Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 06
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Llevaba todo el curso esperando esta excursión, pero la ausencia de Luna la hacía un poco menos divertida.

Aunque la mayoría de la gente pensaba que era una chica callada y con mal genio, a mí me hacía reír, y con ella era posible tener conversaciones mucho más interesantes que con el resto de mis compañeros.

Me habría gustado que estuviera allí, más que nada para poder lanzarla a la piscina de los robopingüinos y oír sus quejas airadas: «¡Zanahoria Rosenberg, eso no tiene ninguna gracia! »

En cualquier caso, el vuelo fue emocionante.

Volar en zepelín siempre lo era, en especial cuando daba sacudidas por los cambios de presión, y todos gritaban y se agarraban a los brazos del asiento.

Como hijo del director, yo había viajado mucho más que los otros, y estaba acostumbrado a todo eso, así que podía reírme a gusto de ellos.

Aterrizamos sin problemas, bajamos del zepelín y recogimos nuestras mochilas. Mi padre guio al grupo hacia la entrada del parque, y Cloterfin se quedó atrás, comprobando que no faltaba nadie.

Entré con el resto, pero entonces se oyeron gritos y se formó un corro al otro lado de la entrada. Mi padre volvió atrás y se metió en un pequeño edificio, junto a otras dos personas a quienes la multitud no me permitió ver.

—¿Habéis visto a Parker? ¡Está ahí! —exclamó Julius, con tono burlón, aupándose para asomarse por la ventana de la caseta—. Ya está otra vez haciendo de las suyas. Y, por su culpa, las colas de las atracciones se están volviendo cada vez más largas.

¿Luna?

¿En qué lío se había metido esta vez Rizos?

Me llevé la mano a la frente, mientras Cloterfin gritaba algo desde lejos.

—Dice que esperemos aquí. Que tienen que resolver un problema antes de que podamos entrar —gruñó Aurora de mala gana—. ¡Esa Vulgar de Luna Parker quiere arruinar nuestra excursión solo porque a ella no le dejaban venir!

Al rato, mi padre salió del edificio, seguido por Cloterfin. Tenía muy mala cara y fui corriendo hacia él.

—¿Todo bien, padre? —pregunté en un susurro.

—Todo en orden. Disfrutemos del día.

—¿Es verdad que Luna se ha colado en la excursión?

Padre me miró con ojos severos.

—He dicho que disfrutemos del día.

Entendí que no quería hablar de Luna, ni escuchar más preguntas. Me empujó suavemente hacia el resto del grupo y yo obedecí. Era mi padre, sí, pero cuando estábamos en público, era primero el director de la Academia, y yo debía comportarme con el mismo respeto que los demás.

—¡Dicen que la rarita se coló en el zepelín y ahora está encerrada en la caseta del guarda, a pan y agua! —gritó alguien entre risas.

—A lo mejor se hace unas Óculus con el vaso de agua, mientras espera —contestó otro con una carcajada.

—¡Para el poco talento que tiene, le servirían igual!

Resoplé. Menuda panda de idiotas. Me habría gustado decirles cuatro cosas, pero Luna no soportaba que la defendiese. «¡Puedo defenderme yo solita, Zanahoria!» habría dicho sin duda.

Avanzamos en grupos de cinco o seis por el parque, envueltos por el bullicio de la gente. Todos reían y comentaban qué atracción probarían primero, pero yo, aunque estaba ilusionado por la excursión, no podía dejar de pensar en Luna.

¿Qué había hecho? ¿De verdad estaba ahí encerrada, como decían los otros?

Me habría gustado regresar al edificio de la entrada y mirar por la ventana, por si conseguía avistar esos rizos negros, tan rebeldes como ella. Le habría preguntado qué mosca le había picado para colarse en un zepelín sin permiso.

Pero no lo hice, porque no quería enfadar a mi padre desobedeciendo sus instrucciones: aunque por fuera pareciera tan calmado como siempre, yo lo conocía demasiado bien para no notar que, por dentro, se sentía más alterado de lo normal.

Seguí a mis compañeros y me obligué a pensar en otras cosas.

Pasamos de largo de las atracciones infantiles, incluyendo el estanque de los robopingüinos, y nos dirigimos a la sección de atracciones de altura.

Las máquinas mecánicas de hierro y cobre se elevaban, y los gritos de los valientes se perdían en el aire mientras daban vueltas a toda velocidad o los lanzaban en picado a cientos de pies del suelo.

