Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1) Prólogo
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Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1)

Luna Parker: El Secreto de la Academia Videntia (Academia Videntia 1)

Por Riccardo Braccaioli, Eva Alton

© inepub.com

Prólogo

Esa noche, cuando cerré los ojos, no imaginaba que soñaría algo que iba a cambiarlo todo.

Al principio, solo vi niebla. Era espesa y densa, y me sentí flotar en un vacío sin tiempo ni espacio. Poco a poco, la niebla comenzó a despejarse, y se apartó a ambos lados como nubes al amanecer.

Entonces, entre las sombras, apareció una imagen.

Era difusa al principio; luego, más clara.

Un rostro.

Mi mente tardó un segundo en reconocerlo, pero cuando lo hizo, el nombre golpeó mi pecho como un trueno.

Después escuché un ruido de cristales rotos. Gritos. Un aullido mudo en mi garganta, atrapado, sin poder salir. Intenté moverme, pero mis pies se quedaron clavados al suelo.

Me tapé la cara, porque no quería ver más. Sabía que, si contemplaba aquello, jamás podría olvidarlo.

Pero la escena no se detuvo. Siguió ahí, cruel e implacable, mucho más real que mi vida tranquila en la Academia.

Alguien caía.

Alguien gritaba.

Y alguien iba a morir si yo no lo evitaba.

—¿Luna?

Abrí los ojos de golpe.

El techo de mi habitación en la buhardilla se dibujó en la penumbra, y sobre mí apareció el rostro pecoso de Christian, iluminado por la débil luz del pasillo.

—¿Estás bien? —susurró, arrugando la nariz pecosa—. Estabas gritando.

Tragué saliva y exhalé fuerte, intentando calmar el temblor en mis manos.

—No es nada. Pesadillas tontas.

Me incorporé de golpe y me agarré del borde de la sábana, buscando algo sólido.

—¿Seguro, Rizos? —Entrecerró los ojos—. ¿No te habrá mordido un murciélago o algo?

Señaló el techo con vigas de madera, lleno de telarañas.

—Vuelve a tu habitación, Zanahoria Rosenberg, o seré yo la que te muerda a ti —le dije con un bufido.

Christian me miró de reojo y se fue sacudiendo la cabeza. Yo fingí que no había pasado nada hasta que salió.

Pero era mentira: lo que acababa de ver no era una simple pesadilla.

Había visto un crimen, y sabía que era real.

Si aún no había ocurrido, estaba a punto de suceder.

Y no podía permitirme el lujo de ignorar ese sueño, porque la víctima me importaba demasiado.