Capítulo 51
Cuando sobrevivimos, no regresamos siendo los mismos.
Artículo VI, Cartas perdidas de Aadan Primero
Hui de Julian, con el vestido agitándose al viento, y solo me detuve al ver Hester Hall. Hice una pausa para recuperar el aliento y al mirarme las manos llenas de cicatrices recordé el calor y las chispas que habían brotado de ellas. ¿Qué se había despertado en mi interior?
—¡Mira! —gritó alguien, una voz reconocible, pero no era Julian, ni ninguno de mis perseguidores.
Al volverme, vi que Seven corría hacia mí.
Tenía la piel negra cubierta de sudor y llevaba aún el mismo traje que en el baile.
Las costuras estaban deshilachadas y los botones colgaban a punto de caerse.
Se quedó atónito al verme, y no me sorprendió.
Me podía imaginar la pinta que tenía. El pelo revuelto, sangre seca en las comisuras de los labios, el vestido salpicado de carmesí. Los pies desnudos, sucios e hinchados.
—Tus ojos —dijo cuando llegó hasta mí, y yo parpadeé—. Tienen como un cerco rojo.
Era un efecto de la sangre que había bebido, un recordatorio de que era una dhampira, y una señal de que esa sangre había despertado un monstruo que había permanecido encerrado en mi interior.
Sentía las extremidades más pesadas, más difíciles de mover.
Aunque veía el mundo con los mismos ojos de siempre, parecía más nítido, como si todo tuviese más resolución; y el olor de aquel lugar era abrumador.
—¿Es cierto? —susurró Seven, y eso me hizo recordar que Julian me había advertido de que me mantuviese alejada de él.
Retrocedí mientras me tambaleaba.
—¡Espera! —me rogó, y trató de alcanzarme, pero no me detuve. Los lobos me estaban dando caza, y él era un lobo, ¿verdad? Seven cayó de rodillas y levantó los brazos en señal de rendición—. Te lo juro por mi vida, no he venido para hacerte daño.
—¿Eres un licántropo? —quise saber.
Agachó la cabeza, avergonzado.
—¿Lo sabes? —preguntó con un hilo de voz. Vi que arrancaba la hierba—. No sabía que querían darte caza. Mi padre no me cuenta nada. Mi intención era llevarte a casa, de verdad —explicó, y me miró con una expresión de cansancio en los ojos—. Te he buscado por todas partes. No he parado un instante.
Así que era cierto: Seven era un licántropo.
Al mirarlo, de rodillas en el césped húmedo, con el cabello empapado, me di cuenta de todas las señales que había pasado por alto.
«Míralo, qué serio». Pero era difícil confiar en mis instintos después de haberme equivocado tanto. La última vez casi me costó la vida.
—Tus amigas te buscaban —explicó—. Estaban asustadas y querían salir a ver si te encontraban. No hemos parado de llamarte al móvil, pero saltaba el buzón de voz.
Stevie, Abi, Naomi, Em. Hacía horas que no las veía. Debían de estar al borde de un infarto.
—¿Dónde están? —pregunté—. ¿Qué les ha pasado?
—Las traje aquí y llamamos a la policía.
—¿Vino alguien? —me apresuré a preguntar. Sabía que, si habían llamado a la policía, se lo habría notificado a Bobby—. Mi padre —aclaré—. ¿Lo llamó alguien?
Antes del ataque, me había llamado él, cosa que solo hacía en caso de auténtica emergencia. Se me disparó el corazón. ¿Y si los licanos de sangre lo habían capturado mientras me buscaban a mí? ¿O si habían sido los vampiros, o los purasangres?
Steven se dio cuenta de mi ansiedad y se puso en pie.
—Llamó Stevie, pero no pudo contactar con él. Le dijo a la policía que tu padre trabajaba para el departamento del sheriff, pero es lo último que supimos.
Me tapé la cara con las manos. Si le había pasado algo… «No, por favor».
—Puedo llevarte —se ofreció Seven con un nudo en la garganta. Sabía que yo no tenía coche—. Si estás preocupada, o quieres irte con él, te puedo llevar a casa. —Alzó las manos de nuevo—. Te juro que no voy a hacerte daño. Y la verdad… —Me miró de arriba abajo—. Tienes pinta de necesitar ayuda.
No sabía qué hacer, ni a quién creer. Todo el mundo me había mentido. Pero Bobby estaba indefenso ante tales seres. No tendría ni la más mínima oportunidad. Aunque, si Seven era un lobo…, podría protegerlo. Mejor que si iba yo sola.
Y también sabía que, en todo lo que había pasado, Seven nunca me había fallado.
Si ocurría algo, encontraría una forma de volver a escapar; y el modo en que me miraba me decía que no quería hacerme daño.
Estaba asustada, y confusa, y no quería quedarme sola.
¿Qué alternativas tenía? ¿Cómo iba a volver a casa, si no?
Podía regresar a Hester, esperar a que alguien me dejase entrar, despertar a Stevie y tratar de hacerla comprender que había sobrevivido a un sacrificio humano, y que me perseguían un sinfín de seres sobrenaturales.
Pensaría que estaba chalada. Posiblemente.
Y eso, si alguien me dejaba entrar, en vez de asustarse y dejarme allí plantada.
