08
Mi alivio fue monumental al ver a mi padre y comprobar que estaba bien. Lo encontré junto a Luna, lo cual me alegró todavía más.
—Venid los dos —dijo mi padre, señalando un edificio de oficinas en el centro del parque.
Le pidió a Cloterfin que reuniera a todos los alumnos en el punto de encuentro acordado y echó a caminar. Mientras lo seguíamos, me giré hacia Luna, hablando en un susurro para que mi padre no nos oyese.
—¿Qué has hecho esta vez, Rizos? —pregunté, buscando romper la tensión, aliviado de ver que todos estaban bien.
Ella solo puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza. Claramente no estaba de humor para bromas.
Mi padre, al escuchar el murmullo, levantó el dedo para que guardásemos silencio.
—Nada de cuchicheos, por favor —ordenó, con tono severo—. Os lo explicaré todo en cuanto estemos en un lugar seguro.
Llegamos al edificio de oficinas, donde un hombre esperaba en la entrada. Al ver a mi padre, su rostro se iluminó.
—Markus, viejo amigo —lo saludó, dándole una palmada en la espalda—. Vaya día de calamidades…
—Y que lo digas, Creonte. ¿Nos prestarías un momento tu despacho? —preguntó mi padre, mirando a Luna, que parecía absorta en las puntas de sus botas—. Necesito hablar con estos muchachos a solas, lejos de toda la algarabía.
Creonte asintió, y su mirada cambió, como si sintiera el peso de la situación.
—Por supuesto —dijo con seriedad—. Seguidme.
Nos condujo a una habitación elegante, con un gran reloj de péndulo que marcaba las horas y ventanales que dejaban entrar la luz brillante de la tarde.
—¿Estaréis cómodos aquí? —preguntó Creonte, mirando a mi padre, pero también a nosotros, con una leve preocupación en su rostro.
—Será perfecto —respondió él, sonriendo levemente, aunque con una tristeza oculta en la mirada—. Mucho mejor que cuando hacíamos trabajos de campo, ¿verdad? Corriendo con las Óculus junto a la policía…
—¡Ah, y corriendo también tras las damas, si mal no recuerdo! —añadió Creonte, con una sonrisa astuta, mientras guiñaba un ojo a Luna.
Ella le devolvió una expresión tan fulminante que podría haberlo asesinado con la mirada.
—Creonte, por favor… —intervino mi padre, lanzándonos una mirada rápida a Luna y a mí.
—Por supuesto —repuso el hombre con rapidez, y me miró—. Tu señor padre no hacía tales cosas. En absoluto.
El comentario tenía un toque de nostalgia, pero no había rastro de broma en su tono.
—En fin, tiempos felices —dijo Creonte, mirando a mi padre con seriedad—. Ojalá el Don durase para siempre.
La conversación se había vuelto más grave. Ambos sabían que nada de eso volvería.
—Cierto, Creonte. Pero ahora tenemos otras responsabilidades.
Mi padre asintió, con un leve suspiro.
—Por cierto, ¿alguna novedad en el área educativa? —preguntó Creonte—. Escuché en el club de tenis que el Ministerio de Educación estaba desarrollando unos artilugios que cambiarían vuestra profesión. Algo que podría grabar las visiones de vuestros chicos… ¿sabes algo de eso?
Mi padre se encogió de hombros, con cierta indiferencia.
—No sé qué decirte, amigo mío. La gente habla mucho sin saber.
—¿Entonces no sabes nada? El Caleidoscopio…
¿temporal? ¿Témpico? —Creonte frunció el ceño y su rostro se oscureció por un instante, pero rápidamente se recompuso—.
En fin, qué sabré yo. Estoy bien aquí, con mis atracciones y mis visitantes fieles.
Y espero seguir así… que se demuestre que esta catástrofe no se debió a un mal mantenimiento del parque.
Porque te aseguro que en Eteria Park hacemos un trabajo impecable cada día. Esto no ha podido ser culpa nuestra.
—Te creo, amigo, y haremos lo que podamos por apoyaros. Sé bien que eres muy meticuloso.
—Gracias, Markus. Os dejo, que tengo que encargarme de esta algarabía. Quedo a la espera de noticias.
El director de Eteria Park dio un paso atrás y se retiró, dejando entrever que su tono jovial ocultaba una nostalgia amarga por los días pasados y perdidos.
De su conversación, adiviné que debía de ser un Velado: un antiguo vidente que, como era común, había perdido sus poderes con el tiempo.
Les sucedía a todos, más tarde o más temprano.
Ayudaban a la policía durante un tiempo, aprovechando sus dotes de ver el pasado para resolver casos difíciles.
