agua estancada.
Regresé a la sala de estar y vi a Christian observando algo en la pared.
—¿Has encontrado alguna pista? —pregunté.
Me señaló una fotografía de grupo enmarcada, colgada entre otras muchas.
—¿Y esto?
—Seguro que uno de estos hombres es él. Me pregunto qué cara tendrá. ¿Qué edad piensas que tiene?
—¿Te refieres a Freus?
—Sí —respondió, sin apartar la vista.
Me acerqué y miré la fotografía, buscando la respuesta.
Era una instantánea en color sepia tomada en un campo abierto, con muchos chicos jóvenes posando: tendrían unos veintitantos años. Vestían ropa deportiva y detrás de ellos había un campo de césped. ¿Una foto de equipo? Todos sonreían, y algo en esa imagen me atrapó, al igual que a Christian.
La descolgué para investigar más de cerca.
—¿Qué haces? —preguntó Christian.
Lo ignoré y revisé la parte trasera del marco.
Unos clavitos sujetaban una plancha de madera. Los retiré y saqué la foto.
—Toma, guárdala —dije, pasándosela—. Escóndela en tu mochila.
—¿Estás loca de remate? No podemos llevárnosla.
—Claro que sí.
—¡Claro que no! ¿Y si vuelve y se da cuenta de que falta? O, peor aún, ¿y si nos pillan con ella?
—No seas tiquismiquis, Rosenberg. Hemos entrado en este piso sin permiso, forzando la cerradura. ¿Qué más dará una foto vieja? Esto es lo menos ilegal que hemos hecho desde que salimos de la Academia. Incluyendo lo de escaparnos.
—Está bien —cedió, poco convencido, y metió la foto en su mochila—. ¿Algo más que robar? ¿O puedo cerrarla ya?
—Mira quién fue a hablar —respondí con un bufido—. El que abre cerraduras con la punta de su estilográfica y se cuela en casas ajenas sin pedir permiso.
—Creo que Superbigotes tenía razón.
—¿Te refieres a cuando dijo que, de todos los niños que ha tenido a su cargo desde que empezó su carrera como niñera, tú has sido el peor de todos?
Christian sacudió la cabeza, sonriendo.
—No, Rizos. Cuando dijo que aquí no había nada que hacer. Este tal agente Freus lleva semanas sin pasar por aquí. Quizás, Superbigotes no es tan incompetente como pensábamos.
—Ya. Pues entonces, mejor será que vayamos a casa del otro agente, antes de que alguien en la Academia note nuestra ausencia.
—Sí, vamos. Salgamos de aquí cuanto antes. Si nos pilla algún vecino, estamos fritos.
Dimos un último vistazo al piso antes de salir, y Christian volvió a cerrar la puerta con la misma destreza con la que la había abierto.
Dejamos atrás del edificio moderno con ventanas redondas y nos dirigimos nuevamente a la boca del Subfluvial.
—Ahora volvemos a la estación Cantera de Azufre —traté de adivinar el camino, observando el mapa—. Tomamos la línea roja y bajamos en la segunda parada. Banco Central de Barcinova, ¿correcto?
Christian se giró, sorprendido.
—Aprendes rápido, ¿eh? Así es. Luego tomamos la vía vertical y… ¿en qué estación nos bajamos?
—En la estación de la Cerámica, dirección Delta del Barco o Monte del Carbón.
Él no respondió, pero sonrió satisfecho.
Parecía que hacíamos un buen equipo.
Regresamos a los túneles y viajamos hasta la parada más cercana a la casa de Filipo Ulrich. Una vez allí, subimos de nuevo al nivel de la calle y recorrimos un par de vías, hasta encontrar una placa con el rótulo: Calle de Enrich Zeppelin.
—Bueno, pues la hemos encontrado —dijo Christian—. ¿Preparo las ganzúas?
Le sonreí y, sin perder más tiempo, caminamos hasta el número 245.
Era una zona residencial, algo apartada del centro: casitas bajas, pocos edificios y muchas zonas verdes. Un barrio idílico para vivir, probablemente.
Cuando llegamos, tuve que comprobar la dirección dos veces: la casa parecía casi abandonada, a diferencia de sus vecinas.
La hierba del jardín, en algunas zonas, había crecido hasta la altura de mi cadera. La casa, con fachada de ladrillo, tenía ventanales enormes, pero tan sucios que no se veía nada a través de ellos.
—Pues parece que sí que está muerto —comentó Christian con aprensión.
—¿Entramos? —pregunté sin hacer caso a su tono preocupado.
Christian miró a su alrededor, asegurándose de que nadie nos observaba.
—Vamos —dijo—. Acabemos con esto de una vez.
El jardín estaba rodeado por una cerca baja y ornamentada de hierro negro. Cuando apreté la manija, la puerta se abrió sin esfuerzo.
Di un paso hacia la propiedad abandonada. No sabía que, al otro lado de esa cerca, me esperaba una nueva visión, tan espantosa como la que había tenido una noche antes.