Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 14
33%

14

Aterricé encima de Christian, en medio de una de las aceras más concurridas de Barcinova.

Algunas mujeres, con faldas amplias y corsés ajustados, se detuvieron un instante.

Sus botas altas brillaban bajo las farolas de gas y algunas llevaban gafas de aviador o sombrero.

Algunos hombres, con trajes de corte impecable y sombreros de copa alta, también se detuvieron.

Algunos llevaban chalecos o chaquetas metálicas que brillaban, marcando un contraste con el gris y la ciudad cada vez más oscura.

El bullicio se detuvo momentáneamente mientras todos curioseaban, aunque nadie preguntó si nos habíamos hecho daño: estaban ahí solo por el espectáculo, que, en plena avenida de Barcinova, era demasiado irresistible como para pasar de largo.

El hombre que casi había atropellado a Christian se estrelló contra un muro de ladrillos. Su casco le había salvado de una visita al hospital, pero su invento (un híbrido infernal entre monopatín y locomotora en miniatura) seguía soltando vapor como un hervidor poseído.

Christian me miró, todavía atrapado bajo mi peso.

Fueron unos instantes larguísimos, como cuando un profesor te pregunta algo y tú no tienes ni idea de la respuesta.

—Tienes el pelo de punta —comentó con una media sonrisa—, pero curiosamente, te queda bien de todos modos.

Pestañeé dos veces. ¿Eso era un cumplido o se estaba burlando de mí otra vez?

—¿Qué tal… “gracias, Luna, acabas de salvarme la vida”? —repliqué, incorporándome—. Por cierto, si no sabes qué regalarme para mi cumpleaños, me gustaría un cachorrito y un reloj de cadena.

Christian bufó.

—No sé qué prefiero, morir atropellado o que me salves tú.

—La próxima vez me lo pienso, Zanahoria.

Alguien carraspeó detrás de nosotros. Superbigotes dio una palmada en el aire, cortando el momento.

—Venga, acróbatas, que esto no es el circo. ¡A moverse!

Acto seguido, dio un paso hacia el inventor loco del patinete y, levantando el dedo, le gritó:

—Has tenido suerte esta vez, Horacio. Pero, como hagas daño a alguien con esa... cosa, te meto en prisión.

Al escuchar esas palabras del policía, el hombre se levantó del suelo, recogió rápidamente las piezas y se fue arrastrando su invento.

Nosotros ya estábamos en pie. Me sacudí un poco el polvo y observé la mochila de Christian.

—¡Espero que las Óculus Nova estén bien! —exclamé preocupada.

Christian negó con la cabeza.

—Tranquila, estas fundas son reforzadas. Podría pasar un tren por encima de la mochila y no les pasaría nada.

—Venga, vamos. Menos cháchara, que tengo hambre —insistió el policía.

Lo miré, subí una ceja y lo seguimos hasta una hermosa calle peatonal, llena de rótulos de colores que contrastaban con el cielo gris.

Dejamos atrás esa avenida tan vistosa, llena de gente elegante, y giramos por una calle transversal oscura y húmeda, donde ni siquiera el verano se atrevería a entrar. No se parecía en nada a la bulliciosa arteria peatonal, cuyos ruidos se iban diluyendo a medida que avanzábamos.

¿Dónde estaba esa dichosa tienda de botas?

Por un instante, sentí miedo y añoré mi buhardilla: ese lugar silencioso y controlado, en el que nadie podía molestarme si cerraba la puerta y corría el pestillo.

Pero las dudas duraron solo un instante.

Aquello era una aventura, y seguro que al final del camino nos esperaban muchas cosas emocionantes.

Superbigotes se detuvo en seco en el callejón oscuro, delante de una puerta de hierro forjado. Le costó abrirla: incluso para él era muy pesada.

Frente a nosotros apareció una tienda peculiar, con un aire antiguo y misterioso.

El suelo de madera crujió bajo nuestros pasos, cubierto aquí y allá por alfombras gruesas.

Las paredes estaban repletas de uniformes, cascos, zapatos y montones de accesorios raros, todos dispuestos sin orden aparente.

Arriba, un segundo piso asomaba con una barandilla de hierro, y el techo tenía un enorme rosetón de vidrieras de colores, que dejaba pasar la luz de las farolas.

En el centro colgaba una gran lámpara de araña, y bajo esta se encontraba el dependiente, apoyado en un mostrador de madera de ébano.

El hombre, al vernos, dejó lo que estaba haciendo y se adelantó a saludarnos. Iba vestido con una levita de color burdeos y pantalones grises a rayas, como muchos vendedores. Tenía la cara redondísima, y una expresión bonachona.

