13
Solía salir poco de la Academia y, cuando lo hacía, raramente era en coche.
Normalmente viajábamos en grupo, en grandes zepelines capaces de transportar a una clase entera.
Sin embargo, a pesar de mi poca experiencia con vehículos, pude adivinar que el vehículo del inspector era un modelo muy moderno, y probablemente bastante nuevo.
Christian, Superbigotes y yo salimos de Eteria Park y llegamos hasta la gran explanada de aparcamiento.
Allí nos esperaba un coche de tres ruedas: una en la parte frontal y dos detrás.
Tenía el morro largo y una chimenea en un lateral de la parte delantera.
También había una cabina acristalada, en la que se encontraba el volante y asientos para los pasajeros.
Sobre las puertas se leía el emblema del cuerpo de policía de Barcinova, grabado con letras doradas.
La parte trasera estaba reservada al maletero, en el que había ladrillos extraños, de diferentes colores: la mayoría eran negros, verdes y amarillos, aunque me pareció ver también alguno rojo y un par de bloques diminutos, de color morado.
Bajo el volante, como en la mayoría de vehículos, se encontraba la caldera.
—¡Sentaos y abrochaos los cinturones! —ordenó Artimorti—. Iremos a esa maldita tienda de botas, y a ver si me quito de encima de una vez este caso inútil.
Nos sentamos detrás del conductor, y Christian dejó su mochila a los pies.
Superbigotes abrió una pequeña compuerta en la caldera y metió unos ladrillos de color verde. Añadió también un par de esos más pequeños, los de color morado. Eran diminutos, tanto que cabían en la mano con facilidad. Luego cerró la compuerta y apretó un botón a un lado del volante.
La puerta de la caldera tenía una ventanita de cristal, y me asomé a ver qué estaba ocurriendo ahí dentro. Una llamarada creció, y los ladrillos comenzaron a arder.
—¿De qué están hechos esos ladrillos? —pregunté, pero el policía ni me escuchó.
Superbigotes se enroscó la punta del bigote en el dedo, como si estuviera concentradísimo.
Tenía muchas ganas de saber la respuesta, así que insistí.
—Señor inspector, le he hecho una pregunta.
Superbigotes resopló y puso los ojos en blanco, sin girarse a mirarme.
—¿Me vais a dar la lata todo el viaje?
—Solo me gustaría saber qué son esos ladrillos, y por qué vienen en tantos colores —insistí educadamente.
—Son ladrillos de carbón supercompactados —contestó con un suspiro impaciente.
—¿Y por qué son de colores?
El hombre miró la aguja de un manómetro antes de responder.
—Negro para ciudad, y para arrancar. Los de color verde son para la velocidad de crucero, cuando vamos por vías interurbanas. El amarillo para las persecuciones o para intervenciones urgentes, donde tenemos que acudir rápido. Se usan conjuntamente con las sirenas.
—¿Y los rojos? —pregunté, intrigada.
Agitó la mano en el aire, como si eso fuera irrelevante.
—Prácticamente no se usan. Son solo para casos extremos. Activan la súper-velocidad.
—¿Y por qué hay solo dos? —pregunté, cada vez más interesada en esa tecnología que no teníamos en la Academia.
—Porque la caldera no soportaría más de dos —dijo, tratando de espantarme y acabó la frase con voz tenebrosa—. Estallaría en mil pedazos. ¡Bum!
Pensé que habría sido muy interesante ver algo así, aunque, obviamente, desde una distancia prudencial. Pero no se lo dije, porque intuí que no le habría gustado saberlo.
Superbigotes miró otra vez la aguja y apretó un botón, que aumentó las llamas en el interior de la caldera.
—¿Y qué me dice de esos pequeños bloques de color morado? —continué, aunque su resoplido dejó claro que estaba empezando a hartarse de mis preguntas.
—Cuando la caldera lleva mucho tiempo apagada, necesita una ayuda para prender. Para eso sirven los bloques de color morado.
Asentí y me abstuve de preguntar más cosas. Había muchas que me interesaban, pero la manera de contestar de Superbigotes daba a entender que no le gustaba nada que lo molestase mientras conducía.
