Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 19
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A Christian se le iluminó el rostro. Bajó la cuchara y me miró con intensidad.

—Es justo lo que estaba pensando —respondió con una media sonrisa.

—¡Por supuesto! —susurré—. No pienso quedarme de brazos cruzados mientras Superbigotes echa tierra sobre la única pista que tenemos.

—¡Exacto! —exclamó, emocionado—. Hablaremos con mi padre. Le pediremos que asignen a otro inspector, alguno con más interés en resolver el caso. ¡Mi padre tiene muchos contactos!

Fruncí el ceño. No era precisamente eso lo que tenía en mente…

—O también… —lo interrumpí, inclinándome más hacia él, y comprobando que Madame Tilde seguía con sus cosas—, podemos ir nosotros mismos a investigar. A casa de los dos sospechosos. Esta noche, por ejemplo.

Su expresión cambió de golpe, y casi se atraganta con el bocado.

—¡¿Qué?! —exclamó con la boca medio llena.

—Christian, ¿no lo ves? Tenemos que hacerlo, y cuanto antes. Podemos salir de noche, cuando nadie nos vea. Debemos comprobar que esos dos agentes existen y si son ciertas las excusas que nos han contado. ¿Y si Ulrich no está muerto? ¿Y si Freus está en Barcinova?

—Luna… —Su entusiasmo se evaporó—. ¿Estás loca? ¡No podemos hacer eso!

—Claro que podemos.

—Va contra las normas. Y es peligroso.

—¿Más peligroso es dejar que el caso se cierre sin respuestas? La persona que trató de asesinar a tu padre sigue suelta, y nadie la está buscando. ¿Eso no te preocupa? ¿Y si vuelve a intentarlo?

Christian se pasó una mano por el pelo rojo, indeciso. Se quitó las gafas de aviador y se puso a limpiarlas con los faldones de la camisa negra, evitando mi mirada. Estaba claro que le había tocado la fibra sensible, aunque no quisiera admitirlo.

—Pensé que querías continuar con la investigación, pero siguiendo las normas de los Videntes. No imaginé que ibas a proponerme una locura de este calibre —dijo con un suspiro, y se volvió a poner las gafas como diadema.

—¿De verdad piensas que bastará con ir por ahí haciendo preguntas educadas agarrados a la manga de un policía desganado? ¡Christian, despierta! Esto es el mundo real, y no un examen sobre ratones robando quesitos. Aquí la gente juega sucio, y miente, y trata de escabullirse.

Christian guardó silencio, sabiendo que yo tenía razón.

Aparté el plato hondo y me serví un trozo de pollo con puré y pan recién hecho.

—¿Y cómo piensas hacer eso sin que nos expulsen? —preguntó Christian—. Te recuerdo que mi padre es el director, y sería un escándalo monumental si me echasen de la Academia.

Corté un pedazo de muslo de pollo y estuve a punto de llevármelo a la boca, pero me detuve en el aire para contener la risa. La sola idea de que echaran a Christian, el alumno más avanzado, el más guapo de quinto y el más carismático de Videntia, era completamente absurda.

—Justo por eso —le dije, agitando el tenedor hacia él con una sonrisa—. ¡A ti no pueden expulsarte!

Christian negó con la cabeza, y su rostro se volvió sombrío.

—Pero a ti sí, Rizos. Y Cloterfin te tiene en el punto de mira desde hace mucho tiempo. Está esperando la ocasión para echarte el lazo.

Justo entonces, las puertas batientes de la cocina se abrieron y los dos nos callamos de golpe.

—¡Ya estoy aquí! —saludó Markus, acercándose a nuestra mesa—. Contadme, ¿a quién vamos a echarle el lazo?

El director dio un par de pasos seguros, rodeado como siempre por su aura de calma y liderazgo. La misma que había heredado Christian, a su manera.

—Por favor, no hace falta que interrumpáis la conversación. Seguid charlando, que no os incomode mi presencia.

Bajé la mirada y disimulé pinchando un poco de ensalada.

—¿No me lo vais a explicar? —insistió Markus mientras se sentaba al otro lado de la mesa, con las manos tamborileando al borde—. ¿Qué era eso tan importante de lo que queríais hablarme antes?

Christian asintió y apartó un poco su plato hacia el centro de la mesa. Levantó su mochila y sacó de esta el molde de yeso. Su padre lo tomó entre las manos y le dio un par de vueltas, examinándolo.

—Que me parta un rayo, ¡qué muestra tan particular! ¿Dónde la habéis encontrado? —preguntó, intrigado.

—En el lugar del accidente… —comenzó Christian, pero lo interrumpí.

—Un momento, ¿no se lo ha contado todo el superpolicía?

