Capítulo 49
Si eres la noche, no puedes huir de las sombras.
Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero
Algo se rompió en mi interior. Salimos del baño y recorrimos el largo pasillo. El hombre de antes iba a un lado; Thea, al otro. Las lágrimas me corrían por la cara y empapaban el velo de tul. Era medio vampira y medio humana. Era la hija de una asesina. Y estaba a punto de morir.
Al entrar en un nuevo espacio, empezó a sonar un órgano de tubos, una melodía antigua cuyos acordes me taladraron los oídos.
Era una sala grande y tenía algo extraño.
Aunque no veía bien, distinguía a lo lejos la presencia de otras personas.
Los oía respirar, agitados, mientras me observaban caminar dando tumbos.
Thea me quitó las esposas de metal y el hombre me empujó contra algo duro, de madera, y me ató las muñecas y los tobillos. Luego elevaron mi cuerpo en el aire.
Me retorcí, tratando de liberarme. El sonido de unos tacones sobre el suelo me sobresaltó. Era un ruido siniestro y conocido. «Otra vez ella, no, por favor».
— Vivamus, moriendum est! —gritó. En efecto, era Abba—. ¡Vivamos, ya que vamos a morir!
No quería participar en el ritual. Me retorcí y grité, tratando de liberarme de las ataduras de cuero; pero solo conseguí hacerme rozaduras y que se clavasen más aún.
—¡Ya basta! —bramó Abba. Alguien me arrancó el velo de la cara.
Sentí que me quedaba sin aire al contemplar la escena.
A los lados del suelo de piedra negra había hileras de pequeñas velas.
Las lámparas de aceite que colgaban de las paredes proyectaban un tenue resplandor en la sala.
Sobre nosotros se abría un techo de cristal.
La luna de sangre brillaba en el cielo y lo teñía todo de rubí.
La contemplé, sobrecogida ante su enorme tamaño.
Era como si alguien le hubiera atado una cuerda y la hubiese acercado a la superficie de la tierra.
Las luces empotradas parpadearon una tras otra a medida que desfilaba un grupo de encapuchados que vestían pesados mantos de terciopelo. Se unieron a los demás. Todos los presentes vestían de negro; yo era la única excepción.
A mi derecha había un altar de piedra con un cáliz de oro colmado de sangre. A su lado vi un libro encuadernado en cuero con el título escrito en una lengua desconocida para mí.
Los individuos de los mantos formaron un círculo a mi alrededor. La primera que se quitó la capucha fue Abba. Sonriente, sostuvo un puñal de plata contra el pecho; una talla del sol y de la luna adornaba la empuñadura.
Grité, y el sonido fue espantoso. No dejaba de debatirme contra las ligaduras, aunque estaba segura de que, si me libraba de ellas, me atraparían y me volverían a atar.
Estar allí retenida era humillante, y, si aquellos iban a ser mis últimos momentos de vida, lo único que quería era devolverles el infierno por el que me hacían pasar.
Casi al instante, un golpe me dejó sin aliento, y la sangre se me acumuló en la boca. Se oyó un coro de gruñidos.
—No quería llegar a eso —dijo Abba mientras yo jadeaba con los labios temblorosos—. Pero lo volveré a hacer de buena gana si no te callas de una vez.
Los demás se quitaron las capuchas, y en el frente del círculo, separado de Abba por dos personas, estaba Julian.
Julian, el hijo de Elena. Descendiente directo de Aadan Primero.
Julian, que había perdido a su madre por culpa de la mía.
Julian, el chico que me había mentido una y otra vez.
Y a quien yo se lo había permitido.
Tenía la cabeza agachada, con el pelo caído sobre la cara, y se negaba a mirarme a los ojos. Debajo del manto toda la ropa era negra: camisa, pantalones y zapatos. Asistía a un funeral. El mío. Estaba curado por completo, con la piel reluciente bajo la luz de la luna, tan hermoso como siempre.
Siseé y escupí la sangre que me llenaba la boca.
—¿Cómo has podido…?
—¿Quieres morir antes de tiempo? —me interrumpió Abba con un grito.
Clavé la mirada en ella; ojalá pudiera reventar los nudos que me ataban, para reventarla a ella a continuación.
Abba sonrió.
—Estupendo. Ahora, otro discurso, y luego les permitiré abalanzarse sobre ti y despedazarte.
Contemplé el círculo de encapuchados, que enseñaban los dientes puntiagudos.
—Mirabella Anise Owens, estás aquí como consecuencia de los pecados de tus antepasados.
Hace cientos de años, en una noche de luna de sangre, los tuyos nos engañaron y condujeron a los élites hasta nosotros.
Los licanos de sangre fuimos malheridos, asesinados, aunque los vampiros habían jurado luchar junto a nosotros hasta el fin.
¿Sabes lo que se siente cuando alguien reniega de la palabra que te dio?
Desde luego. Tenía un ejemplo a un par de metros de ella. Gruñí.
—¿Se puede saber de qué me hablas? —quise saber, con un hilo de voz que me dolió en la garganta.
—Ya basta de pantomimas, Mira. Seguro que sabes que eres la última descendiente viva de los vampiros que traicionaron a los licanos de sangre. Podemos olerlo en ti. No solo vas a pagar por los pecados de tus antepasados, sino también por los de tu madre.