Seven sacó el móvil del bolsillo y lo dejó en el suelo, entre nosotros.
—Puedes llevar el teléfono en la mano durante todo el trayecto, y llamar a la policía si no te sientes segura. —Dio un paso hacia mí—. Y no bloquearé las puertas. No estoy aquí para hacerte daño.
Cogí su móvil y lo sostuve en alto.
—El código es 070701 —señaló.
Introduje los dígitos y, cuando apareció la pantalla de inicio, suspiré y lo miré. Seguía con las manos alzadas en un gesto de paz.
—De acuerdo —acepté, y Seven suspiró aliviado—. Pero si se te ocurre hacer algo que no me guste…
—Me matarás —terminó la frase por mí—. Sí, lo sé.
Echamos a correr hacia el coche. Se ofreció a llevarme en brazos, pero lo rechacé con un gesto de enfado. Tampoco se me veía tan débil, ¿verdad?
—Perdón —se disculpó, y otra vez levantó las manos—. Solo quería ayudar.
Cuando llegamos a su coche abrí la puerta con tanta fuerza que rebotó en las bisagras. Seven se me quedó mirando, boquiabierto.
—Igual te has pasado con las proteínas, Mira…
—Perdón —murmuré. No me había acostumbrado a aquella nueva fuerza. Cerré la puerta con toda suavidad. Cuando el motor se puso en marcha, sentí una opresión en el pecho. Con el móvil en las manos, le di indicaciones de a dónde debía dirigirse, y luego le pregunté si tenía el número de Stevie.
Asintió.
Busqué su nombre en la agenda y escribí un mensaje. No sabía cómo explicar todo lo que había ocurrido, pero me sentía fatal por lo que había hecho pasar a mis amigas sin ser consciente de ello.
Por el momento, dije:
Stevie, soy Mira. Estoy con Seven,
que me lleva a casa de mi padre.
Estoy bien. Siento haberos dejado
a todas colgadas.
Es una larga historia, ya os contaré
lo que pueda más adelante.
No podía hacer ninguna promesa. Lo cierto es que no había ninguna manera de explicar las últimas horas, que, para mí, no parecían tener fin.
Bobby aún creía en los teléfonos fijos, así que le envié a Stevie el número de la casa para que lo llamara. Así, si Seven hacía algo fuera de lo corriente, ella sabría quién era la última persona con la que había estado.
Una vez enviado el mensaje, llamé al móvil de Bobby una y otra vez; me aterró la falta de respuesta. Llamé al fijo, pero cada vez que marcaba me respondía un desagradable tono de comunicando.
Seven tomó la autopista mientas yo llamaba y llamaba; me lanzó varias miradas de soslayo, con una expresión de tristeza teñida de culpa.
En el camino de entrada de la casa había aparcado un coche con matrícula de Illinois. Seven se dio cuenta de que estaba muy nerviosa y me preguntó si quería que entrase conmigo.
—No —respondí. Salí del coche a toda prisa y me dirigí a la puerta principal antes de que el miedo me hiciera cambiar de opinión. Al girar el pomo vi que no estaba cerrada. Eso me hizo titubear. Aquella puerta siempre estaba cerrada con llave.
Abrí la puerta poco a poco, con el corazón en un puño. Las bisagras chirriaron. Me quedé en el umbral, temerosa de lo que pudiera encontrarme dentro.
Al cruzar la puerta, oí a Bobby y sentí una oleada de alivio. Pero a medida que me acercaba, su voz sonaba más y más acuciante. Y otra voz respondía a la suya.
Una que había salido de mis sueños. Una que se había podrido en mi interior durante años. En cuanto di otro paso, las voces callaron.
—¿Papá? —llamé, y doblé la esquina que llevaba del comedor al salón.
El agobio que sentía se aplacó al verlo. El alivio fue tan grande que casi me desmayé. Estaba allí, en el centro de la habitación, vestido de uniforme. Al verme fue hacia mí a zancadas y me estrechó entre los brazos, llorando. «Por fin, por fin, por fin». Estaba en casa.
—Estábamos muy asustados —lloró—. Creía que te había pasado algo horrible.
El uso del plural me llamó la atención. Al apartarme de mi padre vi que, sentada en el sofá, estaba mi madre, Rena.
Parecía exactamente igual que como la recordaba, o quizá más joven.
La piel morena era suave y sin la más mínima arruga.
El cabello, alborotado y llamativo, del color del ébano.
Los labios eran de color rojo rubí, como siempre.
Era de una belleza sobrecogedora, y no supe si siempre había sido tan hermosa o si aquello era un efecto de mi nuevo sentido de la vista.
Pero lo que no pude pasar por alto fue el hecho de que los iris estaban rodeados de un cerco rojo. Era el aspecto que adquirieron los ojos de Julian tras beber mi sangre; el que tenían los míos en aquel preciso instante.
—Mirabella —me llamó, con una voz aterciopelada y angelical.
Y entonces tuve la certeza. Todo lo que me habían contado de ella era verdad. No entendía cómo me había pasado la vida entera sin darme cuenta; porque mi madre, Rena, era una vampira.
Se me escapó un grito antes de derrumbarme en el suelo y sumirme en una pesadilla repentina, perpetua.