05
Siempre recordaré los ojos desorbitados del director cuando le dije aquello.
Fue una visión fugaz, de apenas unos segundos, pero no me cupo duda: las palabras entrecortadas que acababa de soltarle lo habían dejado de piedra, aunque fue rapidísimo en ocultarlo.
—Luna. Por favor —dijo en un susurro, llevándose un dedo a los labios.
—¡Pero es cierto! —insistí, crispando los dedos—. Lo soñé. Era un accidente espantoso... ¡lo vi morir con mis propios ojos! —Suspiré, pasándome la mano por la frente para apartarme los rizos—. Lo siento mucho, pero es verdad, me crea o no. Vine solo por eso. Para decírselo.
Markus parpadeó varias veces. Casi pude ver chocar sus pensamientos unos contra otros, bajo su autoritario sombrero rojo de copa.
Supuse que estaba a punto de ocurrir lo que tanto temía: no iba a creerme.
Pensaría que era una farsante, que mi supuesta premonición no era más que un intento de colarme en la excursión.
O, quizás, una manera más de llamar la atención y llenar el vacío que mi propia familia había dejado muchos años atrás.
Abajo, a la entrada del parque, las burlas de mis compañeros aumentaban. Se doblaban de la risa, mofándose de mí, sin saber que acababa de pronunciar las palabras más serias de mi vida entera.
—¡Markus, por favor! —se inmiscuyó la señorita Cloterfin, irrumpiendo de nuevo en el despacho—. ¿Qué excusa se ha inventado ahora esta Vulgar?
—Espérame fuera, Wendolina. Estaré contigo enseguida —dijo Markus, haciéndola salir, y luego se giró hacia mí—.
Luna, tal y como te he dicho, tendrás que permanecer aquí durante el resto del día.
Hablaré con el gerente del parque para que te traigan agua y algo de comer mientras esperas a tus compañeros.
Su tono era completamente neutro, como si no acabara de oír lo que le había dicho. Claramente, mi esfuerzo, mi advertencia llevada entre mis puños hasta él tras ese viaje clandestino en la bodega del zepelín, no había significado nada para él.
—Pero, ¿me ha entendido? —insistí, dando un paso firme hacia él, desesperada.
—Lo he entendido perfectamente —replicó, y comenzó a cerrar la puerta tras él—. Pero es mejor que te quedes aquí y dejes de llamar la atención. Pórtate bien, por favor, y no hagas más tonterías.
Dicho esto, la puerta se cerró, y me dejaron allí sola.
Me quedé quieta, de pie, durante unos minutos que se alargaron indefinidamente.
No tenía ni idea de lo que me esperaba al final de ese día, pero una cosa estaba clara: tuviera o no razón con mi premonición, el futuro no auguraba nada bueno.
En el mejor de los casos, me llevaría un castigo monumental.
En el peor, podría ser expulsada… o mi profecía podría hacerse realidad.
Sentí cómo me invadía una sensación de ridículo, de haber vuelto a ser la Vulgar sin talento que buscaba maneras absurdas de destacar en algo.
No quería estropear más las cosas, y sabía que el director lo había pasado mal por mis travesuras en el pasado.
Si me echaban de Videntia, perdería lo único que tenía en la vida: a Markus y a Christian, que se habían convertido en mi única familia desde la muerte de mis padres.
Sin mi pequeña habitación en la buhardilla, sin las mermeladas y los abrazos con olor a pan tostado de Madame Tilde, ¿qué iba a hacer yo, sola en el mundo?
No me sentía capaz de regresar entre los otros Vulgares como yo, sin un solo rostro conocido a mi alrededor.
Me dejé caer en la silla de madera, maldiciendo mi propia estupidez por haberme colado en ese zepelín. Mi impulsividad me había metido en problemas otra vez, y la rabia me quemaba por dentro.
Recorrí el despacho con la mirada, buscando algo con lo que distraerme, pero solo encontré archivadores repletos de números y cuentas aburridas. Ni un solo libro interesante; nada que pudiera hacer que el tiempo pasara más rápido.
No me quedaba otra que esperar. Esperar y confiar.
Dos cosas para las que nunca tuve talento.