Capítulo 48
Ahora puedo confesarlo en el silencio; el destino nos hizo ignorantes.
Artículo VII, Cartas perdidas de Aadan Primero
Aquello parecían unas catacumbas.
Cada recodo nos llevaba a otro pasadizo largo y oscuro. En las grietas de la pared se veían huesos amarillentos, marfileños. La única luz procedía de pequeños candiles encendidos aquí y allá. Por todas las rendijas se colaba un olor a rancio, a podrido. Se me revolvió el estómago.
—Por favor —le susurré al hombre. Me llevaba agarrada por el brazo con tanta fuerza que sabía que me estaba dejando un moretón—. Deja que me vaya. No se lo diré a nadie. Lo juro.
La voz del hombre era tan grave que tenía que dolerle hablar. Se echó a reír y me dio un golpe en un costado, y salí impulsada hacia delante.
—¿Juramentos? ¿De tu gente? No será cierto, niña.
Nos detuvimos ante una puerta de madera en forma de arco. Metió la llave y la giró, pero también llamó con tres golpes. Cuando se abrió, la chica que me había provocado antes estaba allí. Nos recibió con una mueca burlona en la carita redonda.
Era una sala de baño. En el centro había una bañera de cerámica ya llena, y de ella se alzaban nubes de vapor.
Un agujero en el suelo, al otro lado de la habitación, envuelto en sombras.
Había lencería y toallas dobladas sobre una mesa de acero.
Por todas partes había velas titilantes con cera fundida alrededor.
—Toda tuya. —Me empujó hacia la chica—. Abba quiere que esté lista dentro de treinta minutos para el ritual.
—Ajá. —Arqueó una ceja y me cogió la camisa con las puntas de los dedos.
El hombre se marchó y se oyó un clic cuando cerró con llave.
En un abrir y cerrar de ojos, aparecieron unas esposas de plata que se me cerraron en torno a las muñecas y el cuello—.
Un solo movimiento que no me guste y te electrocuto —me prometió.
Tragué saliva. Los dientes me castañeteaban por el frío de la habitación.
—Quítate la ropa, venga —me ordenó al tiempo que me miraba. Ni siquiera parpadeó—. Ya me imaginaba que no iba a bastar con el cubo de agua que te tiré. —Se miró las uñas y se cruzó de brazos. Luego resopló ante mi lentitud—. Venga, desnúdate —me espetó—. Y métete en la bañera.
No tuve más remedio que hacer lo que me decía. Dejé caer al suelo la ropa destrozada y me metí en la bañera. El agua me abrasó la piel, humeó a mi alrededor, y apreté los dientes mientras me sentaba.
—Soy Thea —me dijo, y llenó un cubo de agua para echármela sobre la cabeza. Dejé de ver por un momento y escupí el líquido ardiente—. Aunque eso da igual —siguió—. No me vas a conocer mucho tiempo.
Me empujó por los hombros para echarme hacia atrás y me mantuvo bajo el agua. Su sonrisa me aterrorizó desde arriba; el pelo largo y liso le caía en torno a la cara, y los colmillos alargados denotaban la expectación. Me mantuvo bajo el agua hasta el último momento.
Cuando me soltó, salí a la superficie buscando aire, desesperada.
—No seas cría. Es más fácil lavarte si te sumerges primero. ¿Qué pasa, no te habías bañado nunca? —bromeó.
Me froté los ojos y escupí más agua.
—¿Por qué haces esto? —le reproché. La ira hizo que las palabras me salieran entrecortadas.
Thea me echó champú en el pelo y me lo lavó, rascándome el cuero cabelludo, tirándome de las puntas. Si seguía así, me lo iba a enredar mucho más.
—¿El qué? ¿Limpiarte?
—Todo esto.
Me echó otro cubo de agua por encima, lo soltó y me obligó a meterme bajo el agua otra vez. Lo del cubo no tenía más objetivo que provocarme: con sumergirme bastaba para aclararme el champú del pelo.
Cuando volví a salir, me puso acondicionador en los rizos sueltos. Los años de aplicarles calor me los habían dañado, era un milagro que siguieran marcados.
—Es para el Ritual de la Sangre —empezó—. Sangre por sangre.
—Pero ¿por qué? —Volvió a meterme debajo del agua y se me metió por la nariz—. ¡Joder! —grité, con el rostro congestionado por el líquido que me había entrado.
Thea se echó a reír.
—Porque hueles a rayos, y Abba quiere que estés limpia para el ritual. No quiere que la sangre pura se ensucie con lo que sea en que hayas estado metida hoy.
Me rascó la piel con una esponja vegetal de cerdas. La piel se me enrojeció con cada pasada. Cerré los ojos con fuerza.
—No —conseguí decir entre dientes—. ¿A qué vienen todas estas charadas, todo esto?
—Sangre por sangre —repitió—. Una vida por una vida. Tu madre mató a Elena, a sangre fría y sin remordimientos. Para ti debería ser un honor que lo hagamos así.
Thea volvió a sumergirme, pero me tragué la palabrota que habría querido soltar.
Cuando me sacó, dejé escapar un gemido. Me escurrió el pelo, me lo envolvió en una toalla.
Sus uñas me arañaron las mejillas y el cuello mientras lo hacía.
