20
Esa noche me metí en la cama, pero me esforcé por no quedarme dormido. Había hecho un pacto con Luna y, aunque me sentía agotado, no podía faltar a la cita: era hora de salir en busca de respuestas por nuestra cuenta.
Mi padre, como siempre, con su particular forma de manejar las cosas, nos había dado permiso tácito para abandonar la Academia en plena noche.
Quizás no directamente, pero yo lo conocía bien y sabía leer entre líneas.
En circunstancias normales, me habría parecido divertidísimo que hiciera la vista gorda ante algo así; a nadie le gustaba una travesura inocente más que a mí.
Pero, en esta ocasión, las consecuencias de un error podían ser terribles para mi padre… y quizás, también para Luna.
Se oyó un golpecito suave sobre la puerta. El ruido fue suficiente para que mi mente dejara de divagar.
Era ella, y llegaba a la hora exacta. Luna, quien nunca pasaba desapercibida, incluso cuando se esforzaba tanto por hacerlo.
Su piel cobriza y los rizos oscuros se enroscaban como hojas de vid alrededor de su rostro.
Y, desde lo ocurrido en Eteria Park, su lunar en forma de luna había cobrado un significado nuevo.
Yo siempre la había admirado, aunque nunca se lo diría en voz alta.
Me levanté rápidamente de la cama. Iba ya vestido; ni siquiera me había molestado en ponerme el pijama.
Abrí la puerta y me la encontré de brazos cruzados y con una chispa aventurera en la mirada.
Su expresión lo decía todo. Ambos sabíamos lo que nos esperaba: una noche arriesgada y quizás peligrosa, pero el riesgo a ella nunca le había importado demasiado.
Y ambos estábamos decididos a desvelar la verdad detrás de todo esto.
—Venga, marmota pelirroja —me dijo, dándose la vuelta y dirigiéndose a la escalera.
La seguí, acelerando el paso hasta ponerme a su lado.
—Baja la voz, Rizos —susurré con el tono más bajo posible—. Si nos oyen, van a pensar que nos estamos escapando a lo Romeo y Julieta. ¡Ugh!
Luna levantó el pulgar, sin girarse a mirarme. Pero escuché su risilla por lo bajo.
Ahora sí: comenzaba la segunda parte de nuestra inesperada investigación… la parte extraoficial.
Recorrimos el pasillo hacia las escaleras que llevaban a la planta baja, vigilando nuestras espaldas por si alguien nos descubría.
Aunque conocía bien a Frederic, el vigilante nocturno, era crucial que no nos viera; de ser así, mi padre no podría hacer la vista gorda.
Frederic, casi parte de la familia, era un hombre estricto e intransigente, y no permitiría que saliéramos.
En la oscuridad, era fácil detectar la linterna del guarda, pero el ruido de sus pasos se perdía fácilmente entre el ruido de las tuberías que recorrían la Academia como arterias, rechinando con el paso del agua y el vapor, sobre todo en las zonas de servicio.
De vez en cuando, una tubería emitía un chasquido que nos sobresaltaba, sonando como el estómago de un dragón dormido, como si el edificio estuviera vivo.
Llegamos a la puerta trasera, cada vez más nerviosos. Era de madera, reforzada con clavos y placas de metal macizo.
Apoyé la mano en la manija y miré a Luna. Ella asintió, y con un tirón, la puerta se abrió, tal y como había dicho mi padre.
Salimos de puntillas y, una vez fuera, el aire fresco de la noche nos golpeó en la cara.
—Rápido, tenemos que cerrarla o se darán cuenta —susurró Luna.
Nos apresuramos a empujarla de vuelta, pero me detuve un par de pulgadas antes de que se cerrara por completo.
—Si la cerramos del todo, no podremos volver a entrar —respondí en voz baja.
Luna se llevó las manos a su cabello rizado, pensativa, antes de susurrar:
—Tienes razón.
Echó un vistazo a su alrededor. Se agachó y comenzó a buscar algo en el suelo. Mientras tanto, revisé mis bolsillos y encontré unas monedas para el Subfluvial, que podrían sernos útiles.
—¡Lo tengo! —dijo ella de pronto—. Vamos a colocar una piedra en el marco de la puerta para que no se cierre del todo. Así, a Frederic le parecerá que está cerrada, pero podremos volver a entrar. ¿Qué te parece?
Sonreí.
—Perfecto.
—Pero no tiene que ser demasiado grande ni demasiado pequeña —puntualizó.
—¿Qué te parece esta?
—Demasiado grande. Se verá demasiado.
Fruncí los labios y me agaché de nuevo.
—¿Y esta? —pregunté.
Dudando, la tomó y la puso entre la puerta y el marco.
—Demasiado pequeña… se va a cerrar con el viento.
Exhalé, exasperado.
—¿Pues entonces qué? ¿Te bajo algún asteroide y probamos con eso?
Pero ella ya había buscado la piedra perfecta por su cuenta, y la había colocado en el sitio.
—¡Aquí está! ¡Esta sí! —dijo, satisfecha.