Pero, poco a poco, con los años y con el uso, el Don se debilitaba, hasta que se desvanecía para siempre.
Era algo que todos los estudiantes de la Academia temíamos, pero que no se podía evitar.
Aunque a los Velados se los trataba con respeto y honores, muchos eran incapaces de seguir con sus vidas una vez perdido el talento que los hacía especiales; el de poder ver instantáneas del pasado con los instrumentos adecuados.
—Acomodaos, por favor —dijo mi padre, sacándome de mis pensamientos.
Me senté en una butaca junto al gran escritorio, y Luna se quedó al borde de un sofá de cuero, junto a la ventana: era uno de esos divanes marrones, con botones redondos que sujetaban el relleno y aspecto de estar a punto de reventar en cualquier momento.
—¿Qué está pasando? —pregunté, cruzándome de brazos—. ¿Por qué nos has traído aquí, Padre?
—Veamos… —dijo él, paseándose por el despacho con aire nervioso—. No sé ni por dónde empezar.
Tenía las manos sujetas tras la espalda. Yo solo podía ver la parte trasera de su cabeza y su larga levita de terciopelo. Me extrañó verlo así: mi padre, el hombre que siempre tenía todas las respuestas, parecía no saber cómo contestar a esta pregunta tan simple.
—Tu madre... —dijo Markus, dirigiéndose a Luna—. No, mejor empecemos con lo de hoy. O mejor con el día del suceso. No. Mejor desde... —Padre deliberaba en voz alta, sin mirar a ninguno de los dos.
Un enorme ventanal iba desde el suelo hasta el techo, con una curvatura que abrazaba parte del techo. Desde allí se veía todo el parque de atracciones, que comenzaba a vaciarse. Los ríos de gente habían disminuido ya, al igual que la algarabía.
—He esperado mucho tiempo, y ahora que ha llegado el momento, no sé cómo abordarlo —dijo mi padre con una media sonrisa.
—¿Esperado a qué, Markus? —preguntó Luna, con los ojos entrecerrados y enmarcados por su característica maraña de rizos negros.
—A tener una confirmación.
Luna me miró, buscando respuestas, pero yo solo me encogí de hombros. No tenía ni idea de qué iba todo eso.
—¿Una confirmación… de qué? —preguntó ella.
Mi padre se detuvo y la miró fijamente a los ojos.
—Voy a intentar ir directo al grano. Ya sabes, como en el dentista: cuanto más rápido saques la muela, mejor. —La escrutó tras sus gafas redondas, y luego continuó—: Creo que posees el mismo poder que tenía tu madre.
Luna y yo nos miramos, sin entender.
—¿Cómo? —dijimos al unísono.
Luna era mi mejor amiga, pero una cosa estaba clara: de todos los alumnos de Videntia, era la que menos poderes tenía.
Sus padres, Altea y Constantin, fueron amigos de los míos.
Fallecieron en el mismo año en que mi madre se mudó a Nova Amazonia, y Luna vino a vivir con nosotros: ella no tenía a nadie más, y la única manera de poder cuidarla era inscribirla en la Academia.
Seguramente, mi padre tuvo que falsificar algún que otro documento para que pudiese entrar en la escuela sin tener el Don, pero era un secreto a voces que Luna era una Vulgar.
La influencia de mi padre era el único motivo por el que asistía a clase conmigo, aunque era incapaz de ver ni el más mínimo atisbo del pasado.
—Tu madre, Altea, tenía el poder de ver el futuro —explicó mi padre—. Recibía profecías, pequeños destellos. Era… una mujer excepcional, tu madre.
—¿El futuro? —repetí sin entender, mientras Luna permanecía boquiabierta y totalmente desconcertada—.
Eso es imposible. Nadie puede ver el futuro.
El pasado, obviamente sí, con unas buenas Óculus y años de entrenamiento.
¡Pero eso de ver el futuro son solo leyendas!
Si alguien tuviera esa capacidad, sería todopoderoso. Y… millonario —añadí con una risita.
—No, Christian —replicó mi padre con tono severo—.
Obviamente, no podía ver lo que quisiera, solo ciertas cosas.
No podía adivinar qué caballo mecánico ganaría la carrera del domingo ni qué número saldría premiado en el sorteo de la jaula giratoria.
Si te refieres a esas cosas, tienes razón: todo eso son solo fantasías absurdas; cosas que pasan en los cuentos.
Pero el poder de Altea Parker era real, y muy raro —explicó mientras se daba la vuelta hacia Luna—.
Y hoy hemos descubierto lo que yo ya sospechaba.
Luna: tú también lo posees, aunque no sabemos aún en qué medida.
Luna se estrujó los esponjosos cabellos, con un millón de preguntas reluciendo en los ojos.
