Luna de sangre Capítulo 50
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Capítulo 50

He vivido mil vidas, pero lo cambiaría todo por vivir una sola feliz contigo.

Artículo VII, Cartas perdidas de Aadan Primero

Junto a la estrecha escalera estaba la puerta que llevaba al bosque. Podía ver cómo la luna de sangre del otoño empezaba a difuminarse, y en el horizonte del este brillaba ya una luz rosada que asomaba entre las espesas nubes.

Me subí a la espalda de Julian y me agarré a él con fuerza. Corrió a toda velocidad, evitó los árboles mientras la lluvia nos salpicaba la cara y nos lavaba la sangre, al menos en parte. Estábamos a unos kilómetros del campus, en un bosque denso sin senderos, cerca del lago Timber Plains.

Julian corrió sin parar diez, quince minutos, kilómetros y más kilómetros, y cruzó la ciudad hasta llegar a Lakeland. Llegamos al perímetro, a poco más de un kilómetro del Campus Central, cerca de un aparcamiento desierto mientras el sol asomaba por el este.

En el momento en que mis pies tocaron el suelo, Julian cayó de rodillas con la cabeza contra mi vientre, me abrazó y susurró algo pegado a mi carne.

Le acaricié el pelo. Se levantó y me examinó las piernas, los brazos, el pecho.

—¿Te han hecho daño? —preguntó con ansiedad. Me vio la marca del mordisco en la clavícula—. ¿Quién ha sido? Te juro por sus dioses que será su fin.

Sacudí la cabeza sin respiración. No importaba. No iba a volver allí, y no permitiría que Julian volviera. Me encontró más magulladuras, más cortes, y su rabia fue incontenible.

—No pasa nada —susurré—. Estoy bien.

Cualquier cosa era mejor que la muerte.

Julian se llevó mi mano a los labios, aspiró mi olor. La luz del sol le acarició el rostro y me miró, me vio a la luz del día por primera vez desde que estuvimos en la tienda, en el bosque.

—Mirabella —murmuró, y me atrajo hacia él—. Lo siento mucho, de verdad.

Allí, abrigada por su calor, envuelta en sus brazos, sollocé.

Se me relajó el cuerpo mientras soltaba todo lo que llevaba dentro.

Me estrechó contra él. Nos apoyamos el uno en el otro, entrelazados como cisnes, como árboles centenarios, hasta que ya no sentí el suelo que pisaba, ni el cielo sobre nosotros, ni siquiera el viento y la lluvia.

Él estaba en todas partes, lo llenaba todo.

Me cayeron lágrimas en el pelo y noté que se le estremecía el pecho, y un volcán de palabras trató de abrirse paso dentro de mí, pero solo pude concentrarme en el hecho de que tenía aire en los pulmones, de que el corazón me palpitaba, de que estaba viva.

Julian me apartó de él, cogió entre las manos mi rostro lleno de lágrimas, me las secó con los pulgares y me miró con aquellos ojos color oro oscuro, todavía con una pincelada de escarlata.

Salvó la distancia que nos separaba y puso los labios contra los míos.

Fue un beso largo, intenso, que daba oxígeno a nuestro dolor hasta que el ansia nos quemó la boca y el alma nos hirvió.

Todo eso confirmó la conexión profunda que tenía con él…

, hasta que el anhelo dejó paso a la violencia y la rabia me apretó los labios.

Julian me había mentido.

Me había tendido una trampa, había faltado a la verdad sobre sus intenciones. Su relato retorcido me convenció de que le importaba, pero su objetivo había sido siempre ofrecerme en sacrificio bajo una luna de sangre.

Me aparté de él, rompí el beso, asqueada.

—Julian —sollocé contra sus labios.

Estaba harta de llorar, harta de aquel círculo interminable de dolor y desesperación. Harta de espinas, de sangre, de que cayéramos una y otra vez en aquel torbellino.

Julian tenía lágrimas en la cara. Me besó en la sien, en la frente, en los párpados, en las mejillas, otra vez en los labios.

—Lo siento —dijo una y otra vez con los labios pegados a mí, como si tratara de volver dulce la amargura—. Lo siento, lo siento.

Le devolví los besos, le robé la idea de que aquello podía borrar todo lo demás, de que aquel sentimiento, ser su compañera predestinada, podría unirnos hasta el fin de los tiempos. Pero lo que veía al cerrar los ojos me asustaba. Ahora, todos mis demonios tenían su rostro.

Me aparté y las manos de Julian quedaron en el aire con la forma exacta de como me había sostenido. Le di un puñetazo por puro impulso. Me detuvo la mano, la palma contra mis nudillos, pero el impacto lo hizo retroceder unos pasos.

No era consciente de lo fuerte que me había vuelto. Volvió a mí con los brazos extendidos para abrazarme, para llenarse de mí, para engullirme en sus profundidades, pero le planté las manos contra el pecho y lo empujé. Julian se tambaleó hacia atrás.

