09
El reloj del despacho resonó con cuatro campanadas graves, marcando la hora con una contundencia que hizo temblar las paredes. Los tres nos quedamos en silencio, dejando que el eco de las campanas se desvaneciera antes de que alguien dijera algo.
Christian miraba a su padre con una cara de incredulidad tan épica que me recordó a un atún boqueando en busca de aire. Aunque el pensamiento no me duró mucho. Seguramente, yo tenía una cara todavía peor, después de esa avalancha de información inesperada.
—Entonces… —dije, mientras contaba con los dedos y analizaba todo lo ocurrido—, si bien entiendo, mi predicción podría ser cierta y alguien intentó matarle. No fue un accidente.
—Así es —respondió el director—. Estoy prácticamente seguro.
—Pero no hay pruebas —apunté, sin comprender.
—Cierto. Aún no —dijo Markus, sonando muy tranquilo para alguien que, de no haber sido por mi pesadilla, ahora estaría hecho puré entre los trocitos del submarino—.
No sabemos al ciento por ciento si fue un intento de asesinato, pero no hay duda de que tu don me salvó.
Para comprobar si tu premonición era acertada, dejé mi sombrero dentro del vagón, de modo que se viese bien desde abajo.
—Tiene sentido —asentí—. El criminal vio el sombrero y pensó que usted estaba dentro. Y entonces desenganchó el vagón, y… —murmuré, pero fui interrumpida por Christian, que parecía mucho menos calmado que su padre.
—¿Qué clase de loco querría hacerte daño a ti, padre? —gritó, levantándose de golpe y dando un manotazo sobre la mesa—. Eres el mejor director que ha tenido la Academia, y todos los alumnos están de acuerdo. ¡Maldito insensato! ¡Si lo pillo, lo lanzo a una caldera de carbón con mis propias manos!
En su mirada había una rabia inusitada y sus ojos verdes se habían oscurecido de la rabia. Era muy poco propio de él reaccionar así, aunque lo entendí perfectamente.
—Tranquilo, Christian, hijo. No hará falta que tires a nadie a ninguna caldera —respondió Markus mientras le pasaba el brazo por encima del hombro y lo atraía hacia él.
Lo abrazó con cariño, cerrando los ojos mientras se le torcían las gafas.
Aparté la mirada y di un paso atrás. A mí nadie me abrazaba así, y, aunque me alegraba por mi amigo, la escena me recordaba todo lo que nunca tendría.
—Se me ocurren formas mejores de las que podrías ayudar, Christian —dijo Markus, soltando a su hijo—. Tú y Luna, en realidad.
—¿Yo? —repetí por si lo había oído mal.
¿Yo, que ni siquiera tenía la insignia de iniciada? ¿Yo, la única de mi curso que no tenía unas Óculus?
—Sí, tú —respondió Markus—. Todavía no sé exactamente cómo, pero creo que podrás ayudarnos mucho.
Me encogí de hombros y asentí. Nunca me molestó la aventura; llevaba años caminando por el borde del tejado, uno de los pocos lugares donde no me encontraban los abusones.
Haría lo que hiciera falta; confiaba en el director.
En ese momento, se escucharon unos golpes al otro lado de la regia puerta del despacho.
—Adelante —dijo Markus.
La pesada puerta se abrió y apareció un empleado del Eteria Park.
—¿Señor Rosenberg? Un caballero desea verle —dijo el hombre con aire respetuoso.
—Que pase —respondió Markus mientras consultaba su reloj, oculto en un pequeño bolsillo del chaleco.
Un hombre grande, con una barriga de dimensiones respetables, entró en el despacho. En cuanto sus pesadas botas marciales pisaron el suelo de madera, el ambiente cambió por completo.
Solo necesité un milisegundo para saber que ese tipo no me gustaba ni una pizca.
Llevaba una chaqueta azul con botones dorados y dos tiras cruzadas sobre el pecho, que indicaba un rango de oficial en las fuerzas del orden.
La chaqueta de cuello alto iba ceñida con un cinturón de cuero, que dadas sus proporciones servía solamente para colgar la funda de una pistola de dos cañones, pero no para sujetar sus pantalones medio caídos, más de un lado que del otro.
Pero no era la chaqueta de oficial lo que más llamaba la atención en este hombre, ni su gorra azul con el emblema del Ministerio de Defensa.
No: lo más extraño eran sus bigotes tupidos, negrísimos y enormes, con las puntas rizadas hacia arriba y cubriendo gran parte de sus mejillas.
¡Eso eran unos superbigotes en toda regla!
