11
Christian y yo salimos del despacho, siguiendo a Artimorti. Yo seguía furiosa con aquel bigotudo, y caminaba levantando polvo adrede, para que le quedase bien claro.
Mientras tanto, Markus regresó con la señorita Pez Globo y el resto de alumnos. Debían embarcar en el zepelín y regresar a Barcinova para la hora de la cena. Le pidió a Artimorti que nos llevase de vuelta a la Academia cuando terminásemos con lo de las botas, y este accedió a regañadientes.
Para entonces, el parque de atracciones se había quedado vacío.
Parecía un lugar distinto, completamente abandonado y bastante tétrico.
Nada más salir vi bebidas tiradas por el suelo, un sombrerito de niña caído junto a una papelera y un suvenir de madera y hojalata aplastado sobre la gravilla, todos ellos arrollados por la multitud frenética que había tratado de escapar cuanto antes sin saber siquiera de qué.
Caminamos hacia el lugar donde había ocurrido el accidente, unos pasos por detrás del inspector Artimorti. El policía no paraba de refunfuñar, quejándose entre dientes porque tenía “cosas mucho más importantes que hacer” y, en general, porque le fastidiaba que lo acompañásemos.
—Voy a llegar tarde a la reunión del Ministerio —gruñó, girando en una bifurcación—. ¿Se han creído que soy una niñera?
Christian lo miró con mal genio, clavándole una mirada asesina en la espalda.
Yo pensé lo mismo. ¡Menudo idiota engreído!
¿Cómo se atrevía a despreciar así la importante labor de los Videntes ayudando a la policía?
Mientras estábamos en ese despacho había dicho cosas falsas y horribles sobre la Academia y el director.
Si hubiera podido, le habría explicado un par de cositas por las buenas o por las malas.
Pero el director me había pedido que no lo hiciera, así que me callé.
Y seguía callada, pateando el suelo con las botas como única vía de desfogue.
—Al menos… —me susurró Christian al oído—, ha salido una cosa buena de todo esto.
—¿Cuál? —pregunté extrañada, observando los rayos del sol vespertino, que brillaban sobre su pelo rojizo y desordenado: parecía que los mechones, apuntando en todas direcciones, ardían bajo la luz, de tan rojos que eran.
—¡Nos acaban de asignar nuestro primer caso, Luna! —exclamó, asegurándose de que Artimorti estaba lo suficientemente lejos para no oírnos—. ¿Te das cuenta? Seremos los primeros de nuestro curso en tener una misión de verdad. Aunque sea con ese boquerón en vinagre con bigotes.
—¡Ja! —respondí con una sonrisa—. Es verdad. Con todo el lío, ni siquiera me había parado a pensarlo.
Entre lo de mi premonición, el accidente, la preocupación por Markus y luego aquel esperpento de policía, ni siquiera había caído en eso.
Jamás habría imaginado que estaría allí, junto a Christian, participando en esa misión… vamos, ¡en ninguna misión!
Cloterfin se iba a caer sobre sus faldas almidonadas cuando se enterase.
Ella, que siempre decía que, con esas notas tan espantosas, yo no servía para nada más que para ayudar a Madame Tilde en la cocina.
Y algunas de las listillas de clase también; en especial esas que siempre se burlaban cuando yo no sabía las respuestas en las pruebas de videncia, y que solían coincidir con las pánfilas que babeaban detrás de Christian.
Porque, dicho sea de paso, Christian era bastante más popular que yo.
Al parecer, los pelirrojos de ojos claros con pecas asimétricas dispersadas por la nariz hacían furor entre las alumnas de Videntia.
Sus pecas habrían merecido un tema de estudio aparte, porque parecían rastros de canela, y habría jurado que no estaban siempre en el mismo sitio.
De pronto, me dio igual tener que lidiar con ese policía maleducado.
—¿Nerviosa? —me preguntó Christian.
Barajé las posibles respuestas, teniendo en cuenta que yo no tenía unas Óculus, a diferencia de a él.
Christian era un auténtico empollón, y fue el primero del curso en conseguir unas.
¿Pero yo? Sinceramente, no tenía ni idea de cómo iba ayudar en esa misión, ni qué pintaba ahí.