Me agarré el vestido para alejarme.

—Me has mentido, Julian —dije—. Me has traicionado. —Se le llenó el rostro de dolor al ver cómo me derrumbaba—. Todo lo que creía saber de ti, de nosotros, no ha sido más que una treta. Un plan. Solo me he salvado porque soy tu compañera predestinada, ¿no es cierto?

Me tendió una mano.

—Mira, no…

Di otro paso atrás.

—Si no estuviéramos destinados a ser uno, ahora mismo estaría muerta, ¿verdad? —Julian me volvió a tender las manos, trató de explicarse y lo dejé hablar, pero no le salió ni una frase comprensible—. Me llevabas al matadero, ¡y yo confié en ti!

Se me acercó de nuevo, con las rodillas dobladas, la angustia pintada en el rostro.

—No, Mira, no, te lo puedo explicar. —Aguardé, pero solo habló el cielo, que se abrió para dejar caer más lluvia—. No sé por dónde empezar…

—Por el principio. Sabías desde el principio que los licanos de sangre tenían intención de matarme. Por eso querías que me marchara, ¿no? Y, al no conseguirlo, me manipulaste como a una marioneta, te ganaste mi confianza hasta que me tuviste donde querías para cumplir con tus deberes como alfa y…

—Eso no es del todo cierto, te…

—¿Alguna vez has estado de mi parte, Julian? ¿En el bosque, durante el fin de semana que pasamos juntos, en la tienda? ¿De verdad iban a por mí los lobos después del baile, o también era parte del plan?

—Claro que estoy de tu parte, Mira. Y aquellos lobos iban a por ti.

Eso no fue cosa nuestra. Los purasangres están metidos en algo gordo, aún no sabemos por qué matan gente en la ciudad ni por qué te buscan, solo que tenían tantas ganas de hacerse contigo como nosotros, es de suponer que por venganza…

, ya que tu linaje se remonta hasta los élites.

Y me avergüenzo de que algunos motivos que me llevaron a conocerte fueran inmorales.

Tienes todo el derecho a estar enfadada.

—Es una locura y lo sabes. —Retrocedí con un nudo en la garganta que me impedía coger aire—. No puedo contigo. Mira por lo que me has hecho pasar. Si te sigo mirando, no sé qué voy a hacer.

Nada me había preparado para aquello. Julian era mi punto más débil, y lo seguiría siendo si se lo permitía.

Le di la espalda, pero un grito de Julian me obligó a volverme.

—¡No te salvé porque estuviéramos destinados a ser uno!

—Se detuvo para secarse las lágrimas y la lluvia de la cara—.

Lo hice porque no había sido sincero contigo, porque la había cagado.

Porque estaba echando a perder lo único bueno que tenía en mi vida.

Siempre supe que no deberías estar aquí, y me empeciné en eso.

Dejé que me dictaran lo que debía sentir y no me paré a pensar lo que me pedían.

»Y lo hice porque sabía que, una vez te conociera, volvería atrás muchos siglos, buscaría el vacío de un mundo olvidado, inquieto, derrotado, todo con tal de conservarte —añadió, y se me acercó—.

Lo hice para demostrar que no soy una mala persona —susurró—.

No soy un monstruo, y sé que esos tratados antiguos, esas reglas viejas, llevan una carga de odio de la que deberíamos librarnos.

—Ya no podía estar más cerca, tenía el pecho contra mi espalda, su corazón me latía pegado al hombro—.

Y lo hice porque me estaba enamorando de ti antes aún de llevarme tu sangre a los labios. Solo que ahora… lo eres todo.

Julian se inclinó para poner la cabeza junto a la mía. Para rodearme la cintura con las manos y besarme la sien, para darme la vuelta y hacer que lo mirara.

—Cada vez que te veo, me da miedo pensar lo que haría por ti, Mira.

Las guerras que emprendería con tal de asegurarme de que estás a salvo.

Porque te lo mereces mil veces, y quiero que sepas que eres digna de todo el amor.

—Me acarició la cara con los dedos—. Y prometo hacer lo que sea necesario para recordártelo todos los días de tu vida.

—Se me nubló la vista cuando me besó en el pelo, en la mejilla, en la barbilla—.

Todos los días. Porque ahora mi vida eres tú.

Me agarré a sus brazos. ¿Por qué dolía tanto aquello? ¿Por qué consistía el amor en heridas abiertas, en dientes afilados? ¿No me iba a manchar los dedos y la lengua como una granada, no me chorrearía por la barbilla como sangre, no me consumiría y me tiraría a un lado si seguía por ese camino?

Para él, yo no era más que un deber.

Lo aparté de un empujón, le di la espalda, me convertí en sal.

—Pero eres un monstruo —le recordé, siseando las palabras para que supiera que las decía de corazón.

Porque así era. Así era. Así es.