Fruncí el ceño, enojada. Más información inesperada.
Una historia de la que no sabía nada. Otro motivo para que me odiasen.
Todos ellos descendían de vampiros que habían provocado caos y destrucción en masa en aquellas tierras, pero yo también…
Con la salvedad de que mi linaje pertenecía al clan que traicionó a los licanos de sangre.
Mi madre descendía de los que prometieron mantener la paz tras el tratado. Menuda mano de cartas me había tocado…
—A menos… —Abba hizo una pausa y agitó las manos en un gesto dramático; el puñal reflejó la luz carmesí de la luna— que puedas decirnos dónde está ella.
Me dedicó una sonrisa luminosa y esperó.
—Hace años que no la veo.
La sonrisa se evaporó.
—Vaya, qué mala suerte —respondió, y yo me eché a reír, con un sonido retumbante, como si me hirviesen las tripas.
Reí y lloré y gimoteé al contemplar la broma cruel en que se había convertido mi vida.
Todas las respuestas por las que tanto había suplicado estaban de pronto expuestas ante mí, e iban a ser la causa de mi muerte.
Qué juego tan sádico.
Abba gritó, desconcertada por mi reacción.
—¿Crees que la muerte de mi hermana es una broma?
Hace catorce años, Elena se propuso encontrar a tu madre.
Que pagase por lo que había hecho su familia.
Y te encontró a ti. —Abba me clavó una mirada llena de odio y me señaló con el puñal—.
¿Sabes lo escasos que son los dhampiros?
Solo aparece uno cada mil siglos, y cada vez que eso ocurre provocan el caos y la destrucción…
Cosa que tú ya has hecho. Eres una abominación —me acusó, y yo me mordí los labios para no responder.
Ojalá fuese el monstruo que ella decía, porque, de ser así, de todo lo que nos rodeaba no quedarían más que ruinas.
Abba suspiró, como si le aburriese lo que ella misma contaba, y bajó el puñal al costado—.
Así que, cuando Elena dio contigo, decidió mataros a ambas.
Matar dos pájaros de un tiro, como se suele decir.
Pero quería acabar contigo primero, Mirabella.
Eras una cosita débil, no tendrías más de cuatro o cinco años.
Elena quería que tu madre supiese lo que se sentía al perderlo todo.
Que sufriera como hemos sufrido nosotros.
No podrías ni imaginarte a cuántos de nosotros mató tu gente en mitad de la noche.
Docenas en un instante, y… ¿por qué? ¿Para volver con los élites?
¿Para ser más poderosos, quizá? Y ahora, aquí estamos, más de una década después de la muerte de Elena, y por fin vamos a terminar lo que ella empezó.
—Sonrió como una loca—. Qué vueltas tan extrañas da la vida, ¿no te parece?
Rena mató a Elena para protegerme. Por eso quería esconderme, por quien era yo, porque nuestras cabezas tenían un precio.
Lloré a moco tendido, y Abba se echó a reír al verlo. Me incliné hacia delante y le escupí. El salivazo le cayó delante del zapato. Gruñó y, con los ojos ciegos de furia, hizo ademán de abalanzarse sobre mí.
En ese momento, Julian levantó los ojos y me miró por primera vez. Avanzó para ponerse junto a Abba y vi que le susurraba algo, lo bastante insistente para que ella se detuviese.
Abba retrocedió dos pasos, se irguió y levantó la barbilla. Después se volvió hacia Julian.
—Ven, hijo mío. —Le tendió la mano, y él la cogió. El manto cayó al suelo. Abba lo besó en la frente y le puso el puñal en la mano—. Sangre por sangre —susurró; luego lo repitió en voz alta—. ¡Sangre por sangre!
Julian aferró el puñal, pero no le quitó los ojos de encima a ella. En cierto modo, era digno de elogio. Los ojos negros y desalmados que evaluaban a Abba. Los hombros erguidos. La cabeza alta. Un alfa nato. Un príncipe de la medianoche. Que quizá, al nacer el día, se convirtiera en su nuevo líder.
Abba se acercó al altar, cogió el cáliz y lo alzó por encima de la cabeza.
—Sangre por sangre —entonó. Luego dio un sorbo y lo pasó a los demás que esperaban.
Compartieron la sangre y se limpiaron la boca en un delicado pañuelo de color marfil que les ofreció Abba. Julian fue el último en beber del cáliz. Una vez terminaron, Abba se volvió hacia mí. Los ojos de los licanos de sangre, rojos y brillantes, seguían con atención cada movimiento suyo.
—Beberás la sangre que bendijeron nuestros antepasados —ordenó con voz firme.
Me sostuvo la copa ante los labios y me tapó la nariz.
Me vi obligada a apurarla. La sangre era espesa y salada, como el mar.
Se deslizó por la garganta, fría y viscosa, y encendió una llama detrás de mis costillas; llenó un espacio oculto bajo mi piel, bajo mis huesos.
La sangre me goteó de los labios, corrió por la barbilla y salpicó el vestido blanco que llevaba. Abba no me ofreció el pañuelo, como había hecho con los demás. Lo que hizo fue dejar el cáliz vacío en el altar y contemplar a Julian.