Si lo hubiera sabido habría prestado más atención en clase, pero ahora llegaba tarde.
Como no sabía qué responder, le devolví la pelota.
—¿Debería estarlo? Ni siquiera sé qué tengo que hacer.
Él sonrió con expresión pícara, y se subió un poco las lentes redondas de aviador, con montura de cuero, que usaba a modo de diadema.
—Tú solo quédate a mi lado y no te pasará nada —me dijo con tono de superioridad.
Arqueé una ceja y le dediqué una sonrisa irónica.
—Oh, qué alivio, Christian —contesté—. Y yo que pensaba que iba a tener que valerme de mi propia inteligencia y habilidades. Menos mal que tengo a un caballero protector para salvarme de todo peligro.
Le di una palmadita en el hombro con fingida gratitud y añadí con sorna:
—Si me desmayo, ¿prometes atraparme con tus fuertes brazos?
Christian resopló, dándose cuenta demasiado tarde de que acababa de ponerme en bandeja la excusa perfecta para chincharle.
Entretanto, llegamos hasta el lugar donde se había estrellado el vagón del submarino.
El inspector se detuvo. Otros policías estaban ya allí y habían acordonado la escena con cinta amarilla. Algunos llevaban monos blancos, con un logo que decía: «Brigada de Investigación Empírica».
—Bien, aquí estamos —dijo el inspector Artimorti con un suspiro de desidia—. ¿Y ahora qué se supone que hacéis?
—Ahora empieza el espectáculo —respondió Christian, muy seguro de sí mismo para ser su primera investigación—. Apártese un poco, inspector. Necesito un campo de visión más amplio.
Artimorti dio un paso atrás, a regañadientes.
Mientras tanto, Christian se quitó la mochila y de ella sacó una pequeña funda de cuero, no más grande que un libro.
Se acuclilló en el suelo y abrió la funda con cuidado.
De ella sacó las Óculus Nova que había recibido al terminar el quinto nivel de la academia.
El metal relució al sol. Las gafas eran redondas, de cobre, con pequeños engranajes y válvulas alrededor del marco.
Los cristales, de distintos colores, se giraban para ajustar la percepción temporal.
Christian se las puso con un gesto exageradamente profesional, apretando las correas detrás de la cabeza con un chasquido seco.
Luego se acercó al lugar donde el último vagón del submarino se había estrellado, caminando con solemnidad.
Una vez allí, giró los cristales y los engranajes varias veces.
Me pareció notar algo extraño, pero al principio no dije nada. Normalmente, el protocolo prohibía molestar a un vidente mientras trabajaba. Por eso, esperé exactamente diez segundos antes de meterme donde no me llamaban.
—¿Ves algo? —le susurré al oído, dándole un toquecito en el hombro.
Christian dio un respingo.
Artimorti nos observaba a una distancia de un par de pasos, con aire de suficiencia.
—¡Por todas las calderas, Luna! —gruñó, recolocándose las gafas—. ¿Quieres dejar de respirar sobre mi cogote? Estoy tratando de ver algo.
Christian giró de nuevo los engranajes, cambiando el cristal azul por uno verde.
—Ya, Christian, pero hay algo que…
—¡Shh! ¡Silencio! No se molesta a los Videntes.
Puse los ojos en blanco tan fuerte que casi vi mi vida pasar en retrospectiva. Sin gafas ni nada.
Mientras tanto, Artimorti parecía estar conteniendo la risa, con una mano sobre la oronda barriga y la otra sujetando la visera, para poder ver bien a Christian mientras hacía el ridículo.
Christian seguía intentándolo, pero estaba claro que algo no funcionaba.
—¿Y bien, señor Vidente? —dijo Artimorti con retintín—. ¿Ha resuelto ya este farragoso caso de los tornillos flojos que salieron volando?
Christian crispó los dedos en torno al marco de sus Óculus, cada vez más irritado.
—¡Rosenberg! —le dije, porque ya no podía más—. ¡Estás buscando en el sitio equivocado, cabeza de chorlito! Quítate esas gafas y escúchame de una vez.
