Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 18
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A quien bajaba tarde a cenar, Madame Tilde se negaba a darle de comer. Ni siquiera los mejores ojos de cachorro lograban ablandar a nuestra cocinera. Una vez que los platos desaparecían de las mesas, no había súplica ni trueno capaz de hacerla cambiar de opinión.

Pero aquella noche recibimos un trato especial.

Llegamos a la Academia en el coche de Superbigotes, tal y como este le había prometido a Markus. Al entrar en el patio, el estruendo del motor alertó a los otros alumnos, que se asomaron curiosos desde las ventanas para ver qué estaba ocurriendo.

El coche se detuvo frente a la fachada principal, con sus dos torres con relojes que siempre me habían recordado a unas Óculus Nova gigantescas.

El inspector apretó un botón para detener la caldera del vehículo y dio una palmada para que bajásemos.

—¡Fin del viaje! —anunció con tono satisfecho.

Para él, la investigación ya estaba cerrada.

Para nosotros, apenas había empezado.

Sentí un ardor interior tan intenso como el de la caldera de ese vehículo a tres ruedas que nos había traído a casa.

Cuando bajé del coche, alcé la vista y observé las ventanas iluminadas de las habitaciones. Prácticamente en todas había siluetas negras que nos observaba con atención.

Dejé pasar primero a Superbigotes y a Christian, permitiendo que entraran primero en el edificio principal.

Cuando cerré la puerta de entrada, vi al director acercarse a nosotros con paso tranquilo y los brazos abiertos.

—Bienvenido a la Academia de los Videntes, inspector Artimorti —saludó Markus Rosenberg con tono jovial.

Sentí que el fuego en mi interior se intensificaba todavía más. No podía creer que nuestro director siguiera tratando con tanta cordialidad a ese incompetente.

—¿Cómo ha ido la investigación? —preguntó Markus tras estrecharle la mano.

—Bueno, nada concluyente… —comenzó a decir el inspector, pero lo interrumpí.

—¡Mal! —exclamé sin rodeos.

Markus me miró con perplejidad. No quería llamar la atención, pero alguien tenía que decir la verdad. Si yo no hablaba, Superbigotes le contaría alguna patraña para dejarnos en ridículo.

—Mal, porque el inspector Artimorti se niega a seguir investigando —expliqué, señalando con firmeza a Superbigotes.

Markus enarcó las cejas, sorprendido.

—Verá, no es tan sencillo —replicó Superbigotes, levantando las manos en un gesto de resignación—. Nos hemos topado con una pista errónea. Un callejón sin salida.

—¿Una “pista errónea”? —exclamé indignada—. ¡Christian lo vio todo perfectamente!

El director me lanzó una mirada de advertencia, ordenando que me calmase. Markus no soportaba los gritos, ni menos aún, la mala educación.

—¡Director, tiene que escucharnos! —insistí, moderando el tono y señalando también a Christian—. Hemos pasado la tarde yendo de aquí para allá, pero no hemos descubierto nada todavía.

—Precisamente por eso —replicó Superbigotes, fingiendo pesadumbre—. No hay nada que descubrir. ¡Ni siquiera hay un crimen!

—Luna, Christian, ¿por qué no vais a cenar? Seguro que tenéis hambre —dijo Markus y luego se giró hacia Artimorti—. Será mejor que sigamos con esta conversación en mi despacho… aquí las paredes tienen oídos.

—Pero padre… —protestó Christian.

Yo me crucé de brazos. No me gustaba nada ese plan de dejarnos de lado.

—Nada de “padre” —respondió Markus con severidad—. A la cocina. Los dos.

—Madame Tilde no nos dará nada a estas horas —protestó Christian.

—He hablado personalmente con ella. Os está esperando —aseguró Markus con una sonrisa tranquilizadora, señalando hacia la cocina.

Obviamente, nos iban a apartar de la conversación. ¡Odiaba tanto que me trataran como una cría, cuando hacía mucho tiempo que había dejado de serlo!

—Vamos, Luna —murmuró Christian, frustrado por la indiferencia de su padre.

Respiré hondo, incapaz de hacer nada más, y lo seguí.

