02
Cuando subimos a nuestras habitaciones, después del desayuno, la Academia entera era un torbellino de emoción y prisas.
En los pasillos, los alumnos corrían escaleras abajo, con los cordones desatados y los uniformes a medio abrochar.
Todos gritaban, se empujaban y hacían planes sobre qué atracciones probarían primero.
La emoción era contagiosa. O lo habría sido, si yo hubiera tenido algún motivo para celebrarlo.
Pero, una vez más, estaba castigada sin ir, por culpa de mis pésimas notas.
Quizás no me esforzaba mucho, pero, ¿para qué?
Era imposible sacar buenas calificaciones en la Academia cuando no tenías el don de La Visión.
Tomemos por ejemplo el último examen de Videncia Investigativa: la profesora Cloterfin nos puso un bote de galletas vacío sobre la mesa y nos pidió que escribiéramos lo que había ocurrido con él quince minutos antes.
¿Yo? No tenía ni idea.
Así que, con la mejor de mis intenciones, escribí:
«¿La profesora Cloterfin se las comió todas?»
Resultado: un cero como una catedral.
La respuesta correcta, según ella, era que había dejado el bote destapado por accidente. Unos ratones, aprovechando la oportunidad, se habían dado el festín.
No sé por qué me llevé un rosco. Siendo sincera, y considerando los bigotes de la profesora, casi lo acerté.
Un golpecito en la puerta me sacó de mis pensamientos.
—Hey, Luna, ¿me prestas tu cinturón con compartimentos? —preguntó Sarah, una niña de tercer curso que, en más de una ocasión, me había salvado en los exámenes soplándome respuestas. Se mordió el labio antes de añadir—: Como tú no vas a ir… así podría meter ahí las monedas para las atracciones.
Me dieron ganas de decir que no, pero le debía un par de favores.
—Claro —murmuré, y me levanté a buscar en el baúl, a los pies de la cama.
Sarah agarró el cinturón con una sonrisa rápida y desapareció por la puerta, saltando como un conejito.
Suspiré y me dejé caer sobre la cama, apretándome el estómago. Seguía sintiendo el residuo de mi visión clavado en el pecho: la pesadilla de anoche se negaba a soltarme.
Me obligué a cerrar los ojos y recordar cada detalle, buscando pistas.
Ese sueño tenía algo que no encajaba… y sentía que debía descubrirlo antes de que fuera demasiado tarde.
Hice memoria. En el sueño, caminaba por los senderos de cemento del Eteria Park, rodeada de risas y gritos de niños que se divertían: algunos solos, otros acompañados de sus padres. Esa imagen tan vívida de las atracciones a las que nunca subiría me provocó una mezcla extraña de alegría y tristeza.
Los rostros de los niños y adultos se veían radiantes, sin preocupaciones, entregados al momento.
En el sueño, seguía caminando. Las grandes estructuras de hierro y cobre se alzaban, elevando a los visitantes antes de lanzarlos a toda velocidad hacia abajo.
Algunas atracciones giraban, desafiando la gravedad, y otras, más tranquilas, permitían a los padres y niños más pequeños disfrutar del parque en paz.
Las tiendas de souvenirs y cafeterías, decoradas en rojo y dorado, reflejaban los colores emblema del parque.
Entonces llegaba a la atracción más famosa de todo el parque: el Submarino Volador. Un submarino que surcaba los cielos a gran velocidad, deslizándose sobre los raíles más veloces de Paneuropa, dando volteretas en el aire.
La cola para subirse a esa atracción era interminable, comenzando justo a mi derecha, pero no me detuve ahí.
Continué hasta quedar bajo uno de los raíles.
Y fue ahí cuando algo extraño ocurrió: el raíl explotó justo cuando uno de los vagones pasaba.
El vagón se desprendió y comenzó a volar descontrolado, dando vueltas en el aire como una hoja arrastrada por el viento.
En el sueño, vi con claridad cómo el vagón caía al suelo con un impacto ensordecedor. Luego, se levantó una nube de polvo, acompañada de los gritos aterrados de la gente.
A pesar del miedo que sentía, me acerqué. La cabina del Submarino Volador había quedado irreconocible, convertida en una masa de metal retorcido y cristales rotos.
Y entonces llegó el momento crucial. Al asomarme a los restos de la cabina, la visión me golpeó con la fuerza de una locomotora sin frenos: entre los restos estaba Markus Rosenberg, el director de nuestra Academia.
Estaba completamente inmóvil.
Ahí fue cuando desperté con un grito, y Christian me encontró en mitad de la noche: jadeando, sin aliento y con aspecto de haber corrido una maratón.
Un ruido me sacó de mis recuerdos y volví al presente.
Seguía sentada sobre la cama, era por la mañana y estaba sola y aburrida en mi cuarto de la buhardilla, mientras todos los demás se preparaban para la excursión.
Alguien daba golpecitos en el marco de la puerta, y la cabeza de Sarah asomó nuevamente.
—¿Me dejarías también tu broche de escarabajo? —dijo tímidamente.
Alcé la mirada, molesta por sus constantes interrupciones.
—¡Tampoco te pases! —le espeté.
¡El broche de mi madre! Claro, y ya puestos, ¿podía darle mis Óculus Nova? Ah, no, que yo era la única de quinto que no tenía unas.
—Bueno, como tú vas a quedarte aquí, fregando ollas con Madame Tilde…
Le solté un gruñido y Sarah desapareció a hurtadillas, como esos ratones por cuya culpa había suspendido el último examen de Videncia Investigativa.
—¡Se va el zepelín! ¡Todos abajo! —gritó alguien desde las escaleras.
Se iban, y de nuevo reviví aquella imagen de Markus en el suelo.
No podía dejar que le sucediera algo a nuestro director. Él siempre me había tratado con cariño, casi como a una hija. Me había dado cobijo en su academia, aunque era un secreto a voces que yo no tenía poder alguno.
Pero, ¿qué podía hacer yo desde mi cuarto, a tantas millas del parque de atracciones? Intenté calmarme, bajando los pies al suelo frío de piedra para centrarme.
Seguro que era una tontería; solo una pesadilla de nada. Como muchas otras que había tenido, soñando con mis padres fallecidos y con un futuro radiante que nunca sucedería.
¿O no?
Algo en mi interior me decía que ese sueño era diferente. Me esforcé por convencerme de lo contrario, pero presentí que tenía algo de verdad.
¿Y si ese accidente estaba a punto de ocurrir, y me había llegado su eco desde otra dimensión?
¿Y si estaba en mis manos evitar que sucediera?