El director me lanzó una mirada severa, y yo bajé la vista. En ese momento se nos unió Madame Tilde, sujetando una bandeja con una taza humeante.

—Le he hecho una infusión de manzanilla, señor Rosenberg. Para la digestión y los nervios —dijo con una sonrisa, entregándole la bebida caliente.

—Gracias, Matilde. Estás en todo —respondió él amablemente, y luego se giró hacia mí, que lo observaba de brazos cruzados—. Por favor, seguid comiendo mientras hablamos. Es tarde. No pretendía interrumpiros.

Obedecí y me llevé un trozo de pan con salsa a la boca, mientras esperaba a que Madame Tilde se marchase de nuevo.

—La verdad es que Artimorti no me ha dicho nada de esto —confesó el director con el ceño fruncido, y se giró de nuevo hacia la huella de yeso—. ¿Qué es exactamente?

—Es una huella de la persona que saboteó la montaña rusa para que el Submarino Volador se estrellara —dije, y sin más rodeos añadí, mirándole a los ojos—. Es decir, la huella del tipo que intentó matarle.

—Vaya, vaya… los de la empírica son cada vez más eficaces —comentó Markus, sin dejarse conmover—. Me pregunto por qué Artimorti no mencionó nada.

Christian y yo nos miramos.

—Porque es más vago que los puentes —respondí yo, y como nadie se reía añadí—: Todo el día tumbados.

Markus ignoró mi broma y volvió a estudiar el yeso, esta vez con mucha más atención.

—Valquiria del cuarenta y siete —dictaminó, aunque eso ya lo sabíamos—. No debe de ser muy difícil buscar un agente especial con esta numeración de calzado, ¿no? Nunca había visto una huella tan enorme.

El director era un hombre inteligente.

Mucho más que Superbigotes.

Así que decidí arriesgarme.

—Tenemos los nombres y las direcciones de los dos únicos agentes que han usado botas así en los últimos años —confesé.

El director enarcó una ceja.

—¿Artimorti tampoco te ha contado eso? —preguntó Christian con incredulidad.

Markus sacudió la cabeza.

—No. Pero continuad, por favor. Soy todo oídos.

Respiré hondo.

—Uno de esos agentes murió y el otro, supuestamente, está en una misión en el extranjero.

—¿Eso os ha dicho el inspector? —preguntó Markus.

—Sí —respondí—. Pero…

Me callé un instante, buscando la palabra correcta. No quería ser grosera, pero solo se me ocurría una manera de describir lo que pensaba. La frase retumbó en mi cabeza como una explosión de dinamita en una mina de carbón. No podía más. Suspiré y lo solté.

—¡Pero no me creo ni una palabra de lo que nos ha dicho ese policía sarnoso!

Lo siento, Markus, pero es lo que pienso —dije, bajando la mirada.

Al ver que el director no me reprendía, continué, dejándome llevar—.

No quiere investigar, aunque tengamos una buena pista.

No quiere saber la verdad. Ha dado el caso por cerrado y no piensa seguir.

Ese hombre es una vergüenza para los Videntes y para la policía.

¡Su comportamiento es indignante! Tenemos que hacer algo, o ese criminal seguirá suelto por Barcinova.

Tomé aire, agotada tras hablar de carrerilla, y alcé la vista con miedo de lo que iba a encontrarme.

El director estaba callado y nos miraba por turnos. Su expresión era neutral. No parecía enfadado por mi arrebato, pero tampoco parecía haberse puesto de mi parte.

—Supongo que ya lo sabéis, pero investigar sin un inspector de policía a vuestro lado infringe la ley número ciento dos del Código Virthus entre civiles, la policía y los Videntes —dijo con tono categórico—.

Como director, debo recordaros que está terminantemente prohibido hacerlo.

Es peligroso, más aún porque no sabemos quién hay detrás de todo esto.

Hizo una pausa, dejó la huella de yeso sobre la mesa y se cruzó de brazos.

—Como padre y exvidente, sin embargo… —Su mirada se volvió más intensa, pero su tono se suavizó—. No siempre es posible tener los ojos en todas partes. A veces, la gente toma decisiones por su cuenta y, si nadie lo ve, es difícil asegurar que haya ocurrido.

Recogió su taza, se puso en pie y dio un par de pasos. Antes de llegar a la puerta, añadió, como si hablara para sí mismo:

—Además, quiero recordaros que está terminantemente prohibido salir por la puerta trasera… aunque esta noche esté, excepcionalmente, abierta.

Dicho esto, salió. Una vez fuera, se detuvo en el umbral y me miró, con un brillo travieso en la mirada. Cando me giré hacia él, me guiñó un ojo, y ese gesto dijo mucho más que cualquier palabra que pudiera haber pronunciado.