Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 15
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Al principio, no comprendí del todo el impacto de la respuesta del vendedor. Sin embargo, el rostro de Luna se transformó rápidamente en una mueca de profunda preocupación, antes de que yo pudiera reaccionar.

—¿Cómo dice? —preguntó, llevándose las manos a la cabeza y perdiéndolas entre su maraña de cabello rizado.

—Sí, jovencita —confirmó el hombre, rociándolo todo con gotitas de saliva mientras hablaba—. Dos personas. —Alzó dos dedos al aire—. Una está a miles de millas de aquí, y la otra... bueno, la otra murió en un accidente, durante una misión. Trágico, terrible. Una gran pérdida.

—¡Eso no puede ser! —exclamó Luna, su voz llena de incredulidad—. Uno de ellos tuvo que estar en Eteria Park esta mañana. Si no, ¿cómo pudo dejar esa huella?

Cuando lo entendí me dieron ganas de darme una palmada en la frente.

A veces me preguntaba cómo Luna, tan rápida de mente y tan aficionada a la lectura, podía sacar tan malas notas en la Academia.

Durante los descansos, a menudo la veía sentada sola en el patio, con la cabeza metida en un libro, tan silenciosa y enigmática que pocos se atrevían a hablarle.

Algunos la llamaban “bicho raro”, aunque, irónicamente, todos en la Academia éramos, de alguna forma, unos “bichos raros” en el mundo de los Vulgares.

Pero Luna era la más rara de todos: la única sin poderes.

Aunque, pensándolo bien, eso de “sin poderes” era algo que ya no estaba tan claro, después de lo que mi padre había desvelado sobre Altea Parker.

—Tal vez esa huella llevaba ahí varios días —dijo el inspector, soltando un suspiro—. ¿Cómo sabemos que no es así?

—Imposible —dijo Luna, su voz firme—. Si Christian dice que fue esta mañana, tiene que ser cierto. Debemos seguir esa pista.

Sentí un agradable calor por dentro al verla defenderme con tanta convicción. Me gustaba que confiara en mí y en mis habilidades. La verdad, yo también confiaba en ella, quizás más que ella misma.

—Luna tiene razón —asentí—. Uno de esos dos tuvo que estar allí. Lo vi dejar esa huella, con mis Óculus.

—¿No tendrá los nombres de esos agentes? —le preguntó Luna al vendedor, con ojos esperanzados.

—Bueno, eso… —dudó, mirando al policía—. Eso es información confidencial, y no quisiera…

—¿Le va a negar la información al inspector Artimorti? —dijo Luna, con expresión escandalizada.

—No, no. —El hombre dio un paso atrás, con voz temblorosa—. ¡Jamás haría algo así! Yo… se lo apuntaré en una tarjeta. ¡Sí, eso haremos! Pero no puedo decirles nada más. Solo su nombre. De forma extraoficial, ¿sí?

Sonreí.

Al menos, teniendo sus nombres, habría un sitio por el que empezar a buscar. Quizás el agente destinado en el extranjero había regresado de vacaciones, o el fallecido era otro, y el tendero se había confundido.

El vendedor anotó dos nombres en una cartulina pautada, utilizando una pluma de tinta púrpura. Luego, se la tendió al inspector con un torpe movimiento de muñeca.

—Aquí están —dijo, con algo de reticencia—. Espero que les sirvan de ayuda.

—Gracias —respondió Artimorti, sin entusiasmo, paseando la mirada brevemente por los nombres escritos, pero sin dejar que los viéramos. Luego guardó la cartulina en un bolsillo interno de su chaqueta azul y añadió—: Veremos si podemos hacer algo con eso. Mañana será otro día.

—¿Mañana? —exclamamos Luna y yo al unísono, sorprendidos por la calma con que se tomaba la situación.

—¡Tenemos que ir hoy! —dije, incapaz de esperar tanto—. Mañana el criminal podría estar ya muy lejos de aquí. ¡Cuanto antes mejor!

El inspector soltó un gruñido tan bajo y grave que podría haber hecho temblar los cristales. Se levantó ligeramente la gorra y se pasó la mano por el cabello, pegajoso de sudor. Tras un largo suspiro, volvió a ajustarse la gorra sobre la cabeza, dejándosela torcida.

—Está bien, haremos un par de llamadas en la comisaría —murmuró, mirando hacia otro lado—. Pero ya os advierto que esto es un callejón sin salida. No nos va a llevar a nada y será una pérdida de tiempo. Llevo toda la tarde repitiéndolo.

—¡Genial! —dijo Luna, con una sonrisa irónica—. ¡Vámonos!

—Encantado de servirles, señor inspector —se despidió el tendero, bajando ligeramente la cabeza en señal de respeto—. Cualquier cosa, ya sabe dónde encontrarme. ¡Y recuerde que este mes tenemos los cinturones a mitad de precio!

Volví a guardar la huella de yeso en mi mochila y bajamos en fila por las empinadas escaleras de caracol, que crujían bajo nuestros pasos. Fuera, el callejón seguía tan oscuro como lo dejamos.

Nos dirigimos al lugar donde el inspector había estacionado su coche: un Relámpago de Vapor último modelo, alimentado con ladrillos de carbón supercompactado.

Lo había visto varias veces en revistas especializadas en vehículos de vapor, pero nunca había tenido la suerte de subir en uno hasta esta tarde.

Era una máquina impresionante, con una carrocería de latón pulido, y un novedoso sistema de escape que lanzaba pequeñas ráfagas de vapor cada vez que el motor rugía.

Si alguna vez salía por la ciudad con mi padre, viajábamos en globo-taxi, o incluso en el tren Subfluvial, como la mayoría de la gente. Pero nada se comparaba con ese tipo de vehículos rápidos y modernos.

Artimorti encendió el motor con una llave de hierro, y la máquina rugió con fuerza.

El sonido de la caldera tomando impulso se extendió por la calle, mientras las ruedas de hierro se ponían en marcha.

Era un coche hecho para impresionar, con neumáticos de goma gruesa capaces de resistir velocidades altísimas.

Ese no era un vehículo que se viera todos los días en las calles, sino un lujo reservado para pocos.

Sinceramente, me daba un poco de envidia.

Mi padre, como director de la Academia, podría haber tenido uno, pero se negaba a gastar tanto en sus desplazamientos.

Mientras avanzábamos, la ciudad desplegó ante nosotros el caos de tráfico característico de Barcinova: coches de vapor de todos los tamaños, desde los más pequeños, que zumbaban como abejas por las calles, hasta monstruos de metal que avanzaban con la pesadez de un arado.

También había tranvías, y carrozas tiradas por caballos, pero las verdaderas estrellas del tráfico eran las aeronaves que surcaban el cielo.

Dirigibles y pequeños aparatos flotaban a lo lejos, como luciérnagas en la noche.

Observé a Luna de reojo. Estaba pensativa, mirando por la ventanilla opuesta. Su rostro parecía perdido en una maraña de pensamientos imposibles de adivinar. Luna, a menudo, era un libro cerrado para los demás.

A través de la niebla que se formaba entre las chimeneas, vi una luz azul a lo lejos.

Poco a poco, esa luz fue tomando forma, y al acercarnos más, pude distinguir la silueta de la comisaría de policía.

En ese instante, sentí una oleada de energía, de esperanza.

Quizás allí, en el centro de la ciudad, encontraríamos por fin las respuestas que tanto buscaba: ¿Por qué alguien intentó matar a mi padre? ¿Y quién estaba detrás de todo esto?