04
Aquello de colarme en el zepelín de la Academia se me había ido de las manos, y los acontecimientos no estaban transcurriendo como yo lo había planeado.
Aunque tampoco había planeado mucho: más bien me había dejado llevar por un impulso sin sentido, y ahora me iba a tocar salir de esta lo mejor que pudiese.
—¿Se ha vuelto loca? —gritó de nuevo Cloterfin—.
¡Se podía haber congelado! ¡O se podía haber caído!
¡O se podía haber caído después de haberse congelado después de quemarse con los motores, metida en ese maletero!
—continuó, mientras me llevaba cogida por el lóbulo de una oreja hacia una pequeña construcción junto a la entrada del parque de atracciones.
—Señorita Cloterfin, suélteme. ¡No me pasó nada, como puede ver! —protesté, tratando de arrancar sus dedos huesudos de mi pobre e inocente oreja.
Me arrastró por unas escaleras hasta un pequeño espacio con un escritorio, una máquina de escribir y varias estanterías oscuras llenas de archivadores.
Markus entró detrás de nosotros, con andares pausados y cara de estar conteniendo su mal humor.
El director, a diferencia de Cloterfin, era muy hábil manteniendo la compostura.
Entre la barba blanca y corta, el sombrero rojo de copa y los anteojos de bronce, toda su persona emanaba sabiduría y paciencia.
Vamos, todo lo que yo no tenía, y Cloterfin menos.
Se alisó la levita de terciopelo fino, de color escarlata, y se centró la pajarita sobre la camisa blanca y el chaleco amarillo. Sobre la solapa, una insignia dorada declaraba su condición de exvidente.
—Luna —musitó con voz severa, dejando claro que, aunque solía protegerme, esta vez me había pasado de la raya—. ¿Se puede saber qué haces aquí? Estás castigada y no puedes participar en esta excursión. Estoy muy decepcionado por tu comportamiento.
Mantuve la cabeza gacha, observando las puntas de mis botas de cuero sobre la colorida cerámica del suelo del despacho.
Toda la determinación que había sentido en mi buhardilla se había desvanecido. Me la había dejado atrás, en la Academia.
Era fácil contestarle a Cloterfin, porque era una histérica y gritaba por cualquier tontería. Pero con el director era diferente. A él le guardaba respeto, y su decepción me dolía.
Ahora que estaba allí, rodeada de música y algodones de azúcar, toda mi historia sonaba de lo más ridícula e inverosímil. No me la creía ni yo.
—¡Es una irresponsable! ¡Siempre lo digo! —bramó mi tutora, con los ojos desorbitados y un dedo acusador apuntándome.
A Cloterfin le encantaba pillarme en falta y no perdía una oportunidad de denunciarme ante el director.
Deseaba verme expulsada, y estaba convencida de que yo no tenía derecho a estar en la Academia.
Lo había intentado varias veces, sin éxito.
Normalmente, cuando eso ocurría, me castigaban o me privaban de hacer actividades divertidas, pero nunca lograba salirse con la suya.
Markus siempre intercedía por mí, y eso la sacaba aún más de quicio.
Cloterfin se giró bruscamente y avanzó hacia mí con zancadas largas y nerviosas, sus finas piernas de jirafa contrastando con su cara redonda de pez globo. Se detuvo a dos dedos de mi rostro, mirándome fijamente desde sus gafas rectangulares con montura de cobre verde.
—No pienso permitir que arruine la excursión para los demás con su rebeldía y sus caprichos de niña mimada, ¿ha entendido, señorita Parker? —vociferó, con su nariz casi rozando la mía.
Echó un vistazo fugaz a su reloj de cadena y volvió a clavarme una mirada acusadora.
—¡Llevamos más de diez minutos de retraso! Eso significa que, por su culpa, ¡todos subiremos a una atracción menos! ¿Le parece justo? —avanzó aún más, obligándome a retroceder hasta que mi espalda tocó la pared.
Markus nos observaba en silencio, como si aún sopesara su veredicto.
—Lo siento —murmuré—. ¡Yo solo quería ayudar!
—¿Ayudar? —me interrumpió Cloterfin—. ¿Ayudar a qué? ¿Disfruta tomándonos el pelo, señorita Parker?