En el trayecto hacia la cocina, me di cuenta de que Markus tenía razón en una cosa: estaba famélica. Pero también estaba cansada, y todavía más indignada de que nos hubieran excluido sin miramientos.

—¿Cómo puede ser que tu padre prefiera hablar con ese policía de tres al cuarto, en vez de escucharnos a nosotros? —solté, indignada.

—Escúchame —respondió Christian, tratando de calmarme—. Mi padre es una figura pública y tiene que cuidar su imagen. No puede desatender a la policía ni a los organismos oficiales. Seguro que, cuando termine, vendrá a vernos.

Sus palabras me tranquilizaron, al menos un poco.

Pero mi mal humor seguía ahí. Guardé silencio hasta que llegamos a la cocina, imaginando cómo le arrancaba a Artimorti los pelos de los bigotes, uno por uno.

En cuanto cruzamos la puerta de la cocina, una voz maternal resonó desde dentro.

—¿Quién es? —preguntó Madame Tilde, con su característico tono agudo.

Estaba de espaldas, metiendo las bandejas limpias en un armario. El lazo enorme del delantal de flores adornaba su espalda, dejando ver la parte superior de un vestido blanco con puntillas.

—Madame Tilde, somos Christian y Luna. Mi padre nos ha…

—Sí, claro. Pasad —lo interrumpió, y una sonrisa enorme se dibujó en su rostro al vernos—. Ya lo tengo todo preparado.

Christian dio un paso adelante, y yo detrás de él.

En mi opinión, las cocinas de la Academia eran un lugar maravilloso; un mundo aparte que olía a hogar, aunque yo nunca hubiera tenido ninguno. De niña había pasado allí muchas horas, cuando era apenas una correteadora de tres o cuatro años.

Aunque Madame Tilde tenía fama de ser estricta y severa, de pequeña siempre me daba galletas a escondidas, o me aupaba para que pudiera remover las cosas porque sabía que me encantaba.

A fin de cuentas, Videntia y su gente eran mi familia. Y Christian… bueno, un hermano, supongo.

—Ahí lo tenéis. Ahora os traigo servilletas —dijo, señalando una mesa llena de manjares. Luego desapareció un momento.

En la mesa larga de madera nos esperaba una cena que parecía sacada de un banquete festivo: un pollo al horno tan grande que parecía un pavo, puré de patatas cremoso, pan recién hecho, ensalada fresca y cuencos con diferentes salsas.

Para el postre, había preparado magdalenas de chocolate y fruta.

Y, en nuestros platos, ya servida y humeante, había una deliciosa sopa de setas.

—¡Guau! —exclamé—. ¿Celebramos algo?

—Nuestro primer caso juntos —contestó Christian con una sonrisa de oreja a oreja.

Por un instante, imaginé lo distinta que habría sido esa cena si yo no me hubiera colado en el zepelín por la mañana, y un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies.

Madame Tilde regresó con las servilletas y nos explicó el menú. Luego volvió a desaparecer entre los carros de repostería vacíos, los hornos aún humeantes y las largas mesas de trabajo repletas de ollas recién fregadas, que relucían bajo las lámparas de gas.

Christian y yo nos quedamos solos frente a aquel festín. Había tantas cosas que no supe ni por dónde empezar. Christian, en cambio, se lanzó sin dudarlo a probar la sopa.

—Esto está buenísimo —comentó tras la primera cucharada—. ¡Y ni siquiera está fría! Mi padre debe de estar muy agradecido contigo.

—Creo que con los dos —respondí, después de saborear la primera cucharada de aquella maravilla.

A la tercera cucharada, ya no pude contenerme. Agaché la cabeza y bajé la voz, asegurándome de que Madame Tilde no pudiera escucharnos.

—Christian… ¿Te das cuenta, verdad? —susurré—.  Tenemos que averiguar por nuestra cuenta quién era ese hombre encapuchado. Estos incompetentes no van a ayudarnos.

Christian levantó la vista del plato, con la cuchara a medio camino de la boca.

—Pensé que nunca lo dirías —respondió, y me devolvió una mirada cómplice.