16
El coche del inspector se detuvo entre muchos otros en el patio interno de la comisaría, aunque ninguno era un Relámpago de Vapor como el de Artimorti.
La mayoría eran simples coches patrulla; artilugios con sirenas estacionados en fila, bastante comunes comparados con la máquina en la que acabábamos de viajar.
Al levantar la vista, me fijé en la estructura de la comisaría, reconvertida a partir una antigua fábrica con fachada de ladrillo. Se alzaba como una reliquia de otro tiempo, fría y funcional, en contraste con el bullicio y el lujo que abundaban en la ciudad.
Miré alrededor y noté que, de tanto admirar los coches, me había quedado atrás. Luna me hizo un gesto con la cabeza para que me apresurase.
Seguimos hasta una puerta coronada por un escudo de piedra de la policía. El inspector saludó al agente que estaba de guardia y este nos dejó pasar, saludando con la gorra.
Cruzamos un pasillo y llegamos hasta el vestíbulo principal: allí todo era de mármol claro, con detalles dorados que contrastaban con el exterior humilde de fábrica antigua.
Había un agente tras un escritorio semicircular, en el centro del vestíbulo.
—Hola, Francis —lo saludó el inspector—. Vienen conmigo.
—Artimorti, no sabía que hacías horas extra de canguro —le espetó su compañero con sorna—. ¿Tan mal te pagan?
—Graciosísimo —respondió el inspector con sarcasmo mientras abría la siguiente puerta con sus propias llaves. Entró y se giró hacia nosotros—: Cerrad después de entrar.
Obedecí sin cuestionarlo, siguiéndole por otro pasillo lleno de puertas de las que salían ecos de conversaciones y el incesante tecleo de máquinas de escribir.
El ambiente en aquella comisaría me pareció particularmente tenso, aunque era difícil saber si la causa era la llegada del inspector, o si era siempre así, en general.
A mitad del pasillo, Luna extendió la mano y me detuvo, dejando que Artimorti se alejara un poco.
—Christian, hay algo que no me gusta de Superbigotes —susurró.
—¿De quién? —pregunté confundido.
Luna señaló con la cabeza al policía, que había continuado su camino sin darse cuenta de nuestra parada.
Mi amiga dibujó con los dedos unos bigotes enroscados sobre sus mejillas, y casi se me escapó una carcajada cuando lo entendí.
Tenía razón en ambas cosas.
—Sí —contesté, y añadí en un susurro—: creo que nos quiere dejar fuera del caso y llevarse todo el mérito él solito. Estoy seguro.
Ella asintió con la cabeza, pero no tuvo tiempo de responderme porque el inspector, o, mejor dicho, Superbigotes , nos llamó desde una de las puertas.
—¿Qué hacéis ahí como dos pasmarotes? Venid a mi despacho ahora mismo —ordenó con mal genio—. Y ya está bien de cuchicheos.
Ambos guardamos silencio y entramos en la oficina, mientras él mantenía la puerta abierta.
—Sentaos ahí —señaló un par de sillas incómodas con un gesto de la mano, mientras él rodeaba su escritorio y se dejaba caer pesadamente en un ancho sillón de cuero verde.
Suspiró, se pasó la mano por el bigote y tosió con fuerza.
—Veamos… —Sacó la tarjeta que le había dado el vendedor de uniformes y la escudriñó—. Filipo Ulrich y… Vitho… ¿Freus? Menudos nombrecillos tienen…
Empujó su silla con pesadez hacia unos archivadores y fue pasando el dedo por las etiquetas de los cajones.
—Empecemos por Filipo Ulrich, letra U. Vamos a ver si lo encuentro...
Cuando halló la letra que buscaba, tiró con fuerza y sacó una caja, repleta de carpetas.
Intentó rascarse la cabeza, pero su gorra se lo impidió. Se la quitó, nervioso, y la dejó sobre la mesa. De ella se desprendió una nube de polvillo blanco que parecía caspa.
—A ver... Underwood, Urbanis… ¡Ajá! Aquí está.
El agente Ulrich, sí —afirmó con el ceño fruncido.
Sacó la carpeta, la apoyó sobre el escritorio y, mientras buscaba la página correcta, se enroscó el bigote compulsivamente—.
Lo tengo. Aquí está su ficha. Vaya, como ya sabíamos , el señor Ulrich murió hace unos meses, en un desgraciado accidente —anunció y se giró hacia nosotros—. ¿Satisfechos?
—¿Puedo ver su ficha? —preguntó Luna, adelantándoseme.
El inspector bufó.
—¿Acaso no me crees?
—Por supuesto que le creo, pero el señor Rosenberg nos ha enviado para investigar junto a usted. ¿Es tanta molestia compartir la información? —preguntó con desconfianza.
