10
Cuando el oficial dijo aquello, acusando al director de ser un exagerado, o, peor, un mentiroso, sentí una presión insoportable en el pecho.
Por desgracia, yo no tenía la capacidad de autocontrol de Markus y Christian. Una vez echabas demasiado carbón en la caldera, el peligro de explosión era inminente.
—¿Cómo se atreve a faltarle así al respeto al señor Rosenberg, director de la Academia de Videntes más prestigiosa de la nación? —grité con tanta fuerza que todos se callaron y me miraron a la vez—. ¡Debería darle vergüenza!
Di un paso hacia adelante y me puse al lado del director.
El policía no se inmutó. Es más: ni siquiera se dignó a mirarme. Y eso me enfureció aún más.
—¡El director acaba de decirle que su vida está en peligro! —exclamé de nuevo—. ¿De verdad es eso lo único para lo que sirven los…?
Markus me cogió por los hombros con suavidad y me apartó de la conversación, pero ahora, toda la atención de Superbigotes había recaído sobre mí.
—¿Y esta quién es?
—Es una alumna —se adelantó el director, mirándome de reojo.
El policía puso los ojos en blanco, con un gesto autoritario.
—Otra charlatana menor de edad.
Abrí la boca para soltarle algún improperio más, pero Markus me detuvo.
—Silencio, Luna. Solo empeoras la situación.
Exhalé fuerte y acepté que no debía hablar más por el momento, por mucho que mil palabras hirientes me quemasen en la punta de la lengua.
—Sea como sea, inspector Artimorti, me alegra que haya venido —dijo el director—. Es una gran fortuna que estuviera cerca y llegase tan rápido. Qué grata coincidencia.
El policía hizo un gesto con las cejas, quizás involuntario, como si algo le molestara y no pudiera controlarlo.
—Creo que va a ser un caso muy simple —dictaminó—. No hay víctimas, ni siquiera heridos. Solo un cacharro roto por falta de mantenimiento. Haremos un informe y listo. Que busquen los tornillos los chatarreros, eso no es cosa nuestra.
—Pero, Artimorti —insistió Markus—. ¡Podría haber muerto gente inocente!
—Eso es porque se empeñan en subirse a esas atracciones absurdas —refunfuñó Artimorti—. Podrían estar cavando zanjas para carreteras, o cortando leña para construir vigas. Sería un uso mucho más útil y sensato de su tiempo.
—Cierto, Artimorti —asintió Markus con un suspiro paciente—. Pero eso no viene al caso. Nuestro problema es que pudo haber ocurrido un intento de asesinato. Su trabajo es investigarlo.
Superbigotes bufó.
—Eso será decisión de…
—Es más —lo interrumpió Markus sin hacerle caso. Levantó una mano y señaló a Christian—. Debería trabajar junto a mi hijo. Será el candidato ideal para el caso, porque además es un testigo.
Superbigotes abrió los ojos de par en par, dejando claro que antes comería sapos crudos.
—No, de eso nada. Primero deberíamos… —dijo.
Markus cogió a su hijo y lo empujó un poco al frente.
—Christian es un vidente. Tiene la suficiente capacidad y entrenamiento. Acaba de terminar el quinto nivel y ha obtenido la insignia de Vidente Novicio con honores, como puede ver.
Señaló con tono orgulloso la insignia brillante sobre el chaleco de Christian.
El inspector suspiró, rindiéndose, y alzó las manos hacia el techo.
—¡Qué sandeces! —exclamó.
—En absoluto, creo que es muy importante hacer una inspección a fondo —replicó el director—. Si usted no desea ir, enviaré a un grupo de alumnos a investigar solos.
El policía miró al director como si estuviera loco.
—¿Y dejar que contaminen la escena del accidente? —gruñó—. ¡Por supuesto que no! Que venga solo uno, si es preciso, y que sea cuanto antes. No tengo ganas de perder toda la tarde cuidando de un mocoso. Venga, chaval, vámonos —dijo, dirigiéndose a Christian.
—Un momento, por favor, Artimorti —lo detuvo Markus—. Hay una cosa más.
La expresión del policía ante esas palabras fue clara: concederle una “cosa más” no le gustaba para nada.
—Ella irá también —dictaminó Markus, con una sonrisa amplia, y me señaló a mí.
—¿Cómo? —respondió el policía, cruzándose de brazos.
—Esta estudiante os será de gran ayuda.
—Perdone, Rosenberg, pero el artículo cuarenta y cinco, barra “C” del manual de la policía dice que en los casos más difíciles se podrá solicitar la intervención de un vidente, pero en ningún caso dos.
Así que, ¿por qué tengo que llevar a rastras también a esa niñata?
—replicó, con las cejas levantadas—. Ya hago bastante llevándome a uno, cuando este caso es de lo más sencillo que hay.
—Verá, Artimorti… —respondió el director—.
En el artículo cuarenta y cinco, barra “C”, anexo tres, del manual de la policía se establece que, si se presenta la posibilidad de contar con un vidente de pasado —dijo, señalando a Christian—, y uno de futuro —me señaló a mí—, entonces será admisible la presencia de ambos —respondió Markus con tono satisfecho.
—¿Vidente de futuro? —repitió sin entender—. Jamás he oído hablar de eso. ¿Se lo ha inventado?
—Si consulta el manual, tal y como le he indicado, encontrará el artículo en que se menciona. Y, sin duda, existe.
El inspector parpadeó dos veces y movió la ceja, como antes.
—¿Y se puede saber por qué conoce tan bien nuestro manual, si no es mucho preguntar?
Markus lo miró sonriendo, casi como si hubiera deseado que le hiciera esa pregunta.
—Pues, mi querido Artimorti… —respondió sin quitarse la sonrisa—, … porque los apartados de la policía sobre los videntes los escribí yo mismo.