Resoplando con dramatismo, Christian se quitó las Óculus y me miró con impaciencia.
—¿Qué? —gruñó.
Puse las manos en las caderas.
—A ver, Einstein. Ese es el lugar donde cayó el vagón —dije, señalando los restos esparcidos por el suelo y los policías que correteaban como hormigas enloquecidas—. Pero dime, ¿dónde empieza el recorrido de la atracción?
—¿Eh?
—Que si el asesino manipuló los vagones, no lo hizo aquí, en el sitio donde la cápsula se estrelló.
Lo hizo cuando la atracción estaba parada.
Es decir, toda esta panda de genios… —Señalé a los policías—.
Incluido tú, deberíais estar buscando allí .
—Dirigí la mirada hacia el submarino en la distancia—. Ahí es donde hay que mirar.
Christian abrió la boca. Luego la cerró. Luego la abrió otra vez, demasiado orgulloso para admitir su error.
—Claro, Rizos, ya lo sabía —soltó con tono digno—. Solo estaba probando las Óculus para asegurarme de que funcionaban.
—Claro, claro —respondí con un bufido, dándole una palmada en el cogote—. Anda. Vamos hacia allí. Parece mentira que ninguno de estos policías se haya parado a pensarlo… Menuda cuadrilla de inútiles.
Artimorti carraspeó.
—Sigo aquí, jovencita. La estoy oyendo.
—Pues está usted ayudando mucho también, señor inspector —le solté con mal genio.
Comenzamos a caminar hacia la zona de acceso al Submarino Volador, y Artimorti nos siguió, aunque su sonrisita arrogante se había esfumado. Ahora tenía muy mala cara, como si le hubiera entrado un terrible y repentino dolor de estómago.
Llegamos junto a la caseta del controlador de la atracción.
Saltamos las barreras de acceso, que estaban cerradas.
No había nadie allí, y los vagones del submarino descansaban sobre los raíles; todos a excepción del último, en cuyo lugar había solo dos barras de hierro torcidas.
A un lado, donde estábamos nosotros, se encontraba la zona por donde los visitantes accedían a los vagones.
Al otro lado había una zona no transitable; unos cuantos pies de gravilla y más allá césped y arbustos, hasta llegar a la cerca del parque.
—Probemos aquí —le dije a Christian, y él asintió.
Volvió a ajustarse las Óculus y las giró un poco, buscando el momento correcto.
De repente, los engranajes de la parte externa de las lentes comenzaron a moverse a gran velocidad, como un reloj enloquecido.
Primero en sentido antihorario, luego en sentido horario.
Los cristales de colores comenzaron a intercambiarse.
Primero el verde, luego el rojo, seguido por el azul y el blanco, hasta que Christian los hizo detenerse en las lentes azules.
Yo había probado una vez las lentes de Christian, pero no había visto absolutamente nada. Cada par estaba vinculado a un único usuario, y hacía falta experiencia y concentración para ver algo más que imágenes borrosas e inconexas.
Sin embargo, Christian parecía estar viendo algo, a juzgar por su lenguaje corporal.
Se acercó a los raíles de la montaña rusa y, con un movimiento rapidísimo, miró hacia ellos, como si un submarino hubiera pasado justo en ese momento.
Obviamente, yo no vi nada. Pero Christian estaba viendo el pasado.
Dio un par de pasos, giró la cabeza a un lado y a otro, y luego saltó al otro lado de los vagones, hacia la zona por la que nunca pasaban los visitantes del parque, detrás de la montaña rusa.
Christian se acercó al césped. Estaba algo reseco, pero en las zonas en sombra todavía había algo de barro por el riego matutino.
Luego se agachó.
Artimorti y yo lo observábamos, intrigados.
Finalmente, Christian se quitó las gafas con cuidado, y alzó la vista hacia nosotros.
—Aquí —dijo con tono grave.
Artimorti frunció el ceño y sacudió una mano para quitarle importancia.
Justo en ese momento llegaron dos de sus subordinados, husmeando con curiosidad.
—Lo he visto —anunció Christian—. He visto al saboteador. Y también he visto la marca que ha dejado. Venga aquí, inspector. Se la enseñaré.