17
Cuando Superbigotes salió del despacho y cerró la puerta detrás de él, no se imaginaba que yo había estado tramando un plan para salvar los obstáculos que no paraba de lanzar a nuestro paso.
No es que hubiera tenido una premonición ni nada por el estilo: simplemente, se me ocurrió una idea algo descabellada, y no pude resistirme a la tentación de ponerla en práctica.
—Creo que tienes razón y este tipo quiere quedarse con el mérito de nuestra investigación, Christian —susurré.
—Ya. Se comporta como si todo le diera igual.
Sonreímos. Era bueno estar de acuerdo en algo, de vez en cuando.
—Venga, vigila la puerta y avísame si regresa —le pedí.
—¿Qué estás tramando? —preguntó Christian, algo desconfiado.
—Vamos a averiguar qué demonios ha pasado en realidad con estos dos.
Me dirigí al otro lado del escritorio de Superbigotes y me agaché frente a sus archivadores.
—¿Estás vigilando? —insistí.
Christian me lanzó una mirada de reproche, pero, aun así, asintió.
Repetí los mismos pasos que había seguido Superbigotes, recorriendo los archivos. Primero busqué la inicial de Filipo Ulrich, y luego la de Vitho Freus.
—Date prisa —insistió Christian, impaciente—. No creo que tengan los teléfonos muy lejos.
—¡Ya voy! No es tan fácil.
Saqué la carpeta de Ulrich y busqué el certificado de defunción. Lo encontré y confirmé que era la carpeta correcta. Hojeé los documentos rápidamente hasta justo lo que buscaba: su dirección.
—Aquí está. —Señalé con el dedo—. Calle de Enrich Zeppelin, número 245
Comprendí que Christian estaba demasiado nervioso como para memorizarla, así que la apunté en un papel que encontré en la papelera de Superbigotes.
Luego cerré el cajón y abrí el siguiente.
—Date prisa, Luna. Oigo pasos.
El calor me recorrió el cuerpo y una gota de sudor empezó a formarse en mi frente.
Busqué a toda prisa la carpeta de Vitho Freus.
Ahora yo también podía oír los pasos del inspector resonando en el pasillo.
Si nos pillaba curioseando en sus archivos, íbamos a meternos en un buen lío.
—¡Luna! —masculló Christian, poniéndose tan pálido que le resaltaban aún más las pecas.
—¡Invéntate algo, Christian! Ya casi lo tengo.
—¿Y qué se supone que le digo? ¿Mira el pajarito?
Di un suspiro de alivio al encontrar la carpeta. La saqué y empecé a buscar dentro, pero era enorme, llena de informes sobre misiones especiales, tests psicológicos e información de todo tipo, con residencias temporales en decenas de países. ¿Dónde demonios podía estar la dirección real de Freus?
Los pasos se detuvieron justo al otro lado de la puerta, y atisbé una sombra a través del cristal opaco de la puerta.
¿Tan rápido había hecho la llamada? ¿Era posible?
Pasé las hojas frenéticamente. Nada.
—¡Necesito medio minuto más! —murmuré a Christian.
Última hoja.
Nada.
La puerta se abrió.
Christian se interpuso en el umbral, frenando a Superbigotes.
—¿Qué haces? —le espetó el inspector.
Mi compañero se sujetaba los pantalones con ambas manos, dando unos saltitos bastante ridículos.
—Tengo que… Tengo que ir al baño. No aguanto más.
El policía gruñó algo, que sonó como “malditos niñatos.”
—Al fondo del pasillo, a la derecha. Y date prisa, que os voy a devolver a la Academia ipso facto. Aquí no tenéis nada más que hacer.
Cuando el inspector miró dentro de la oficina, yo ya estaba sentada con las manos en el regazo, poniendo mi mejor cara de aburrimiento. Me costó disimular los jadeos, pero logré mantener la compostura.
Se giró y se acomodó en su sillón verde, haciéndolo girar un poco.
—Niña, ve recogiendo tus cosas, si es que tienes alguna. Porque me han dicho que eres huérfana, ¿no? ¿Por qué estudias con Rosenberg? ¿Tú también ves cosas raras? —preguntó, como si quisiera matar el tiempo mientras esperábamos a Christian.
—¿Qué ha averiguado? —dije, ignorando sus preguntas tontas.
—Pues nada —respondió, encogiéndose de hombros—. Tal y como os dije, Freus está en una misión muy lejos de aquí. Acaban de confirmármelo. Como yo ya sabía, eso de la huella es un callejón sin salida, y no os va a llevar a ninguna parte.
—¿Está seguro? ¿Ha hablado con Freus en persona?
—Estoy totalmente seguro, como que me llamo inspector Artimorti.
Esperamos en silencio a Christian. Cuando regresó, el inspector ni siquiera le dejó sentarse. Se levantó pesadamente, haciendo rodar la butaca hacia atrás.
—Venga, venga —dijo con unas palmadas de apremio—. Nos vamos. Hora de volver al colegio , gusarapos de cola corta.
Me mordí la lengua para no contestarle.
Mientras caminábamos de vuelta al atrio de la comisaría, a la suficiente distancia de Artimorti, Christian se giró y me susurró al oído:
—¿Has averiguado algo?
No respondí. En su lugar, le mostré un papelito, bien escondido en uno de los compartimentos de mi cinturón de cuero, que contenía dos direcciones. Eran las de los dos agentes especiales, y tenía muchas ideas de cómo usarlas.