Superbigotes bufó de nuevo y nos miró con una expresión tan afilada que casi sentí como se clavaba en mi pecho.
—Por favor, inspector —dije, tratando de suavizar el ímpetu de Luna, y alargué la mano hacia su carpeta—. Si es usted tan amable…
Superbigotes nos evaluó con los ojos entrecerrados, sin cederme los papeles.
¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué no quería mostrárnoslos?
Finalmente, se giró y abrió la carpeta. Buscó la hoja en cuestión y la sacó. Con un manotazo, la estampó contra su escritorio como si intentara aplastar un insecto.
Me sobresalté por su reacción. ¿Qué mosca le había picado para tratarnos así?
Cuando apartó la mano, cogí el documento y lo sustuve de manera que Luna también pudiera leerlo. En él estaba impreso el certificado de defunción de Filipo Ulrich. La causa de la muerte era un accidente durante una misión especial, tal y como ya nos habían dicho en la tienda.
—Es obvio que no pudo ser él —dijo el inspector—. Falleció hace varios años.
—Entonces, si no fue este hombre, tuvo que ser el otro —dijo Luna—. El señor Freus. Es el único que queda vivo y usa esas botas, en ese mismo número.
Superbigotes gruñó y, de pronto, me asaltó una idea.
—Inspector Artimorti, ¿cómo es que tiene en su archivador la carpeta de este hombre en particular? —pregunté.
Nos miró con aire de superioridad, como si fuéramos dos niñatos a los que había que explicar todo.
—Tengo la información actualizada de todos los agentes especiales de esta ciudad —afirmó con orgullo.
Luna frunció el ceño, dejando claro que algo no le cuadraba, pero no dijo nada.
—Bien —continué—. ¿Y qué sabemos de Vitho Freus?
—Vamos a ver... —respondió Superbigotes, y nos arrebató el certificado de defunción para devolverlo al archivador—. Esto lo dejamos aquí, no se vaya a perder. Pasemos al otro sospechoso.
Repitió el proceso de búsqueda, deslizando su dedo por las etiquetas. De repente, chasqueó la lengua.
—Agente especial Vitho Freus ... —murmuró mientras revisaba las carpetas—.
Veamos... ¡Aquí está! —exclamó triunfalmente mientras pasaba rápidamente las páginas—.
Exagente del ejército, uno de los mejores en su campo.
Según el informe de la policía, está en misión encubierta prácticamente todo el tiempo.
Destinado aquí, allá... —leyó en diagonal—.
Vaya, ha recorrido medio mundo en operaciones secretas. Pero poco más puedo deciros.
—¿Cómo que “poco más”? —le espetó Luna—. ¿Dónde está ahora?
—Ah, sí... Se me olvidaba deciros que actualmente está asignado a una misión especial en el desierto de La Oruga Seca, en la lejana Oceanía.
Tras decir esto, cerró la carpeta y, antes de que pudiéramos reaccionar, la devolvió a su sitio.
—¿Y qué más? —pregunté, decepcionado.
—Y nada más. No pudo haber sido ninguno.
Filipo Ulrich está muerto y Vitho Freus se encuentra a miles de millas de aquí.
Como podéis ver, vuestra pista no lleva a ninguna parte, y es inservible, tal y como predije.
¿Puedo marcharme a cenar de una vez, o necesitáis que os cambie los pañales antes de irnos?
Sentí una rabia ardiente dentro de mí. No podía ser que hubiéramos llegado hasta allí para nada.
—Escúcheme, inspector Artimorti —insistí, señalando el archivador—. No podemos dejarlo así. Tenemos que seguir investigando. Sé lo que vi, y las evidencias del sabotaje estaban ahí. Tiene que haber una explicación.
—Pues siento no poder ayudarte, jovencito. Quizás debas regular mejor esas gafas.
—¡Maldita sea! —gritó Luna, perdiendo la paciencia. —. ¿Quién le dice que Vitho Freus no estaba de vacaciones aquí, en Barcinova, y fue él quien intentó asesinar al director? ¡Por su incompetencia, es posible que ahora esté ya en un dirigible de camino a otro continente!
El inspector tosió, ahogando las últimas palabras de Luna, y nos fulminó con la mirada.
—Mirad, si con eso me dejáis en paz, haré una llamada para confirmar que sigue en Oceanía —dijo Superbigotes con los ojos entrecerrados—. Pero será lo último que haga hoy. Luego os devolveré a la Academia, y me iré a cenar, que tengo hambre.
Superbigotes salió del despacho, de camino a la centralita donde se encontraban todos los teléfonos de la comisaría. Cerró la puerta con malas maneras. En cuanto desapareció, Luna me miró con una sonrisa astuta.
—Buen trabajo, Christian. Pero tengo una idea... Vigila la puerta mientras tanto.