Después de accionar varias manivelas y palancas, comenzó a salir vapor por la chimenea que había a un lado del capó. Superbigotes giró el volante para salir del aparcamiento, y partimos hacia Barcinova.
Sonreí, ilusionada. No tenía muchas oportunidades de viajar en coche, y menos en uno así: ¡un coche super rápido de la policía! Christian me miró e intercambiamos una mirada: parecía contento también, y me guiñó un ojo sin decir nada.
El viento comenzó a azotarnos por las ventanillas abiertas, y me replegué un poco hacia atrás, escudándome tras la gran figura del inspector, que se había puesto unas gafas especiales para conducir.
La caldera hacía tanto ruido que descarté la idea de hablar con Christian y me resigné a mirar el paisaje por la ventanilla.
Entre casa y casa se veía la campiña del extrarradio de Barcinova, y entretanto mis pensamientos revoloteaban como las palomas sobre el tejado de la Academia.
En las últimas veinticuatro horas había vivido más cosas que en toda mi vida.
Pensé en mi madre, una figura borrosa en mi memoria.
Sabía tan poco de ella… Markus me adoptó cuando apenas tenía tres años, cuando mis padres murieron.
Al parecer, eran buenos amigos. Yo no recordaba nada de mi familia biológica, y solo conservaba el broche en forma de escarabajo de mi madre.
Nadie me había dicho que mi ella tuviera poderes, ni que fuera especial de algún modo.
Siempre había sabido que mi presencia en la Academia era solo un favor: Markus había intentado ayudar a sus amigos fallecidos, que le habían dejado a una niña huérfana y sin hogar.
Por eso me inscribió en su escuela, un lugar al que, aparte de mí, solo asistían niños y adolescentes con habilidades de videncia.
El inspector Artimorti presionó una palanca en el salpicadero, y el rugido del motor me devolvió al presente.
Habíamos dejado atrás los campos, y empezaban a aparecer las fábricas de la periferia. Desde las altísimas chimeneas, subían hacia el cielo vapor y columnas de humo negro. Sus formas me recordaron a un campo de setas gigantes.
Mientras viajábamos, el cielo se había vuelto gris y a la luz del sol le costaba atravesar la capa de humo que cubría la ciudad.
Al entrar en Barcinova, ya estaba oscureciendo. Entre eso y la contaminación, Superbigotes tuvo que encender los faros delanteros.
—No tardaremos en llegar —gritó el policía, por encima del estruendo del motor.
Alimentó la caldera con un ladrillo negro y se atusó el bigote. Recordé que los negros se usaban en ciudad, y sonreí, satisfecha por no haberlo olvidado.
En el horizonte, las luces de la Sagrada Fábrica y la Torre Agvapor sobresalían entre los tejados de los edificios.
Detuvo el vehículo en una calle ancha y concurrida. Por fin dejó de escucharse el motor, y suspiré con alivio. El policía se quitó las gafas redondas y las dejó apoyadas en la gorra azul.
—Hemos llegado —anunció y, al alargar el brazo, empujó la palanca de las puertas para que se abrieran—. ¡Venga, fuera de mi coche!
Bajé yo primero y, detrás de mí, Christian y el inspector.
Sentí los músculos agarrotados y el cuerpo sobrecalentado tras el viaje en coche de vapor. Aun así, había sido mucho más divertido que ir en la bodega de un zepelín, apretujada junto al equipaje y congelándome.
Me sacudí un poco el hollín de la ropa y estiré los brazos, disfrutando del aire fresco. Noté que Christian me observaba.
—¿Qué tal? —preguntó, con un tono que no supe interpretar. ¿Estaba nervioso? ¿O era cosa mía?
Fruncí el ceño. ¿Qué le pasaba a este?
Justo en ese momento, un hombre, ataviado con un casco con alas, apareció a toda velocidad por detrás de Christian.
Nunca había visto nada igual. Su vehículo, si es que esa cosa se podía llamar así, se tambaleaba de un lado a otro, fuera de control, y no parecía tener intención (o ser capaz) de frenar.
No me dio tiempo a avisar; agarré a Christian de la manga y lo aparté de un tirón. Caímos los dos al suelo, uno encima del otro sobre la acera.