Luna de sangre Capítulo 47
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Capítulo 47

Nos convertimos en una fuerza imparable, hermano.

Artículo VI, Cartas perdidas de Aadan Primero

Grité y eché a correr, pero fue inútil.

Cada vez que doblaba una esquina, allí estaba Abba, sonriente.

—Pobrecita. De verdad, qué pena. ¿No te contó Rena lo rápidos que son los licanos de sangre? —se burló al tiempo que se pasaba la lengua por los colmillos—. Te mataría, pero sería un desperdicio de sangre exquisita.

Seguí corriendo, conmocionada. ¿Cómo conocía a mi madre? Pero, en aquel momento, Aire y Sebastian entraron en el edificio. Se me acercaron, cada uno desde un lado. Eso no impidió que les tirara artefactos del museo mientras Abba gritaba a los hombres que me agarraran.

Sebastian se lanzó hacia mí con los brazos extendidos. El impulso me derribó y, antes de que pudiera hacer nada, tenía sus colmillos en la clavícula. Grité y la sangre salpicó el suelo blanco.

—¡Sebastian! —gritó Abba—. ¡Apártate de ella ahora mismo! ¡No desperdicies ni una gota más! ¡Está prohibida!

—Pero… sabe tan bien… —La frase le salió lenta, como si estuviera llena de algodón.

Con un gruñido, se dispuso a morderme de nuevo, pero Abba lo apartó de un tirón.

Conseguí escabullirme solo para toparme con Aire, que me agarró y me levantó. Le di un codazo en la barbilla, me soltó y le pegué una patada por debajo del cinturón. Fue de lo más satisfactorio ver cómo caía de rodillas.

Pero no duró mucho. Oí un silbido agudo y lo siguiente que sentí fue un dolor punzante en el hombro. Otro puto dardo tranquilizador, y esta vez disparado por Abba. Me derrumbé sobre el mármol y me golpeé la cabeza contra el suelo frío.

—¡Parece que tengo que hacerlo todo yo! —chilló—. ¡Idiotas! ¡Sin mí, estaríais muertos! —Los dos hombres gimieron y discutieron entre ellos—. ¡Ya basta! Que alguien la ate, a ver si podemos empezar de una vez.

Lo último que oí fue el sonido de los tacones de Abba, y a Aire y Sebastian que venían hacia mí.

Alguien me echó agua encima y me desperté, me puse de pie como pude.

Me encontraba en una celda, al final de un pasillo oscuro que parecía en lo más profundo de la tierra, en una especie de sótano.

Al otro lado de los barrotes, de pie, había una chica vestida de cuero negro, con el pelo negro hasta los hombros, piel olivácea y los ojos almendrados definidos por gruesos trazos de delineador.

Las uñas largas y puntiagudas acentuaban una imagen tan bella como amenazadora.

—¡Despierta! —me gritó al tiempo que golpeaba los barrotes con el cubo—. Pronto vendrán a recogerte.

Echó a andar para alejarse y corrí hacia los barrotes.

—¡Espera! —grité, aterrada—. ¡Por favor! ¿Dónde estoy?

—En un lugar donde nadie te encontrará —replicó en tono burlón antes de marcharse por el pasillo.

—Pero ¿por qué? —grité. Con un movimiento veloz, me lanzó el cubo, que se estrelló contra los barrotes. Me encogí, pero no iba a arredrarme por aquella exhibición—. ¿Por qué tantas molestias por mi sangre? ¿Por qué no me matáis y ya?

Me tragué las lágrimas, los mocos y todo lo que me corría por la cara, con un nudo en la garganta.

La chica vino hasta la celda a una velocidad inimaginable.

Eso sí que me asustó de verdad. Me alejé de un salto y apoyé la espalda contra la pared de piedra.

Arriba había una ventana y los rayos de luna que se colaban le iluminaron la cara cuando enroscó los largos dedos en los barrotes, uno a uno.

Inclinó la cabeza hacia un lado al tiempo que me lanzaba una mirada torva.