Eso solo sirvió para provocarme todavía más, y me contuve para no darle un golpe en la cara.
La electrocución parecía mucho más espantosa que aquel ritual.
Me ordenó que me levantara y, cuando lo hice, me echó una toalla por encima. La cogí antes de que se cayera dentro de la bañera y me envolví en ella.
—¿Quién es Elena? —Sospechaba que debía saberlo. Si su muerte era el motivo de la mía, tenía que descubrir todo lo que pudiera.
Thea soltó una risita burlona.
—Me habían dicho que eras tonta, pero no me imaginaba lo ignorante que eres además.
Elena era la hija mayor de Horacio, uno de los primeros licanos de sangre que descendieron de Aadan Primero, uno de los originales.
Era la madre de Julian, y él fue su único hijo.
—Di un paso atrás, y casi estuve a punto de caerme en la bañera.
Volví a ver la foto enmarcada de Julian, un bebé feliz en brazos de su madre—.
Ah, y además eres torpe. Esto va a tener gracia.
Era incapaz de moverme. Se me llenaron los ojos de lágrimas y no vi nada. Elena era la madre de Julian, y mi madre la había matado. Esa era su conexión con los bosques, con los lobos, con los licanos de sangre. ¿Por qué había decidido acabar con ella?
Pero tal vez la muerte de Elena fuera una de las razones de su huida, de todos los secretos que había guardado.
Y era el motivo de que fueran a por mí. De por qué me buscaban. «Sangre por sangre».
De pronto, todas las piezas encajaron. Julian me había dado a entender que había estado protegida, oculta del mundo de lo paranormal. Y resultó que mi madre me había escondido. Vio el daño que había hecho, supo cuáles serían las consecuencias derivadas de matar a Elena.
«Es que busco la manera de que entiendas que… que no creo que hayas estado tan al margen de este mundo como crees», me había dicho.
Y por eso Julian no debía acercarse a mí, por eso mi presencia le había provocado tal aversión la primera vez que nos vimos. Éramos enemigos y nos unía una larga historia. Lo comprendí en aquel momento.
«Como si no lo supieras… A veces, la venganza no tiene una cronología».
Él lo sabía, lo sabía, lo sabía. ¿Cómo había soportado mirarme siquiera?
«Tu miserable existencia es mi perdición».
Todo encajaba en su sitio como las piezas de un rompecabezas.
Agaché los hombros mientras el agua me chorreaba por las piernas.
—Sal —me ordenó Thea.
Quería que yo saliera de la bañera, pero no se había dado cuenta de que dentro de mí había estallado una tormenta. Estaba atrapada en mi propia piel, y nunca volvería a ver el mundo de la misma manera.
Tenía el estómago revuelto y sentí una arcada, pero solo me subió por la garganta aire caliente.
Rena, mi madre, era una asesina. Era el motivo de que Julian fuera huérfano.
Volví a ver los hallazgos de Bobby, las heridas, las magulladuras.
Los lobos iban tras ella, y ella los había estado combatiendo.
Nunca fue la víctima, no. Fue el depredador.
Thea me sacó de un tirón, harta de que no la obedeciera, y estuve a punto de resbalar sobre el suelo de cemento. Soltó un bufido despectivo. Mientras me ponía un vestido de satén blanco con las mangas abullonadas y me lo abotonaba, se me llenaron los ojos de lágrimas de rabia.
—La novia de la muerte —murmuró, y casi me llegó el sabor amargo de la rabia en su boca—. Siéntate.
Me obligó a ocupar una silla. Me puso perlas en las orejas y en torno al cuello. Luego, me tiró del pelo, me echó la mitad hacia atrás para apartármelo de la cara y me pareció que me hacía una trenza, mientras que el resto me caía sobre la espalda en forma de V.
Los pensamientos no paraban de darme vueltas en la cabeza, conflictivos. ¿Cuánto de lo que me había contado Julian era mentira? ¿Cuánto era verdad?
En la tienda, lo que me dijo… no parecía falso.
Había sentido cómo se me grababan esas palabras, como se me quedaban escritas en el corazón.
Su manera de mirarme, de abrazarme, la enormidad de las horas que pasamos juntos, yo contra su pecho, pensando que aquello era amor, o al menos algo que se le parecía mucho.
Pero me imagino que, cuando aprendes lo que es el amor entre mordiscos venenosos y puñales, así aprendes a amar también. Y cuando Julian dijo que yo tenía un olor particular, que esa era la razón de que lobos y licanos de sangre fueran a por mí, ¿era cierto o también parte del plan?
¿O se debía a que mi sangre y la de mi madre eran similares?
—Mi sangre… —empecé al notar que Thea estaba a punto de terminar; pero no sabía cómo hacer la pregunta—. ¿No es diferente de la de otros humanos? ¿No es especial?
Thea me obligó a levantarme. Luego, escupió al suelo, junto a mis pies descalzos.
—Yo no diría que tu sangre sea especial. Rara, sí, claro, pero los dhampiros… —Hizo una pausa y me miró con odio, luego con una expresión de burla. Sabía que no tenía ni idea de lo que quería decir. Esbozó una sonrisa cruel—. Eres mitad humana y mitad vampira. Una vergüenza, una abominación.
Y, sin más, me puso un velo blanco en la cabeza.
En aquel momento, la puerta se abrió.