Nunca tuve miedo a las alturas, así que me puse en la cola.

Pronto me sumé a la emoción colectiva, aunque mi mente seguía vagando a ratos hacia Luna, excluida de todo aquello. Se lo habría pasado en grande.

Probamos la Noria Dorada, de más de doscientos pies: desde arriba se divisaba el paisaje hasta el mar, con las chimeneas de la Sagrada Fábrica de Barcinova al fondo. Cuando la rueda giró y los vagones descendieron de golpe sentí el estómago en la garganta. Fue increíble.

Después de eso, pasamos a la zona del Inframundo: una de las más oscuras y tenebrosas.

Nos metimos en una montaña rusa que descendía hasta las entrañas de un túnel sin luces, que recordaba a una antigua mina.

Las vibraciones del suelo, los giros repentinos y el rugido de la caída cuando fingieron que no funcionaban los frenos me hicieron olvidarlo todo por un rato.

A mediodía, comenzó a hacer calor. Me arremangué la camisa negra, y me habría quitado el chaleco del uniforme si hubiera podido.

Finalmente, llegamos a la parte más esperada del parque: las atracciones extremas.

Ahí estaban las cápsulas del Submarino Volador, famoso en todo el continente de Paneuropa.

Corrí el primero hacia la entrada de la montaña rusa, con mis compañeros detrás: todos estábamos nerviosos, y cada uno lo disimulaba peor que el otro: algunos se mordían las uñas, o gritaban, y otros daban saltos como locos.

Se contaba que dos alumnos de sexto curso se habían desmayado en ella el año anterior, y otros tantos habían vomitado durante el recorrido.

La expectación era feroz.

La fila era larguísima, y la espera se hizo interminable. Mi padre ponía orden y se encargaba de que todos respetaran su turno. Tuvimos que aguantar casi una hora bajo el sol, y el calor apretaba pasado el mediodía.

Cuando por fin nos tocó, subí a la primera cápsula. Los otros novicios me seguían, con los ojos brillando por la emoción. La cabina era pequeña, con asientos provistos de arneses que se ajustaban perfectamente a nuestro cuerpo.

—Id pasando por orden —dijo mi padre, contándonos con el dedo—. Yo subiré en el último.

El grupo completo consiguió un asiento, y solo quedó la última cápsula vacía. Estaba hablando con Greta, y, al darme la vuelta, me pareció ver de lejos el sombrero de copa de mi padre ocupando el último vagón, sin nadie más al lado. ¡Ya estábamos todos!

La compuerta de mi compartimento se cerró con un chasquido metálico y, en un abrir y cerrar de ojos, el submarino comenzó a moverse, acelerando a una velocidad extraordinaria.

Giramos, subimos, bajamos… ¡aquello era un torrente de adrenalina!

El viento nos golpeaba la cara, y el cielo parecía cerca un instante, y lejos al siguiente.

En algunos puntos, el submarino tocaba el agua de los estanques del parque; antes de que notases los pies mojados, ya estabas volando de nuevo.

Todos gritábamos, sintiendo mil emociones a cada segundo.

Pero entonces, algo extraño ocurrió. En una de las curvas, las cápsulas comenzaron a moverse de forma errática, generando un extraño sonido metálico.

Me puse tenso, agarrándome con todas mis fuerzas al arnés.

Si eso era parte del espectáculo, era definitivamente espeluznante y explicaba que algunos de sexto se hubieran desmayado el año pasado.

Entonces, el submarino hizo un looping mortal, nos pusieron bocabajo y la última cápsula del submarino se desvió de los raíles, saliendo despedida a gran velocidad.

Contuve la respiración, sintiendo que mi corazón se detenía.

No podía ser.

Los gritos de mis compañeros ahogaron el sonido de la estructura colisionando a los pies de la montaña rusa.

El submarino ralentizó el ritmo y llegamos al final del recorrido. Para entonces, el parque se había convertido en un caos. Las sirenas comenzaron a sonar, pero mi mente estaba fija en esa cápsula, recordando la espantosa caída.

¿Qué había pasado? ¿Iba mi padre en ella? Recordé haber visto su sombrero rojo, sobresaliendo entre un mar de cabezas.

¿Estaría ahí, atrapado entre los restos del submarino?

Corrí tan rápido como pude hacia el lugar donde había caído el vagón suelto, ignorando a la gente que empujaba. Estaba desesperado, y solo podía pensar en una cosa.