Suspiré, incapaz de entender por qué era tan importante. Empujó la puerta despacio, y esta volvió al sitio; pero la cerradura no hizo “clac”. Lo habíamos conseguido: no se había trabado y el guarda no lo notaría.
—Te juro, que, si llegas a tardar un minuto más en encontrar tu piedra ideal, te dejo a ti de sujetapuertas —dije con un gruñido.
Ella resopló y echó a andar a paso veloz hacia la calle.
—Vamos, quejica —me dijo—. ¿Cuál es la forma más rápida de llegar al barrio de Martín del Hierro?
—¡El Subfluvial! —grité mientras intentaba alcanzarla.
—¿A esta hora? ¿Estás seguro?
—Sí, me lo conozco como la palma de la mano. Ya verás.
Ella arqueó una ceja, sorprendida.
—Hay que ver qué bien vivís los hijos de directores.
—¡Todo el mundo en Barcinova usa el Subfluvial! —repliqué—. Es el medio de transporte más rápido y barato de la ciudad.
—Pues yo no —respondió, con un deje de altivez, aunque su voz no sonó igual que antes, y luego añadió en tono más bajo—: No tengo muchos sitios a los que ir, de todos modos.
Al oírla, frené en seco y la tomé suavemente por la manga para que se detuviera.
—Ahora los tienes —dije, buscando su mirada—. Y son muy importantes.
Ella esbozó una media sonrisa, pero se giró antes de que pudiera decir nada más.
—Mira —susurró, señalando una luz que destellaba al fondo de la vía oscura.
La calle Luciérnaga terminaba en un rótulo retroiluminado por una llama de gas. En él, una inscripción decía:
Subfluvial - Estación Academia
Bajamos por las escaleras revestidas de pequeños azulejos azules y amarillos, que dibujaban motivos geométricos y florales. Ni en las calles ni en la estación del Subfluvial había un alma viva. Una rata del tamaño de un gato se metió en un agujero al oírnos pasar.
Al llegar al vestíbulo encontramos varias barreras rotatorias. Nos acercamos a una de ellas, introduje una moneda en el mecanismo y Luna se coló detrás de mí. Bajamos más escalones todavía, hasta llegar al nivel del andén, muchos pies por debajo de la calle.
La estación del Subfluvial tenía bóvedas revestidas de azulejos, con vigas oscuras de hierro que las sujetaban.
Conductos de plomo, humeantes, pasaban por encima de nuestras cabezas, procedentes de la central térmica, para repartir agua caliente a toda la ciudad.
Los andenes bordeaban una red de canales subterráneos que se extendía por debajo de toda Barcinova, transportando en barcazas planas a los ciudadanos de un barrio a otro.
Las aguas se veían negras, y seguramente no fueran las más limpias de la urbe.
Luna sacó de un bolsillo la nota donde había apuntado los nombres y direcciones de los dos agentes especiales:
Vitho Freus
Avenida del Doctor Lardson, 34
Filipo Ulrich
Calle de Enrich Zeppelin, 245
Ambos leímos el papel en silencio.
—¿A dónde vamos primero? —pregunté—. Creo que la distancia es más o menos la misma. ¿Alguna preferencia?
—Yo probaría con Freus —respondió ella—. El que está fuera, en misión.
Sonreí mirándola.
—¿Algún motivo especial?
Ella se encogió de hombros.
—Corazonada. Y, también, por quitarme de encima la calle con el nombre más feo. Me cae mal el doctor Lardson.
—¿Por qué? —pregunté, riendo sin comprender—. Hizo descubrimientos médicos muy importantes.
—Sí, pero probaba sus medicinas con niños de orfanatos. ¿A que eso no lo sabías?
—Ugh. No. ¿En serio? ¿Y aun así le pusieron su nombre a una calle?
—Alucinarías con las cosas que puedes descubrir si, durante el recreo, te vas a la biblioteca a leer textos que no forman parte del plan de estudios… en vez de hacer vida social.
Sonreí.
—Uno de los dos tiene que sacrificarse y hacer contactos útiles —dije, mirándola de reojo.
Nos detuvimos frente a un mapa, enmarcado junto a uno de los bancos de hierro forjado anclados a la pared curva de la estación.
—Estamos aquí, en la parada Academia —dije, señalando un punto rojo—. Tenemos que tomar la vía horizontal, dirección Puerto del Nilo, y bajar en la estación Cantera de Azufre.
—No parece tan difícil. Solo hay que cambiar de barco veintitrés mil veces, y llegamos.
—Sí, pero espera —dije, deteniéndola mientras seguía analizando el mapa—.
Bajamos ahí, y cuando terminemos, volveremos a subir en la misma estación y seguiremos la línea roja durante dos paradas más, hasta la estación Banco Central de Barcinova.
De ahí subimos por la vía vertical y nos bajamos en la estación de la Cerámica, dirección Delta del Barco o Monte del Carbón.
—Como quieras —respondió ella—. Yo me esforzaré por no caerme a esa agua asquerosa, si te parece bien. ¿En serio no se les ocurrió poner barandillas?
