Luna de sangre Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

Se produjo algún tipo de transformación. De pronto, se me aclaró la vista. El corazón se me disparó hasta un ritmo casi imposible. Un hormigueo me recorrió la médula de los huesos y sentí frío y calor a la vez. Cerré los dedos mientras me doblaba de dolor.

—Esa cosa no muerta que es tu madre mató a mi hermana —empezó Abba.

La interrumpí con una voz que me sorprendió incluso a mí.

—¡Me estaba protegiendo! —grité—. ¡Yo era una niña! —Los rostros se alzaron a mirarme, llenos de asombro. Murmuraron, moviendo las cabezas a un lado y a otro. Me sacudí y di un tirón, y esa vez oí algo que se rompía. El cuero se desgarró.

—¡Matadla! —gritó alguien.

Abba dio una patada en el suelo.

—¡Lo tengo todo controlado! —Se encaró conmigo—. ¡Dejadme terminar! —insistió, mientras escupía saliva al hablar—. No permitiré que me pongan en ridículo.

Lo único que yo quería era gritar, protestar, mientras ellos se burlaban de mí. Me crucificaban.

—¡Tu madre vendrá corriendo! —gritó. Eso me dejó parada.

Tal vez ya viniera de camino. ¿Era posible?

¿Sabía lo que pasaba?—. Cuando reciba la noticia de que su bestia negra ha muerto, caerá de cabeza en nuestra trampa.

¿Cómo crees que te admitieron en la Universidad de Lakeland?

—Abba se rio a carcajadas—. Fue casi demasiado fácil.

Un trato con un purasangre, el decano de estudiantes; una carta de aceptación con una beca demasiado buena para ser cierta; y al poco llegaste al campus con el inútil de tu padre humano.

De verdad, lo podría haber organizado hasta dormida.

Al oír que mencionaba a Bobby, apreté los dientes y tiré y tiré y tiré hasta que algo se rompió. Nadie… ni nada iba a hacerle daño.

Abba siguió con su monólogo.

—Me alegro de que pudiésemos echarte el guante antes que los licántropos.

Es obvio que tienen sus propios planes, aunque torpes, y algunos de sus jóvenes han perdido el control en la ciudad.

A estas alturas ya deberían saber cómo lidiar con una luna llena.

Aficionados… —dijo entre dientes—. Pero dejemos eso para otro día, cuando ya no estés entre nosotros.

Abba posó la mano en la espalda de Julian y ambos dieron un paso al frente. Me quedé quieta.

—Es la última vez que nos harás daño —siguió—. Morirás con la luna de sangre bien alta en el cielo nocturno. Tu sangre alimentará a nuestros hijos, y a los hijos de nuestros hijos, hasta que ya no quede ni una gota.

—Por favor —supliqué, por probar suerte—.

Siento lo que hizo mi madre, pero yo no soy ella.

Ni tampoco he pedido ser lo que soy. Yo no sabía nada del tratado, ni de la traición.

No soy yo quien os ha causado daño y sufrimiento, y lamento que haya ocurrido.

De verdad. Fue algo horrible y despiadado.

Pero, por favor, dejadme ir. Soy todo… —se me quebró la voz mientras trataba de contener las lágrimas— todo lo que le queda a mi padre.

Abba suspiró hondo y puso los ojos en blanco.

—Ha sido un placer conocerte, y es una vergüenza que Rena no te hablase de tus antepasados, pero esto se acaba, como todo. Julian… —Lo empujó adelante—. Es tu momento. Después de esto, podrás curarte.

Julian se me acercó con el cuchillo en las manos. Se detuvo frente a mí como un ángel caído de rostro impasible. Deseé con todas mis fuerzas que me mirase a los ojos, que recordase. No teníamos por qué derramar sangre por un pasado en el que ninguno de los dos había participado.

Y entonces me miró a los ojos, y fui incapaz de respirar.

Era extraño el modo en que una simple mirada podía traerme a la mente todos los recuerdos que tenía de Julian.

Pero aquello era el final de todos los comienzos.

Lo sabía. Julian levantó los brazos sobre mí, con el puñal sujeto con ambas manos, y yo cerré los ojos por última vez y le rogué a la muerte que fuese clemente conmigo. Quizá en ella alcanzase por fin la paz.

Oí un golpe seco, y no sentí dolor, solo lágrimas.

Cuando abrí los ojos, Julian me daba la espalda, con los brazos extendidos; me protegía como un escudo.

No se oyó ni un roce, ni una palabra. El silencio era mortal. Abba carraspeó y señaló al suelo, a nuestras espaldas.

—Julian, cariño. ¿Por qué has tirado el puñal?

—No va a morir por mi mano.

Eso sí desencadenó una oleada de gruñidos. Julian retrocedió para pegarse más a mí.

—Sangre por sangre, Julian —recordó Abba con voz sosegada—. ¿Hemos olvidado el motivo por el que llevamos a cabo este ritual? Déjate de dramas, querido. Termina el trabajo, o me voy a sentir muy muy decepcionada.

Otro de los presentes se abrió paso. Lo reconocí. Era Chase.

—¡Eres débil y cobarde, Julian! —gritó—. ¡Madre, esta tarea tendría que haberme correspondido a mí!

Abba alzó la mano.

—Chase —musitó, para hacerlo callar. Se acercó a Julian—. Julian… —Apretó los dientes—. Mátala de una vez.

—Eso rompería las condiciones del tratado.

Abba abrió mucho los ojos y enarcó una ceja.

—¡Ja! Las condiciones del tratado. ¿Qué sabes tú de nuestras leyes, muchacho?

—Sé que va en contra de ellas matar a tu compañera predestinada.

Abba siseó.

—¿Qué estás diciendo?

—Mirabella y yo estamos predestinados a estar juntos.

Estalló un coro de susurros, y Chase se adelantó a toda prisa.

—¡Miente, mamá!

Abba enseñó los dientes y, encorvada, se deslizó hacia el altar.