Luna de sangre Epílogo
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Epílogo

Su sangre era una gruesa capa de veneno, y yo lo adoraba, de verdad.

Artículo V, Cartas perdidas de Aadan Primero

Los ojos, cerrados, buscaban. Se movían de modo frenético bajo los párpados, como un metrónomo, de un lado a otro sin parar. Sentí cómo una ráfaga de aire me recorría toda la piel, y se me erizó el vello de piernas y brazos.

Oía un latido palpitante en los oídos. Al principio era suave, como las olas de un lago que lamen las rocas lisas de la orilla.

Pero luego se animó. Un bum-bum, bum-bum, bum-bum, que latía con tanta fuerza que sentía las sacudidas de aquella cosa roja en el pecho, contra los pulmones, violentas y profundas.

Se me acumuló líquido en las comisuras de la boca. Sentí un dolor profundo en los huesos, un sabor exquisito en la lengua. Me lamí los labios para quitarme la aspereza. En los extremos de la boca había unos dientes puntiagudos.

Desperté por fin y me incorporé con un jadeo, necesitada.

Había pasado una semana desde el incidente, y era la primera vez que me sentía así.

Estaba en casa de Bobby, en mi cuarto, tumbada sobre las sábanas revueltas de la cama, con un camisón blanco.

Una punzada de hambre no solo me sacudió el estómago, sino también la garganta, que me ardía de dolor. Voraz.

Tiré del fino algodón que me cubría el cuerpo, con un comentario cruel en la punta de la lengua. ¿Quién me había puesto algo tan horrible? Yo no tenía nada así. Parecía salido de una casa encantada del siglo xviii .

Más allá de la puerta, en algún lugar, se oía un crujido.

Un golpeteo. Era el sonido que me había despertado.

Me levanté de la cama a toda prisa, casi flotando por el aire, pero me detuve, distraída y asombrada por todo, literalmente: cómo bailaban las motas de polvo en la suave luz del sol que se colaba entre las cortinas, la flor marchita de la pared, cubierta por una gruesa capa de pintura, y aun así se podía distinguir cada pétalo torcido; las líneas y las hendiduras de los tablones de madera, que tras tantos años y años de desgaste estaban agrietados y pelados.

Antes no me parecía que tuviesen ninguna irregularidad.

En toda mi vida no había experimentado ni una cuarta parte de lo que sentía en aquel momento. A excepción, claro está, de la noche de la luna de sangre y aquel primer sorbo rojo en los dientes. Pero eso…, eso era mucho más. Era letal.

A cada paso, sentía los miembros pesados y densos, ligeros y etéreos; una paradoja. Al moverme de nuevo, me pregunté si iba demasiado rápido, o si el mundo giraba demasiado lento; no lograba descifrarlo por mí misma.

«¿Qué me ha pasado mientras dormía?».

Otra pausa. Había una persona. Tenía una mano levantada y me apuntaba, igual que yo a ella. Retrocedí y ella hizo lo mismo, repitiendo mis movimientos. Jadeé, con un gesto serio. Era mi reflejo. Ella era yo; pero casi no la reconocía.

La persona del espejo era demasiado hermosa para ser humana del todo. Había algo en su porte que, con una sola mirada, podría hacer caer de rodillas a quien la contemplase. Una postura que la hacía parecer bien equilibrada, pero un poco despótica.

En los pliegues de sus labios (mis labios) había restos resecos de color caoba. Pequeñas salpicaduras en aquel ridículo camisón, líneas de ese color que descendían por la curva del cuello y llegaban a las clavículas.

Sonrió, pero yo sucumbí al miedo. Era sangre, mucha sangre. ¿Qué hice? ¿Qué había hecho? ¿A quién había matado? No me lo dijo; su única respuesta fue quedárseme mirando.

Y entonces todo encajó. Los dos dientes puntiagudos que había sentido. Abrí la boca y descubrí que tenía colmillos. Apreté la yema del dedo contra uno, y casi lo atravesó. ¿Cuánto tiempo llevaban ahí?

El sonido de un corazón que latía con ritmo estable desvió mi atención. El modo en que se sacudía contra los músculos y hacía fluir la sangre por las suculentas venas resultaba delicioso.

Al volverme hacia la puerta, la boca se me llenó de líquido. Una voz famélica me impulsó a lanzarme sobre lo que estuviese llegando. A devorarlo, para que satisficiera mi necesidad interior.

Lo quería, lo anhelaba con desesperación, todo para mí. Doble las rodillas mientras me preparaba. El pomo giró lentamente y mis facciones dibujaron una mueca burlona mientras esperaba la llegada del humano que había al otro lado.

Las bisagras chirriaron y la tarima crujió. Entró Bobby, acompañado de una ráfaga de aire. Me lanzó una única mirada y retrocedió, horrorizado.

—¡Mirabella! —gritó, y sacudió la cabeza—. ¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho?

Una emoción humana me sacudió. La había sentido muy a menudo. Los ojos se llenaron de lágrimas, y el hambre disminuyó.

—Me pasa algo, pero no sé qué es —lloré—. Creo… —Traté de llenar los huecos de mi memoria, encontrar la razón por la que estaba cubierta de sangre. Pero no me vino a la mente ningún recuerdo. Y al mirarla a ella, mi reflejo perfecto, sospeché que había cometido un crimen terrible e imperdonable.

Imposible. Yo no era un monstruo. Sin embargo, al contemplarla de nuevo, supe que se arrastraría hasta la perdición por una única gota de sangre.

Tragué saliva, pero el nudo que sentía en la garganta no se iba.

—Creo… —dije con tono feroz—. Creo que he matado a alguien.

fin

Al menos, por ahora…