—Envía una queja al alcalde. Se te da bien.
—¿Qué se me da bien?
—Quejarte, Rizos, ¿qué va a ser? —Puse una voz aguda, imitando la suya—: “Ay, esta piedra es demasiado pequeña, pero esta es demasiado grande, y esa demasiado mediana…”
—Mira quién fue a hablar. “No quiero salir por la noche; si me pillan, me bajarán la nota final de un diez a un nueve coma nueve…”
Sacudí la cabeza, riendo.
—Anda, ven por aquí. Si tienes miedo de caerte, puedes cogerte de mi brazo. Seré tu barandilla personal.
—Antes prefiero darme un chapuzón, gracias —replicó, pero se apartó un poco del borde.
—Luna, ¿sabes nadar?
Frunció los labios y no dijo nada más, pero se cogió de mi codo con disimulo. Mis hombros se agitaron con una risa contenida, pero no hice ningún comentario más.
El andén estaba completamente vacío. Era tarde, y a esas horas pasaban pocos barcos. Unas débiles llamas de gas apenas iluminaban la estación; seguramente, la ciudad trataba de ahorrar energía en momentos menos concurridos.
Tuvimos que esperar casi media hora al servicio nocturno. Por fin, nuestra barcaza apareció, silenciosa y con pocos vagones, moviéndose sobre el agua como un espectro.
—¡Vaya! —exclamé—. Estos barcos nocturnos son minúsculos comparados con los diurnos.
—Así ahorran carbón —dijo Luna, encogiéndose de hombros—. Total, está vacío.
Nos sentamos y, en cuanto la puerta se cerró, el barco arrancó suavemente.
Solo contaba con una decena de asientos y era un transporte teledirigido desde la central, sin conductores a bordo.
En la siguiente parada subió un extraño con abrigo largo y la cara cubierta por un pañuelo negro.
Me pareció extraño, con el calor sofocante que hacía ahí dentro.
Además, exhalaba un tufo a podrido que invadió el vagón entero.
Luna me miró con el ceño fruncido, y se apretó un poco más contra mí, alejándose del otro pasajero.
El trayecto duró aproximadamente media hora, aunque por suerte el extraño se bajó mucho antes.
—La gente que sube por las mañanas es bastante más normal —comenté, y Luna asintió.
Durante todo el camino, mantuve mi inseparable mochila de cuero sobre las rodillas. En ella se encontraba mi posesión más preciada: las Óculus Nova, listas para su primera misión real.
—¿Sabes? Me gusta esto —dijo Luna de repente, con una leve sonrisa.
La miré sin entender.
—¿Te gusta compartir vagón con tipos que huelen a fábrica de estiércol?
—¡No, tonto! Me refiero al balanceo del barco. Me recuerda a cuando era pequeña y mi madre me dormía en la cuna —explicó.
La miré entrecerrando los ojos. ¿Estaba bromeando otra vez? Era difícil saberlo.
—Es imposible que recuerdes eso, Luna —dije con cautela.
Ella se encogió de hombros.
—Lo sé —admitió—. Pero creo que acabo de recordarlo de verdad. No sé… El vaivén hizo que, por un segundo, lo reviviera. Casi la vi. La tuve así de cerca… Pero entonces, la visión se esfumó.
Me quedé en silencio, observándola con curiosidad.
Sus rizos, más oscuros que el agua que cubría gran parte del túnel, se apretujaban contra el cristal de las ventanas del barco.
Me pregunté si su madre también habría tenido el mismo pelo y los mismos ojos oscuros.
Seguramente sí. Igual que esos poderes que, al parecer, despertaban en ella cada vez con más fuerza.
El barquito se detuvo en varias estaciones antes de que finalmente llegáramos a la nuestra: Cantera de Azufre.
Una vez allí, ascendimos por las interminables escaleras hasta el nivel de la calle. Volver a sentir el aire fresco de la noche me gustó: el ambiente cargado y húmedo de los túneles no era precisamente agradable.
Avanzamos hasta la calle donde se encontraba el domicilio del agente Freus y nos plantamos frente a la puerta de un alto y moderno edificio rojo en la Avenida del Doctor Lardson, número treinta y cuatro.
En teoría, el plan era entrar, pero todavía no habíamos pensado cómo. Luna decidió ir al grano: a pesar de ser las dos de la madrugada, comenzó a tirar de las cuerdas de las campanillas de los tubófonos con energía, antes de que pudiera detenerla.
La primera en responder fue una señora, a la que, sin duda, acababa de despertar. Su voz somnolienta resonó a través del tubo que atravesaba la finca.
—¿Quién es a estas horas? —gritó.
—Soy María, tu vecina —respondió Luna, imitando a la perfección el tono de una señora anciana—. Ábreme, que me he dejado las llaves
Sorprendentemente, la pobre mujer le abrió con el sistema remoto, sin hacer más preguntas. Seguramente quería volver a la cama cuanto antes.
Cuando entramos al vestíbulo del edificio de apartamentos, en el buzón de cartas de Vitho Freus ya nos esperaba la primera pista.