Luna de sangre Capítulo 49 #3
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Capítulo 49 #3

—Julian, nos has desobedecido una y otra vez. Matarla es parte del tratado, así que hazlo de una vez…, ¡o te juro que tú morirás con ella!

—Digo la verdad. Lo confirmó la visión que tuve cuando bebí su sangre. Si la matas a ella, tendrás que matarme también a mí.

Abba apretó los labios y frunció el ceño.

—¿Su sangre? —Se asombró—. Estaba prohibido probar su sangre antes del ritual.

¡¿Es que nadie escucha lo que digo?! —Dio una patada contra el suelo.

¿Le había dicho Julian aquello para que no me matasen, o era cierto?

—. Aaah… —siguió, con una voz casi cantarina—.

Así que te has enamorado de una enemiga y ahora te sientes confundido.

Supongo que la historia sí que se repite, después de todo.

Eres peor que Aadan Primero —siseó, y en un instante tuvo el cuchillo en las manos.

—¿Qué haces, Abba? No estoy confundido, y tampoco miento. Lo he visto. Lo he sentido. Va en contra de las normas del tratado. No puedes matarla.

Se me aceleró la respiración. Hablaba en serio. Julian tenía mi huella, mi impronta. Éramos compañeros predestinados. «Oh, dios mío…».

Abba se acercaba poco a poco.

—Si te interpones, le estás dando la espalda a tu familia, y este cuchillo te atravesará a ti, y después a ella.

—¿Me vas a matar? —Se le rompió la voz. Abba avanzó un poco más—. Dijiste que me amabas como una madre. ¡Me llamaste hijo!

Abba parpadeó y se lanzó hacia nosotros. Julian le dio una patada rápida que la hizo retroceder, y el cuchillo salió despedido hasta la otra punta de la sala.

Abba cayó sobre alguien, y estalló una pelea.

Todos se abalanzaron a por Julian. Golpes, patadas, rugidos.

Cuerpos que chocaban con las paredes, que volaban por los aires.

Guerra y terror, sin visos de acabar. Traté de zafarme de las ataduras y, al embestir, me di cuenta de algo.

No todos los licanos de sangre se enfrentaban a Julian; algunos luchaban a su lado, para permitirle escapar.

—Lo siento —musitó mientras me arrancaba las correas de brazos y piernas—. Te dije que volvería a por ti, que no dejaría que te hicieran daño. Siento haber tardado tanto.

En cuanto estuve libre, Julian me cogió de la mano y abrió camino para que atravesáramos la multitud, protegiéndome mientras huíamos.

Corrimos pasillo abajo para alejarnos del caos. Cuando ya veíamos las escaleras, sentí un fuerte tirón que me echó la cabeza para atrás. Abba me había cogido de los rizos y me arrastraba por el suelo de cemento. Me ardía la piel, y grité con todas mis fuerzas.

El sonido que brotó de mi interior reventó las luces del techo. Julian cayó de rodillas, dolorido, y se tapó los oídos.

Abba me soltó el pelo y se hizo un ovillo en el suelo, retorciéndose de dolor. Cuando dejé de gritar me levanté. De las puntas de mis dedos brotaba un chisporroteo que se acentuaba al frotarlas. Una bola de luz, un anillo de fuego.

Abba se lanzó de nuevo a por mí y los destellos le abrasaron las mejillas. Julian la sujetó y le rompió la muñeca con un movimiento brusco, y ella aulló de dolor.

—¡¿Por qué haces esto?! —gritó Julian—. ¡No puedes matarla!

—¡Puedo y lo haré! —chilló—. ¡Pagará por lo que hizo su madre! ¡Nadie volverá a ser feliz hasta que yo recupere a mi hermana!

Julian se quedó inmóvil un momento, y después retrocedió para protegerme con su cuerpo.

—¿Y crees que matarla traerá de vuelta a mi madre? —preguntó con la voz impregnada de tristeza. De dolor. Sentí que se quebraba, que se le llenaban los ojos de lágrimas—. ¡Las cosas no funcionan así! Está muerta. ¡No va a volver!

—Sangre por sangre —aulló Abba. Se interpuso en nuestro camino con paso inseguro. Para ella, aquello jamás tendría fin.

—¡Es un viejo ritual! Y no nos ha servido de nada. Vivir así, cazar a los vampiros que nos traicionaron, no nos ha ayudado a sanar. Tenemos que cambiar. Tenemos que vivir. ¡No podemos seguir de esa manera!

Abba saltó y Julian la atrapó, pero escapó y me puso el cuchillo en el cuello. Con un movimiento, me hizo un tajo y la sangre fresca se derramó. La miró con lascivia.

Julian la agarró del manto y la lanzó pasillo abajo. Cuando se levantó, Julian, que gritaba con una voz atronadora, la atrapó por el cuello y la sujetó contra la pared.

—Voy a acabar contigo ahora mismo.

Abba tenía la cara roja e hinchada, y agitaba los pies en el aire.

—¿A tu propia familia?

—¡Como si eso importase! ¡Lo único que te preocupa es tu venganza! —le recriminó, y cuanto más apretaba, más pálida se ponía Abba.

—¡Para! —le grité. Pero no se detuvo; siguió hasta que las piernas de Abba dejaron de agitarse y los brazos colgaron flácidos. Corrí hasta Julian y tiré de él—. ¡Para! ¡Por favor!

Julian soltó a Abba, que se derrumbó en el suelo, tosiendo y escupiendo sangre.

—No sabes lo que has hecho —siseó con voz rota—. Se avecina una guerra, muchacho, y esto es solo el principio.

Julian retrocedió con pasos cautelosos y yo me mantuve cerca de él.

Con un parpadeo, Abba desapareció. Julian me cogió de la mano y huimos.