Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 12
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Me quedé ahí, agachado en el césped frente a la huella que acababa de encontrar. Hasta yo estaba un poco asombrado: una cosa era ver ratones comiéndose las galletas de Cloterfin en un examen, y, otra muy distinta, pillar a un delincuente de verdad durante un trabajo real de campo.

—Está aquí, inspector —repetí, señalando el punto exacto del suelo.

Artimorti chasqueó la lengua y se acercó sin prisa, como si lo hiciera puramente por compromiso.

—Bah, esa huella puede ser de cualquiera, chico. Por aquí pasan los técnicos de mantenimiento y los jardineros todas las mañanas. Aparte de algún chiquillo que se escapa… o el tipo de la caseta de vigilancia.

—No, inspector —insistí sin ceder—. Es una huella del saboteador. Lo he visto con mis propios ojos. Estaba justo ahí.

Señalé el lugar de nuevo.

Artimorti se acercó y frunció el ceño, con la misma actitud escéptica que había demostrado hasta el momento. Pero antes de que pudiera dar otro paso, una voz lo detuvo.

—¡Inspector, quédese ahí! —gritó uno de sus subordinados—. No pise el césped, o podría contaminar las pruebas.

Artimorti resopló, dando a entender que todo aquello era un fastidio innecesario para él. Dio un paso atrás con desgana, dejando claro que le estábamos haciendo perder su precioso tiempo.

—¿Pero qué pruebas? ¡Esa marca podría ser cualquier cosa!

Luna me miró de reojo, y en su rostro pude leer que estaba pensando lo mismo que yo: este tipo era un incompetente, y tenía muy pocas ganas de trabajar.

El otro policía, que iba vestido con un mono de color blanco, se acercó con cautela.

—¿Qué dices que has visto, chico? —me preguntó con mucho más interés que el inspector.

—He visto al delincuente que intentó matar a mi padre.

—La voz me tembló al decir eso, pero continué—.

Estaba aquí al amanecer, antes de que el parque abriera.

Colocó un explosivo debajo de los vagones, enganchado al lateral de los raíles.

Tenía un mando a distancia. Después debió de esconderse en alguna parte.

Artimorti alzó una ceja, de repente más atento.

—¿Y se puede saber dónde se metió?

—Eso no lo sé; su rastro se pierde.

Artimorti resopló con suficiencia y se pasó la mano por los bigotes.

—Pues vaya testimonio más flojo.

Apreté la mandíbula, pero ignoré el comentario.

—Cuando subimos a la atracción, creo que usó el mando a distancia para mover el explosivo sobre los raíles. Lo puso justo debajo del vagón adecuado y lo hizo explotar desde su escondite.

—¡Eso tiene sentido! —exclamó Luna, emocionada—. Seguramente lo activó desde algún lugar lejos de aquí, para pasar desapercibido. Y por eso no se dio cuenta de que en el vagón solo estaba el sombrero de Markus, pero no él.

—En fin, conjeturas —dijo Artimorti, agitando la mano—. Gracias por el cuento. Si habéis terminado, podemos marcharnos y…

—Inspector —lo interrumpió uno de los tipos con mono blanco—. Creo que deberíamos tomar una muestra de esa huella. Por si acaso.

—Bah. ¿De verdad vamos a creernos esa historia cogida con pinzas? A no ser que…

De pronto, pareció ocurrírsele algo. Me miró de arriba abajo con renovado interés.

—A ver, chico, déjame esas gafas. Deja que compruebe si es cierto lo que acabas de decir, y entonces me lo creeré.

Abracé la funda de mis Óculus contra el pecho, en un gesto instintivo. Las Óculus eran personales, y no se prestaban a nadie. Un Vidente era responsable de sus gafas, incluso después de convertirse en un pobre Velado.

El inspector dio un paso adelante.

—Anda, dámelas. No seas tan sentimental. Si dices que has visto a un tipo hacer todo eso, yo también debería poder verlo. Será un momento, ¡vamos!

Eso, en el mundo de los videntes, era un sacrilegio. Un Vulgar sin conocimientos podía incluso averiarlas, si las usaba mal.

