Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 07
18%

07

Llevaba varias horas encerrada y sola en esa oficina, contando la gente que pasaba para combatir el aburrimiento (trescientos cuarenta y siete niños, doscientos treinta y un adultos), cuando escuché el ruido de un fuerte impacto a lo lejos.

Por la ventana, vi humo saliendo de algún lugar al otro lado del parque. La gente corría y espantosos gritos de horror llenaron el aire.

Una marea de gente se dirigió de pronto hacia la salida. Desde mi ventana, era como si un dique hubiese reventado, dejando salir de su interior a cientos de personas.

—¡Salid! ¡Todos fuera! —gritó una mujer que pasaba, con un papagayo falso en la cabeza—. ¡Este parque es peligroso!

Cuanto más crecía el pavor en el parque, más me costaba permanecer ahí encerrada y sin saber lo que estaba ocurriendo.

Traté de abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.

Nadie se molestó en venir a abrirme. La ventana, sin embargo, no tenía rejas, pero quedaba bastante alta.

No estaba segura de poder bajar por ahí, pero tenía que intentarlo al menos.

La abrí, pasé ambas piernas al otro lado y me quedé colgando del alféizar.

¡Por todos los pistones! No me llegaban los pies al suelo.

Pero ya no había vuelta atrás. Tomé aire, di un salto y escapé de mi prisión.

Me detuve junto a un mapa del parque de atracciones. Aunque nunca había estado allí, sabía bien lo que buscaba: la sección de atracciones extremas, donde se encontraba la montaña rusa del submarino.

Comencé a correr hacia allí, luchando contra la marea de personas que me empujaba en la dirección opuesta.

Algo en mi interior reconocía esas avenidas porque las había recorrido ya en mi sueño.

Lo recordaba todo, pero eran imágenes inconexas que se solapaban en mi mente, fragmentos de aquella pesadilla.

Las tiendas, los bares, los muebles giratorios de los souvenirs... Todo era igual.

Pasé por un estanque con pingüinos robóticos, que saludaban a los paseantes agitando las aletas al compás de la música, con una calma absurda que contrastaba con la alarma colectiva.

Solo entonces me di cuenta de que, cuanto más me acercaba a mi destino, más lentamente corría. Tuve que admitirme a mí misma que, en realidad, no quería saber qué había pasado.

¿Y si mi pesadilla se había hecho realidad?

El director no me había hecho caso, y ahora temía descubrir lo que acababa de ocurrir. Él era el único adulto en el mundo que me quería, casi como a una hija. No era mi padre, porque a él ya nadie podía devolvérmelo, pero se esforzaba por cuidar de mí lo mejor que podía.

Entonces tuve un pensamiento todavía peor: ¿Y si Christian estaba con él en esa montaña rusa?

En ese caso, no podría perdonármelo nunca. Un mundo sin las únicas personas que me querían era inafrontable.

Pero tampoco podía quedarme ahí, quieta, tapándome los ojos y mirando a esos absurdos pingüinos. Así no iba a resolver nada.

Por dura que fuera la verdad, tenía que descubrirla. Me obligué a seguir corriendo y alcancé la entrada de la sección que buscaba.

Me crucé con una mujer que vestía el uniforme del parque. Esta se detuvo un instante y me gritó:

—¡No vayas hacia allí! Ha habido un accidente. ¡Cuidado!

—¿Un accidente? —pregunté, con un nudo en la garganta, tratando de sujetarla por la manga.

—Sí, una cápsula del Submarino Volador se ha salido de los raíles. Creemos que había algunas personas dentro.

—¿Algunas personas? ¿Quiénes? ¿Están bien?

Pero la mujer echó a correr hacia la salida, ignorándome y sin darme tiempo a preguntar más.

Escuché una sirena a mis espaldas, y tuve que apartarme a un lado del camino para que no me atropellasen. Una ambulancia me adelantó, abriéndose paso entre la gente.

Una ambulancia.

Si había una ambulancia, eso solo podía significar que…

O a lo mejor era simple protocolo; solo los servicios médicos, acudiendo por si acaso, por si los necesitaban.

Claro que la chica del parque había dicho: «Creemos que había algunas personas dentro.»

Iba a volverme loca de tanto barajar las posibles situaciones.

La ambulancia se detuvo al doblar una esquina, y una multitud la rodeó. La masa de gente me bloqueaba la vista, pero supuse que era ahí donde se encontraban los restos del accidente.

El vehículo de emergencia era de color blanco con cristales azules, y echaba humo por los laterales. De él bajaron unos enfermeros, que se perdieron entre la masa de espectadores. Todos chismorreaban entre sí, pero nadie se esforzaba por ayudarles.

Caminé despacio hacia allí, con miedo de acercarme más y sintiendo un enorme vacío en mi interior.

Por fin, llegué hasta donde se había congregado el muro de personas que me obstruía la visión. Me olvidé de todas las buenas maneras aprendidas en la Academia y los aparté a empujones, tratando de discernir lo ocurrido.

El vagón del submarino estaba allí, delante de mí. O, al menos, lo que quedaba de él, porque estaba hecho trizas.

No daba crédito a lo que veía.

Las láminas de metal, deformadas, habían perdido toda forma de submarino y salía humo de ellas.

Todo estaba cubierto de cristales rotos, dispersados por el camino y los arbustos circundantes.

Los enfermeros investigaban los restos en busca de víctimas, y uno de ellos frunció el ceño al notar mi presencia; supe que no tardarían en echarme de allí.

Me arrodillé para examinar los restos esparcidos por el suelo.

Y entonces lo vi. El sombrero rojo de copa, la marca inconfundible de Markus Rosenberg, estaba aplastado entre los restos del submarino.

La sangre se me heló y fue como si el volumen del mundo entero enmudeciese.

Tardé un buen rato en darme cuenta de que había una mano posada sobre mi hombro.

Sobresaltada, me giré y vi la silueta de un hombre alto y grande, a contraluz.

Por un instante, cegada por el sol, no pude reconocerlo. Sobre todo, porque no llevaba su sombrero.

¡Era Markus!

Me froté los ojos e inspiré hondo.

Volví a tomar aire con más fuerza, y sentí como si acabara de ser devuelta a la vida.

Salté a su cuello con un grito de alegría, algo que nunca había hecho: las normas de la Academia eran rígidas, y Markus un hombre muy serio. No le gustaban las expresiones de sentimientos en público.

Pero, en ese momento, me dio totalmente igual: lo agarré con fuerza y no lo solté en mucho rato.

—¡Está bien! —grité—. ¡Está vivo!

Estaba tan feliz de verlo ahí, sano y salvo, que no me importaba lo que pensaran mis compañeros de clase.

Markus me acunó entre sus brazos, dejándose abrazar, y me susurró unas palabras al oído que jamás olvidaré:

—Me has salvado la vida, Luna Parker —dijo, y luego añadió, de forma casi inaudible—. Necesito que vengas conmigo inmediatamente. Debemos hablar en privado. Creo que tu poder por fin se ha despertado.