Eran tan grandes que prácticamente se unían a sus largas patillas. Era difícil decidir si los bigotes eran una continuación de las patillas o las patillas una continuación de los bigotes, o si el tipo era simplemente un bigote con patas y pistola.
Superbigotes golpeó los talones contra el suelo como un caballo, y saludó llevando la mano a la visera.
—Inspector Artimorti —dijo con voz cortante, que sonó como un pestillo metálico al cerrarse.
El director le sonrió con educación.
—Bienvenido, señor inspector —saludó Markus.
Luego avanzó con una calma que contradecía la presencia dura del inspector y extendió la mano. Aunque el inspector no mostró ni una pizca de emoción, sus bigotes se torcieron un poco antes de estrecharle la mano con firmeza.
—¡Director Rosenberg! —respondió Artimorti, golpeando los talones contra el suelo otra vez.
Fruncí el ceño, divertida por su comportamiento. ¿Qué era esa manía de hacer ruido con los tacones todo el rato? Me aguanté la risa y miré a Christian. Él me devolvió una mirada cómplice, y luego se pasó la mano por la cara, como si estuviera alisando un par de bigotes invisibles.
—¿Cómo va todo en comisaría? —preguntó Markus, mostrándose sorprendentemente amable.
—No tan bien como en su “colegio”, señor Rosenberg —respondió Artimorti, casi sin cambiar de tono.
“Colegio”, pensé, conteniendo un bufido.
—Aquí hacemos el trabajo sucio, metemos los pies en el barro, nos arremangamos para hacer lo que otros no saben —continuó el inspector—. ¿Y usted, qué tal en su... noble misión educativa?
El director asintió sin quitarse la sonrisa.
—Oh, bien, bien —respondió con modestia—.
Jamás equipararía el trabajo de la policía a un lugar lleno de adolescentes medio salvajes, como el mío.
Lo nuestro es un caminito de rosas, pero sin las espinas.
Todo va viento en popa... nos dedicamos a hacer pompas de jabón y a bordar pañuelos, y a veces hablamos del pasado, para no aburrirnos.
—Me alegra saberlo, Rosenberg —replicó Artimorti, y me dio la impresión de que no había captado el sarcasmo del director—. Es reconfortante que, al menos alguien en esta ciudad, pueda descansar tranquilo, al margen de la criminalidad y la ignominia.
Se inclinó un poco hacia adelante, como si estuviera por contar un secreto.
—Si le soy sincero, siempre he tenido mis dudas sobre esos poderes que supuestamente tienen algunos críos de su colegio. ¡Menudas paparruchas! Prefiero confiar en mis propios sentidos. Uno sabe lo que ve, pero... ¿cómo fiarse de las palabras de un escolar descerebrado?
Noté que Christian estaba cada vez más alterado. Casi le salía humo por las orejas, aunque, al igual que su padre, tenía una gran capacidad para contenerse.
Markus miró al oficial con calma, como si ya hubiera esperado esa reacción.
—En realidad, Inspector, somos una academia, no un “colegio” —le corrigió, con un leve toque de irritación en la voz.
—Lo que sea —replicó Artimorti, sin molestarse siquiera en mirarlo—. La mitad de esos “poderes” se los inventan para conseguir una vida fácil a costa de los contribuyentes honrados. Y si no, que lo demuestren.
Artimorti hizo un gesto de desdén y se acercó un paso más al director.
—Vaya, siento mucho que tenga esa opinión —comentó Markus, muy poco afectado por el desprecio del otro—. Me pregunto, entonces, ¿por qué ha venido a hablar conmigo, inspector?
El inspector lo miró fijamente durante un par de segundos antes de responder, casi como si lo estuviera evaluando.
—El director del parque nos llamó, y alguien tenía que pasarse a echar un vistazo —respondió, con un tono de superioridad, y de repente sus ojos se detuvieron en mí, como si me estuviera examinando con más detalle.
El aire se volvió denso y un escalofrío recorrió mi columna. En ese breve cruce de miradas, sentí como si me hubiera sumergido en un río de agua helada.
—Ya sabe, por lo del vagón descarrilado —añadió, apartando la vista de mí.
—Pues ha hecho bien en venir —dijo Markus con voz firme—. Porque han intentado matarme.
El rostro de Artimorti se transformó en una extraña mueca de sorpresa y, por un momento, su rígida postura pareció quebrarse.
—¿Qué? —exclamó, casi con un toque de incredulidad—. Eso es... imposible. —dijo, y luego miró de nuevo a Rosenberg, como si todo fuera una broma pesada—. Supongo que estará exagerando, Rosenberg, porque yo lo veo aquí, y está vivo y coleando.