—¿Crees que todo esto es por el olor de tu sangre? —Resopló con las aletas de la nariz dilatadas—. No eres tan especial, dhampira.

Escupió al suelo, y la saliva fue a caer a meros centímetros de mis pies magullados. Yo no conocía de nada aquella palabra, dhampira. ¿Qué tenía que ver conmigo? La chica gruñó y sacudió los barrotes, y cayó polvo del techo.

—A ver si te enteras, Mira. Estás aquí por los pecados de tu madre. —Dejó escapar una carcajada estentórea, provocadora, una risa de bruja, de hiena—. Esta noche vas a sangrar y estaré en primera fila con una sonrisa en la cara. No te olvides de mí —siseó.

Y, sin decir más, se fue, se fue de verdad, sin darme ocasión a hacerle más preguntas.

Iban a desangrarme, iba a morir en un lugar como aquel por los pecados de mi madre.

Me dejé caer al suelo para sentarme con las manos contra el pecho.

¿Qué quería decir aquello? ¿Rena eliminaba a los licanos de sangre?

¿De eso intentaba protegerme? Si me tenían allí para matarme en lugar de ella, debía de haberles hecho algo espantoso, imperdonable.

Pero, si no era por el olor de mi sangre, entonces, ¿por qué?

Me abracé las rodillas contra el pecho y todo el peso de las últimas horas cayó sobre mí.

Todo me dolía, me escocía, me aguijoneaba con cada movimiento.

Tenía las extremidades magulladas; los ojos, hinchados.

La agonía que sentía se me extendía a todos los músculos y tejidos.

Iba a morir aquella noche y allí estaba, enjaulada como un pájaro sin alas, impotente.

Lloré, lloré, lloré contra el cemento sucio, deseando con todas mis fuerzas un final mejor. Siempre había deseado una vida sin aquel sufrimiento, y lo había intentado, había hecho lo posible por conseguirla, por tener una existencia feliz y en paz.

Pensé en Bobby y eso me hizo llorar todavía más. Pero también me hizo reaccionar. Si estuviera conmigo, él lucharía por mí…, pero, como no estaba, tenía que buscar en mí misma la fuerza para seguir adelante. «No será así —me dije—. Pelearás hasta el último aliento».

Me di la vuelta y lancé una patada contra los barrotes con la esperanza de romperlos, aunque sabía que no era posible.

La vibración del hierro me reverberó en los huesos.

El metal ni se inmutó. Más arriba, fuera de mi alcance, donde la curva de la pared llegaba al techo, había una ventanita con barrotes verticales.

Si pudiera trepar hasta allí, tal vez podría quitar los barrotes y ver si la ventana se abría. Podía ser una ruta de escape.

Me quité los pantalones de chándal que me había dado Julian y que me quedaban enormes, y los utilicé como cuerda. Tras varios intentos, una pernera se quedó enganchada al barrote, colgando por el otro lado.

Di un salto, luego otro, y al final conseguí agarrar la pernera y tirar, y así pude trepar por la pared. Una vez llegué hasta la ventana, metí la mano entre los barrotes y tiré del pestillo para abrirla.

El aire y el polvo se colaron por la rendija y tosí. Pero, pese a haber abierto el pestillo, la ventana seguía cerrada. Golpeé el cristal con los nudillos hasta que me sangraron y, tras unos cuantos puñetazos, el cristal cayó hacia fuera, a la hierba, abierta al bosque.

Se me aceleró el corazón y tiré de los barrotes con todas mis fuerzas, pero estaban soldados al marco de la ventana.

Antes de que pudiera intentar nada más, alguien carraspeó detrás de mí. Había un hombre ante la celda. Abrió la puerta, y me bajé de un salto. Llevaba un traje negro de los pies a la cabeza, unas gafas de sol, el pelo recogido en una coleta, y tenía un tatuaje en el cuello.

—Vamos —se limitó a decir.

Casi no pude hacer más que ponerme los pantalones antes de que me agarrara del brazo y me sacara al pasillo.