—Pensaba que solo era posible ver el pasado —dijo, confundida, haciendo eco de mis dudas—. ¿Por qué nunca había oído hablar de todo esto?
—Porque solo una persona entre muchos millones puede ver el futuro —dijo, mirándonos con una expresión de admiración que raramente veía en sus ojos—.
Un pequeño porcentaje de los adolescentes puede ver atisbos del pasado, con las Óculus Nova.
Son casos raros, pero casi todo el mundo conoce alguno.
Pero tu madre tenía un don especial, que muy pocos poseen, y menos aún son capaces de controlar. Un don prácticamente desconocido.
Di una palmada, impresionado.
—¡Vaya! Esto sí que no me lo esperaba. ¡Mi amiga Luna, una visionaria del futuro! —exclamé, mirándola con renovada admiración.
Para mí, Luna siempre había sido única: por su forma de ver el mundo, su inteligencia afilada y esa manera suya de desafiarme y hacerme reír a la vez. Pero ahora… ahora era todavía más especial de lo que jamás habría imaginado.
Sin embargo, ella no parecía compartir mi entusiasmo. Se dejó caer contra el respaldo del sofá y se llevó las manos a la cabeza, visiblemente abrumada.
—Justo lo que me faltaba —murmuró—. Como si no fuera ya lo bastante bicho raro en la Academia. Markus, a lo mejor todo esto ha sido casualidad. Mucha gente sueña cosas. Tampoco deberíamos darle tanta importancia hasta tener pruebas más claras.
Mi padre sacudió la cabeza, y señaló hacia el lunar en forma de cuarto creciente que ella tenía en el cuello.
—El lunar, Luna —dijo—. Ese lunar no es una coincidencia; tu madre tenía uno exactamente igual. Es una marca de nacimiento. Es la marca de vuestro linaje. Lo tienen todas las Sibilarias.
—¿Las qué?
—Las herederas de las Sibilas —explicó mi padre con paciencia—. Las videntes del porvenir.
Conocía bien a Luna y supe que estaba empezando a hervir de enfado antes de que abriera la boca: se notaba en su mandíbula tensa, en la forma en que entrecerraba los ojos y en cómo sus dedos se crisparon contra el borde del sofá de piel.
Eran demasiadas cosas en un mismo día, incluso para mí. Imaginé que para ella era mil veces peor.
—¿Cómo ha podido ocultarme esto durante tanto tiempo, Markus? —explotó, olvidadas todas las formalidades.
—¡Diantres, Luna! —se defendió él—. Hay ciertas cosas que uno no debe saber hasta el momento adecuado. Si te lo hubiera contado antes, no me habrías creído, o habría influido en el desarrollo de tus habilidades. No podía contártelo ni antes, ni después. Tuve que esperar a que estuvieras preparada.
Luna parecía muy poco convencida, y a punto de explotar de nuevo, como una caldera con demasiado vapor.
—Pero debes saber que me has salvado la vida, Luna, y esto es solo el principio —dijo mi padre con tono apaciguador—.
Ahora empezará tu verdadero aprendizaje en la Academia.
Tendrás que dominar ese don que el destino te ha concedido, quizás tan solo durante unos pocos y extraordinarios años.
Es un don muy raro, y ni siquiera yo lo sé todo sobre él.
—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso, si es un don tan raro que nadie lo entiende?
—Encontraremos la manera.
—Espere, Markus. Cuando llegué esta mañana, dijo que no me creía. Me dejó encerrada en ese despacho... Pero... ¿aun así se salvó? ¡Por todas las malditas chimeneas humeantes de la ciudad, esto no tiene ni pies ni cabeza!
—Solo quería saber si tu poder era verdadero o no.
La única manera de comprobarlo era dejar que los acontecimientos siguieran su curso.
Y esta fue la ocasión perfecta. Alguien trató de atentar contra mi vida.
Si hubiera tratado de cambiar las cosas, quizás no lo habría hecho, y ahora no estaríamos aquí.
Me quedé helado. ¿Alguien había intentado matar a mi padre? ¿Por qué? De pronto, miré a Luna con nuevos ojos. Si no hubiera sido por ella, ahora no estaríamos ahí sentados, charlando junto a la ventana.
—Un momento, padre —lo interrumpí—. ¿Cómo estás tan seguro de que no fue un accidente?
—Este parque es muy meticuloso con el mantenimiento —repuso él—.
Conozco bien al director, y aquí no hay accidentes.
Todo se prueba decenas de veces, y las piezas importantes se revisan varias veces al día.
Esto fue un sabotaje. Alguien quería matarme, chicos.
Lo único que no sabemos todavía es quién, ni por qué.