Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 03
9%

03

Zarandeé la cabeza, aturdida por esos pensamientos oscuros que no me dejaban en paz.

Ya casi no se oían voces; seguramente todos estaban en el patio central, embarcando en el zepelín rumbo al parque.

¡Tenía que avisar a Markus!

No había tiempo que perder.

Terminé de abrocharme las botas, pensando que el director me tomaría por loca. Eso solo empeoraría mi reputación y mi escasa popularidad en la Academia: se reirían de mí durante meses, recordándome como la chica de las profecías absurdas que causó un gran alboroto en medio de la excursión.

A lo mejor, mi castigo sería tan monumental que lo pondrían en la historia de la Academia, con un cuadro en el comedor y todo.

Pero me daba igual.

Suspiré mientras bajaba las escaleras a toda velocidad. Estaba dispuesta a correr el riesgo, aunque solo existiera una mínima posibilidad de estar en lo cierto.

Faltaban cinco minutos para las nueve, la hora a la que el zepelín zarparía hacia el parque de atracciones.

Nunca había corrido tanto en mi vida. Bajé los pisos desde la parte más alta de la torre hasta llegar a la explanada donde aterrizaban los dirigibles y los globos aerostáticos.

Empujé la pesada puerta del vestíbulo y el aire fresco de la mañana me golpeó en la cara. Ahí abajo ya no quedaba nadie; todos estaban ya en la cabina del zepelín. Solo pude ver a uno de los mayordomos, cargando las mochilas en la bodega.

Bien. Mi plan de evitar que Markus embarcara acababa de irse por la borda.

Mientras decidía qué hacer, me escondí detrás de una de las columnas del porche de salida. El mayordomo se alejó con el carro y levantó el pulgar hacia el piloto, dándole una señal.

Sin pensarlo, eché a correr.

El mayordomo desenganchó las cuerdas de anclaje, mientras la compuerta de la bodega se cerraba lentamente. Aceleré el paso todavía más: tenía miedo de que me vieran, pero más aun de fallar y quedarme colgando de las cuerdas, a cientos de pies del suelo.

El mayordomo dio la vuelta por la parte delantera y el piloto, ocupado en revisar la explanada de despegue, no me vio.

La compuerta de los equipajes estaba casi cerrada. Faltaban pocos pasos, así que me lancé dentro de un salto. Las clases de educación física siempre se me dieron bien, y agradecí de nuevo no usar uniforme con falda. Entré justo a tiempo, aterrizando entre las mochilas de mis compañeros.

Jadeé, muerta de miedo.

Perfecto. Y ahora, ¿cómo avisaba a Markus desde el compartimento del equipaje?

Acababa de meterme en un lío monumental.

El zepelín despegó y, poco a poco, ganó altitud.

Me asomé por una rendija del fuselaje, por la que se apreciaba la altura tremenda que estaba tomando el artilugio volador. Era bonito ver la Academia desde arriba, con sus torres y sus ventanales con vidrieras, pero también daba un poco de vértigo.

Comencé a sentir frío por la altura, aunque estábamos prácticamente en verano, y rebusqué entre las mochilas hasta dar con una manta. Me arropé cerca de los motores, donde había algo más de calor.

Pasamos casi dos horas sobrevolando la costa del Mar Medimaris, bordeando el este de Hispania. El tiempo transcurrió lentamente, y me pasé la mayor parte del tiempo tiritando y reprochándome la decisión impulsiva de colarme así en el zepelín.

Por fin, el artilugio comenzó a descender. Sentí dolor en los oídos por el cambio de presión y me los tapé con las manos.

Cuando finalmente tocamos tierra, se abrieron las compuertas y una ráfaga de aire más cálido entró en la bodega.

Nadie me vio, oculta bajo la manta. Mis compañeros recogieron sus mochilas y yo esperé a que sus voces se alejaran un poco. Salté fuera del zepelín justo a tiempo, cuando la compuerta empezaba a cerrarse de nuevo.

Parpadeé, acostumbrándome a la luz resplandeciente, y delante de mí se abrió un lugar mágico e increíble: el parque de atracciones de la pesadilla.

Jamás había estado ahí, pero era exactamente igual, excepto por la niebla, y porque hacía sol y calor.

A decir verdad, era precioso.

No había nada terrible ni peligroso en él: solo música, diversión y colores vibrantes, que invitaban a entrar y pasárselo bien.

Por un instante olvidé por qué estaba ahí, y sentí la tentación de colarme y disfrutar de un día de vacaciones.

Eso fue solo hasta que una voz me sacó de mi fantasía:

—¡Señorita Luna Parker! —gritó mi tutora, la señorita Cloterfin—. ¿Qué demonios hace usted aquí?

Venía hacia mí como un toro enfurecido. Hasta parecía que le salía humo de las fosas nasales. Se me trabó la lengua mientras buscaba una excusa; no se me ocurría ninguna.

No quería explicárselo todo a ella; sin duda, pensaría que era mentira, y que había tejido una excusa para colarme donde no debía.

Por detrás, apareció Markus y la apartó suavemente a un lado.

—Wendolina, disculpa —le dijo—. Yo me encargaré de esto.

Mi tutora apretó la mandíbula: seguro que habría disfrutado mucho castigándome por colarme en una excursión a la que no estaba invitada. Sin embargo, cedió y se apartó un poco, dejando que Markus me echase la bronca él mismo.

—¿Luna? ¡Por todas las calderas! —exclamó él—. ¿Se puede saber qué haces aquí?

Tragué saliva y me mordí el labio, sin saber cómo decírselo.

En la vida real, la situación se mostraba mucho más difícil de resolver de lo que había imaginado en mi plácida buhardilla.