—Buenas tardes, inspector Artimorti —dijo con tanto respeto que solo le faltó hacer una reverencia.

—Ah, Olivio. ¿Todo en orden? —respondió Superbigotes mientras ojeaba los estantes.

—A punto de cerrar, inspector, pero por supuesto, su visita es siempre prioritaria.

—A veces la compañía indeseada retrasa la hora de llegada —gruñó, lanzando una mirada hacia nosotros dos.

—¡Sí, ya veo que va muy bien acompañado! —afirmó el otro, tan feliz—. ¡Qué bien! ¿En qué puedo servirle? ¿Necesita una corbata nueva?

Al hablar se le escapaban pequeñas gotitas de saliva, y me aparté un poco por precaución, y porque prefería bañarme con agua.

—No, ya tengo bastantes corbatas. —Superbigotes exhaló con hastío—. Veníamos a preguntarte por unas botas. Pero si no tienes tiempo, lo dejamos para otro día.

El dueño de la tienda alzó las cejas.

—Oh, no, en absoluto. Si puedo ayudarles, será un absoluto placer —contestó, con un ligero temblor en la voz—. ¿Qué clase de botas? ¿De caña alta para patrullar, o quizás algo más robusto, para ir de maniobras?

—Chaval, enséñale eso —ordenó el policía.

Christian dejó la mochila en el suelo, la abrió y sacó la huella de yeso que habían recogido en el parque de atracciones. Se la alargó al tendero, quien, al cogerla, se pasó una mano por la parte superior de la cabeza.

—¡Que se reviente la caldera central!

—¿Qué pasa? —preguntó Christian, sorprendido.

—¡No hay muchas como esas! Eso son unas Valquirias, sin duda.

Qué hermosura de suelas, ¿eh? De lo mejorcito que hay.

—Luego añadió, con voz triste—. Pero, lamentablemente, no me permiten venderlas sin una licencia especial.

Se hacen solo por encargo para ciertos agentes, y el Gobierno Central controla su distribución.

Solo los oficiales con autorización pueden obtenerlas.

Sin embargo, los pantalones del uniforme son de venta libre, si quieren…

son esos grises de ahí, muy cómodos y resistentes para todo tipo de inclemencias climáticas…

Señaló un uniforme gris expuesto en un maniquí. Debajo había una etiqueta que decía: «Uniforme de las fuerzas especiales. Precio a consultar».

—¡No, nada de pantalones! Solo necesitamos saber una cosa —dije, antes de que nos enseñara la tienda entera—. Si estas botas solo se venden con autorización, seguro que no será muy difícil descubrir a quién pertenece la huella. ¿Cree que podría hacerlo?

Olivio se detuvo, perplejo, se tomó un poco de tiempo y se rascó la cabeza. Luego miró a Superbigotes, y este hizo un gesto de resignación, dándole vía libre.

—A lo mejor puedo hacer algo… Seguidme —dijo y se dio la vuelta.

Christian y yo nos miramos. ¿Era posible que estuviéramos ya tan cerca de la respuesta?

Subimos una escalera en caracol, que nos llevó al pasillo de la parte superior.

El piso de arriba tenía forma ovalada y poseía un balcón que miraba hacia el mostrador, que se encontraba abajo.

Olivio fue hacia la parte más remota del altillo y rebuscó en un cajón bajo y ancho.

De él sacó unas botas relucientes, de cuero negro y suela de cobre.

—Mirad. Estas son las Valquiria, botas militares para misiones peligrosas. ¿No son estupendas? Soy el único que las vende en esta ciudad —dijo orgulloso, y se nos acercó, susurrando entre gotitas de saliva—. Tengo la exclusiva.

Sonreí. El hombre me resultaba gracioso, al menos cuando no regaba a su alrededor.

—Y, lo mejor de todo, es que las Valquirias del número... —dijo y se agachó de nuevo, agarró otra bota más grande y la apoyó suavemente encima de la huella, haciéndolas coincidir—. Del número 47, solo he vendido dos pares. Eran para dos agentes especiales de la policía de Barcinova.

¡Solo dos!

El cerco se cerraba drásticamente. A la hora de la cena, tendríamos el misterio resuelto, sin duda. Para ser nuestro primer caso, estaba resultando muy fácil.

—Y, si no me falla la memoria... —añadió Olivio, rascándose la barbilla, y sacó una libreta de un cajón. Volvió con ella, con el dedo sujetando una página manuscrita—. Parece que uno ha muerto y el otro está destinado en el extranjero.