—Lo siento, no es posible —le dije, pensando en cómo habría reaccionado mi padre en una situación así: con calma, pero con firmeza.

Artimorti ni se inmutó. Extendió la mano, listo para quitármelas a la fuerza.

—¡Venga, dámelas de una vez!

¡Por todos los zepelines estrellados! ¿Quién había puesto a este descerebrado al mando?

—No se las pienso dar, Artimorti.

—¡Claro que sí!

Los dos policías de blanco, que habían dejado de trabajar para observarnos, se tensaron. Luna también. No, mucho más que eso: estaba lívida, rebosante de indignación.

Lo vi en sus ojos antes de que hablara.

Quizás mi padre habría resuelto el conflicto con calma, pero Luna… era Luna.

—¿Es que tiene tapones de cera en las orejas, o qué?

—exclamó Luna en tono cortante—. ¡No se las puede prestar!

Solo funcionan con su portador. Hay que entrenar, y se adecuan a las facultades de cada vidente.

Usted, ni tiene el Don, ni sabría cómo usar esos cristales —añadió, rabiosa, y se interpuso entre el inspector y yo.

Artimorti, que hasta entonces se había mostrado altivo, dio un paso atrás.

Los otros dos policías se miraron entre sí y asintieron lentamente.

Me giré hacia Luna, ocultando mi sonrisa a medias. Vaya con la Rizos… Qué mal genio tenía cuando quería.

—Está bien —dijo Artimorti con indiferencia fingida, e hizo un gesto despectivo con la mano—. De todos modos, no creo en esas paparruchas.

Se me escapó un leve suspiro de alivio.

Pero entonces, con la misma despreocupación forzada, Artimorti añadió:

—Bien, no importa. Veamos cómo de fiable es tu historia. Dime: ¿cómo es este “hombre misterioso” que dejó sus huellas por el césped?

Había algo raro en su tono, como si me estuviera tendiendo una trampa.

—La verdad es que no puedo decirle mucho, inspector —admití—. Solo sé que es una persona alta, como usted, o quizás un poco más.

—¿Como yo? —preguntó, poniéndose una mano a su altura.

—Sí, más o menos.

—¿Y qué más?

—Puede que un poco más… ancho que usted —afirmé.

En ese momento, el inspector pareció casi ofendido. Me pareció ver que metía la panza hacia dentro, aguantando el aire.

—¿Qué quieres decir?

—En fin, no estoy seguro —rectifiqué, porque mi intención no era insultarlo—. Es difícil saberlo, porque iba vestido de negro y estaba aún bastante oscuro a esa hora. Llevaba una capa ancha, o un abrigo con capucha.

—¿Y le viste la cara?

Negué lentamente con la cabeza.

—No —dije apesadumbrado—. No se le ve en ningún momento. La llevaba tapada.

—¿Cómo que llevaba la cara tapada? —me espetó el inspector, con las enormes cejas peludas fruncidas, casi cubriéndole los ojos.

—Pues… no sé. Llevaba una máscara, o un pañuelo.

—Es decir, que solo viste una sombra anónima —dijo Artimorti, satisfecho—. Una sombra encapuchada que podría haber sido de cualquier persona, hombre o mujer, joven o anciano…

—¡Un momento! —lo interrumpió Luna, y todas las miradas se volvieron hacia ella—. La persona encapuchada sabía que ahora estaríamos viéndole, y lo tenía todo planeado. Era alguien que sabía de la existencia de los Videntes, y conocía bien su funcionamiento.

¡Claro! El malhechor sabía que podríamos estar aquí, tras el suceso, intentando reconocerlo. Él sabía que alguien volvería allí, en busca de sus huellas y su dirección de huida. Y por eso se había tapado la cara con una capucha, y había ocultado su figura bajo esa gran capa.

—No era un Vulgar cualquiera —dijo Luna, haciendo eco de mis pensamientos—. Era alguien que conocía muy bien el funcionamiento de todo esto.

Asentí.

—Y tenemos su huella —insistí, y me giré hacia los policías del mono blanco—. ¿Decían que era posible analizarla y descubrir de quién es?

—Por supuesto, chico —respondió el policía de blanco—.