Se volvió hacia Markus con un gesto dramático.
Si él no hubiera estado allí, le habría dicho a Cloterfin que dejase de gritar tan cerca de mi cara, porque me estaba salpicando de babas.
Pero no quería enfadar más al director, así que me sequé el rostro con la manga y me callé, con la esperanza de que Cloterfin se calmase.
—Lo está viendo, ¿verdad, señor director? —dijo ella—. Este comportamiento es inadmisible. Podría haber sufrido un accidente, podría haber metido a la Academia en un problema grave. Y, encima, ha desobedecido su castigo, vamos a perder el día por su culpa, y…
La voz firme del director interrumpió su interminable discurso.
—Espera un momento, Wendolina. Escuchemos qué tiene que decir la novicia.
Le sujetó la muñeca con delicadeza, pero con firmeza, y la apartó de mí.
—Luna, ¿puedes explicar tu comportamiento? —preguntó Markus con suavidad, aunque su tono dejaba claro que, dijera lo que dijese, me esperaba una buena reprimenda—. ¿Qué te llevó a esconderte en la bodega?
Tragué saliva. Sentía como si cargara sobre los hombros el peso del zepelín que nos había llevado hasta allí.
—¿Y bien? —insistió Markus con amabilidad, pero cada vez más impaciente.
La tutora me observaba con ojos acerados, disfrutando del espectáculo. Al ver su expresión altiva, las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.
Me giré hacia la ventana, tratando de evitar los ojos duros de mi tutora. Pero eso no ayudó en absoluto. A través del cristal, un poco más abajo, mis compañeros miraban la escena. Algunos me señalaban y se reían, sabiendo que no debería estar en ese parque, y que me esperaba un castigo ejemplar.
—Se lo advertí, director —dijo la tutora—. Esta joven es un estorbo para los demás. Tendrá que tomar una decisión y, antes del próximo curso, devolverla al mundo de los comunes. Al lugar al que pertenece.
Cerró la frase con una sonrisa satisfecha, como si acabase de ganar una larga y pesada guerra.
Markus suspiró y miró la habitación en la que estábamos los tres, fijándose después en mis compañeros, que se reían fuera.
—Vas a quedarte aquí dentro hasta que la excursión termine —dijo con evidente pesar—. Los otros alumnos no tienen la culpa de tu desobediencia, y llevan meses esperando este día de fiesta. Por la tarde subirás al zepelín con el resto. Hablaremos esta noche, en mi despacho.
Luego le hizo una señal a la tutora: era hora de marcharse y dejarme ahí.
—¿Eso es todo? —se quejó Cloterfin mientras salía de la habitación—. ¿No vas a decirle nada más? ¡Es una desobediente! ¡Una rebelde sin familia! ¿A quién se le ocurre acoger a una huérfana sin el Don? Ya te lo dije yo desde el principio, Markus…
La tutora desapareció por la puerta, agitando las faldas con indignación. Markus la siguió, aunque caminaba despacio, como si en realidad se sintiera mal por lo que había dicho.
En el instante en que Cloterfin desapareció y Markus cruzó el umbral, dispuesto a seguirla, sentí un empujón invisible. Una fuerza ajena a mí estiraba de mis brazos, obligándome a dar un paso más.
«Ahora o nunca», resonó en mi mente.
—¡Por favor, señor director, no suba al submarino! —solté de repente, sin saber de dónde habían salido aquellas palabras.
Markus se detuvo en seco y, con suma lentitud, se dio la vuelta.
—¿Qué has dicho? —preguntó con los ojos entrecerrados.
—Que, haga lo que haga, no debe subir al submarino. A la atracción del Submarino Volador. ¿Sabe cuál es?
—Sé cuál es, por supuesto, pero ¿a qué se debe esta… inusual advertencia? —preguntó con el tono más neutral que jamás le había escuchado.
Ya no podía más. Ahora que por fin estábamos a solas, las palabras brotaron, sin darme tiempo a pensar en las posibles consecuencias.
—He tenido un sueño, señor director. Un sueño… premonitorio. —Tragué saliva y desvié la mirada—. Sé que puede sonar absurdo, pero lo he visto con todos los detalles, y… y va a morir si se sube. Estoy segura.