Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) 01
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Me desperté tarde… ¡demasiado tarde!

Lo supe antes de abrir los ojos, antes de que el reloj de cobre en mi mesilla marcara las ocho y antes de escuchar el murmullo del comedor en la planta baja. Mi buhardilla seguía en penumbra, y el aire olía a tormenta nocturna de verano.

Había tenido un sueño horrible, pero ahora no había tiempo para pensar en eso. Si no me presentaba a desayunar a tiempo, la señorita Cloterfin iba a asesinarme a mí primero.

Salté de la cama y me puse el uniforme a toda prisa: la blusa blanca con encaje en el cuello, la chaqueta negra entallada y los pantalones de montar.

Algunas en la Academia usaban falda, pero yo no: no eran prácticas para correr, trepar…

o escapar de los abusones. Y en la Academia Videntia, ser una “Vulgar” sin poderes (como yo, por ejemplo) era igual que llevar una diana dibujada en la espalda.

Las hebillas de las botas se resistieron, pero no me detuve a abrocharlas. En vez de eso, salí disparada escaleras abajo, con una de ellas aún medio suelta.

Cuando llegué al comedor, el bullicio de platos, cubiertos y voces animadas era estruendoso.

Lámparas de gas iluminaban las mesas largas, donde los alumnos se sentaban según su curso, y según su popularidad.

La luz de la mañana se filtraba a través de los ventanales góticos, reflejándose en los engranajes dorados que giraban lentamente en las paredes, cubiertas de lienzos con escenas importantes de la historia de nuestra academia.

Cogí un plato vacío para disimular y avancé entre las mesas con cara de inocencia, pero el radar de la profesora Cloterfin me detectó sin piedad.

¡Aquella bruja era infalible! Sentada en la mesa de los profesores, me dedicó una mirada de reprobación por llegar tarde, mientras se metía un pedazo de pan en la boca que le hinchó las mejillas hasta límites insospechados.

Solo con mirarla pude oír su lema preferido: « Práctica, estudio, obediencia.

¡Nunca es suficiente de ninguno de los tres!

». No me extrañaba que me odiase. Se me daban mal las tres cosas.

Christian me esperaba en su sitio habitual, y había una silla vacía para mí a su lado.

—Te has vuelto a dormir, ¿eh, Rizos? —dijo con una media sonrisa, empujándome un plato con pan de centeno y mermelada casera.

—De eso nada. Lo hago solo por ver la cara de la señorita Pez Globo —repliqué—. En realidad, estaba arriba estudiándome un manual de Artefactos Místicos.

Christian soltó una carcajada, sabiendo que aquello era bastante improbable.

Me gustaba leer, sí, pero habría preferido comerme un sapo antes que levantarme pronto para estudiar cualquier asignatura de la Academia.

Él, sin embargo, era todo lo contrario: inteligente y popular, todos los compañeros lo apreciaban.

Era pelirrojo y pecoso, con una mirada casi tan afilada como su ironía, y siempre parecía encontrar la manera de estar en el centro de todo.

Y no solo por ser hijo del director. Seguro que la gente se sorprendía de que Christian prefiriera pasar tiempo conmigo, en lugar de con su creciente grupo de admiradores.

—¿Qué te pasó anoche? —preguntó, untando mantequilla en su pan con más entusiasmo del necesario—. Me diste un susto de muerte con esos gritos. De verdad pensé que te estaban devorando los murciélagos.

Bajo su tono de broma había algo de inquietud, pero no me apetecía preocuparle con mis sueños raros.

—Ya te lo dije —respondí sin mirarle—. Pesadillas.

—Luna, a mí no me engañas. Te conozco desde que eras más bajita que un barril de sardinas…

No tuvo tiempo de insistir. Un estruendo de cucharillas golpeando tazones llenó la sala: la señal de que eran las ocho y cuarto, hora del discurso de la mañana.

El director, Markus Rosenberg, se puso en pie, imponente con su levita roja de terciopelo.

—Queridos alumnos, me alegra ver que ya estamos todos .

Su mirada pasó fugaz sobre mí, como una sombra.

—Hoy es el último día de este curso —continuó—. Ha sido un año largo, y todos habéis trabajado muy duro. ¡Nos hemos ganado esta fantástica excursión de fin de curso!

Hubo aplausos y silbidos. Todos esperaban este día desde hacía meses.

Todos menos yo, claro, porque estaba castigada.

Ellos subirían al zepelín, rumbo al parque de atracciones Eteria Park, pero yo me quedaría en la Academia, leyendo en la biblioteca o chinchando a Madame Tilde en la cocina.

—A las nueve nos reuniremos en el patio principal —dijo el director, y levantó los brazos—. Partiremos puntuales de Barcinova y aterrizaremos a las diez en Eteria Park. Esto es todo. Cantemos ahora el himno de la Academia.

Las voces se alzaron en un coro casi mecánico:

«Miramos al pasado y forjamos el mañana,

Desvelamos misterios sin dudas ni trabas.

Con fuerza y con astucia, pupilos de Videntia,

Que La Visión nos guíe y nos dé mentes claras.»

El himno terminó con una nota algo menos distinguida, aunque bastante más creíble, cuando alguien gritó:

—¡Tonto el último en subirse al Submarino Volador!

Y otro añadió:

—¡El último en ponerse las Óculus es un borrico!

Las risas retumbaron en las paredes, aunque yo no me reí demasiado.

Casi todos los alumnos de nuestro curso habían obtenido ya sus propias Óculus Nova. Cuando aprobabas quinto, te concedían unas y te daban la insignia.

Adivina quién se quedó sin ellas…

Las Óculus eran unas gafas de cobre y cuero, con cristales multicolores. Eran la herramienta de trabajo principal y el símbolo de los videntes. Con ellas, aquel que tenía El Don podía mirar al pasado y ver lo que para los demás permanecía oculto.

Christian ya tenía unas, por supuesto. Desde que se las habían dado, las llevaba siempre en la mochila. Y también tenía la insignia de Vidente Novicio, que relucía, dorada, en su chaleco.

Yo me alegraba por él, pero solo podía admirar todo eso de lejos. Si yo estaba en la Academia era solo por la buena voluntad del director, que me acogió allí cuando mis padres fallecieron. Pero, a diferencia de los demás, yo no tenía el don de la videncia, y era el último mono de Videntia.

—¿Qué harás mientras no estamos? —preguntó Christian, mirándome con cara de estar tramando algo.

Miré hacia otro lado. No tenía planes, pero tampoco quería su lástima.

—Ayudaré a Madame Tilde con la mermelada. Ayer trajeron una tonelada de ciruelas.

— Mermelada , claro… —repitió, sin creérselo ni por un segundo—. ¿Se la vas a poner a Cloterfin dentro de los zapatos?

Sonreí, arrugando la nariz, y le guiñé un ojo.

—A lo mejor.

—No hagas trastadas sin mí, ¿eh? —me dijo.

—Jamás —respondí.

Y eso sí que era totalmente cierto.