Nosotros somos de la Brigada de Investigación Empírica.

Nos encargamos de buscar pistas invisibles para los demás.

Huellas, fibras de ropa, rastros de aceite…

todo deja una historia, y nosotros sabemos leerla.

Podemos estrujar las huellas como esponjas y sacarles hasta la última gota de información.

Me gustó su respuesta y la seguridad con la que hablaba. Por primera vez desde que todo esto comenzó, un policía decía algo que tenía sentido. A lo mejor había esperanza trabajando con los adultos de Paneuropa, después de todo.

Le sonreí a Luna, y ella me devolvió la sonrisa. Ambos nos acercamos a los policías vestidos con monos blancos, mientras Artimorti permanecía detrás, callado.

El policía de la Brigada Empírica fue a buscar al resto de su equipo. Volvieron algunos más, montaron una mesa plegable sobre la gravilla y comenzaron a preparar su instrumental.

Uno de ellos sacó una pequeña lata metálica y la agitó antes de rociar un fino polvo translúcido sobre la huella.

—Fijador —explicó—. Para que no se deforme mientras tomamos el molde.

Otro colocó un anillo de metal alrededor de la marca en el suelo.

—Esto evitará que el yeso se expanda demasiado —añadió.

Luego, en un cuenco metálico, mezclaron yeso especial con agua hasta conseguir una consistencia líquida, pero no del todo. Con mucho cuidado, lo vertieron dentro de la huella, en un chorro fino.

—Ahora esperamos —dijo uno de ellos, revisando su reloj de bolsillo, colgado de una cadena dorada—. Tardará unos veinte minutos en endurecer.

Esperamos.

Artimorti, detrás, tamborileaba con los dedos sobre la funda de su pistola de dos cañones, con cara de querer irse a cenar cuanto antes.

Finalmente, cuando el yeso fraguó, uno de los policías empíricos deslizó con precisión una espátula bajo el molde y lo levantó con extremo cuidado.

—Aquí lo tenemos —dijo, sosteniéndolo con ambas manos—. El molde de la huella.

Era impresionante. Se veían todos los detalles: los surcos de la suela, la forma de los bordes, incluso una ligera marca en el centro, y un número.

—¡Qué maravilla! —exclamó Luna, inclinándose para observarlo mejor—. ¿Y ahora qué hacemos con esto?

Uno de los de la Brigada Empírica giró la pieza con delicadeza y señaló la parte de la suela.

—Mirad esto.

Todos nos acercamos.

—¿Veis esta marca en la puntera? Son botas especiales. Valquirias, diría, aunque el logo está un poco borroso. Solo algunos agentes las usan.

—¿Qué agentes? —pregunté.

—Agentes especiales. No son botas cualesquiera. No se venden al público.

Luna y yo nos miramos.

—Eso significa…

—Que tenemos una confirmación de que el saboteador pudo haber sido alguien de dentro de las fuerzas del orden —concluyó el policía de blanco.

Artimorti chasqueó la lengua.

—No se lee bien la marca.

El otro ignoró su comentario y midió la huella con una regla de metal.

—Talla… ¿cuarenta y siete? ¡Menudos pies tan enormes! Guarde la huella a buen recaudo, señor inspector. Podría serle muy útil —dijo tendiéndosela.

Artimorti la miró con la nariz fruncida.

—No llevo ninguna bolsa. Que alguien la deje en comisaría mañana.

Entonces, el de blanco se giró hacia mí y me la entregó.

—Gúardala en la mochila, chaval. —Luego se giró hacia el inspector—. Si se van ahora, todavía llegan a tiempo a la tienda. Con esos pies tan grandes, seguro que no será difícil encontrar al dueño.

Artimorti sacó su reloj de bolsillo y lo miró con fastidio.

—¿A estas horas? Yo termino a las seis.

—Ya, inspector —insistió el otro—. Pero sería bueno identificar a quién pertenecen estas botas, antes de que escape. ¡Deben llegar a la tienda antes de que cierren!

Luna y yo nos miramos de nuevo, emocionados.

El criminal había dejado su rastro. Y, ahora, solo faltaba seguirlo.