Capítulo 46
Hasta en la muerte, sigo siendo el guardián de mi hermano.
Artículo V, Cartas perdidas de Aadan Primero
Cuando recuperé el conocimiento, estaba en el asiento trasero de un vehículo, con las manos atadas a la espalda. Me habían puesto un saco de arpillera en la cabeza y tenía la boca tapada con un trozo de precinto grueso.
A través de los agujeros de la tela, vi una carretera apenas iluminada que me resultó vagamente familiar.
—¿Qué demonios pasa con Julian? Ese chaval lo va a echar todo a perder. ¿Qué le da derecho a tener el poder que tiene? Qué estupidez —dijo el que iba junto al conductor.
—Da igual —gruñó el conductor. Reconocí la voz. Era el hombre de antes, el de la cicatriz en la cara—. Ya hemos hecho el trabajo. Cierra la boca o la vas a despertar. Hasta aquí me llega la peste. Dios, ¿qué has comido? ¿Una bolsa de cebollas?
El acompañante golpeó algo, tal vez se dio un palmetazo en la rodilla.
—¿En serio? ¿Y lo dices delante de la chica como si tú no tuvieras ni un defecto?
—Cállate de una vez. —El conductor abrió un compartimiento del salpicadero—. Toma, un caramelo de menta.
—Joder, Sebastian, qué gilipollas eres. —El compartimiento de la consola se cerró con un chasquido brusco—. No soporto trabajar contigo.
—Aire —gruñó Sebastian—. La chica —le recordó.
Aire soltó un bufido a modo de respuesta.
Nos desviamos hacia una carretera. Bajo la arpillera, divisé un letrero luminoso que conocía.
Era la entrada de la Universidad de Lakeland.
Respiré hondo por la nariz. ¿Qué clase de broma macabra era aquella?
¿Me traían al campus para matarme? ¿Eran tan presuntuosos como para pensar que podrían ocultarlo?
«Serán idiotas…». Fuera cual fuera la razón, me tranquilicé por primera vez en muchas horas.
Si conseguía salir del coche, podría huir, escapar de todo aquello.
El vehículo aminoró la marcha y se detuvo. El motor se paró.
—Vigila a la chica —siseó Sebastian—. Tengo que coger una cosa antes de llegar.
Aire estuvo un rato dando golpes en la puerta al ritmo de la música. Luego, su teléfono empezó a sonar y salió del coche para hablar.
Era mi oportunidad. «Ahora o nunca».
Tenía los pies desatados, así que me retorcí hacia un lado, caí adelante.
En aquella postura, pude poner los brazos por delante del cuerpo con las manos libres para quitarme la bolsa de la cabeza y el precinto de la boca.
Con los dientes, tiré de la cuerda de las muñecas hasta que conseguí aflojarla y soltar el nudo.
Se oyó una risa fuera del coche. Algo le había hecho mucha gracia a Aire. Ya no estaba hablando con nadie, sino pasando pantalla tras pantalla, viendo vídeos.
Su distracción me dio la oportunidad que necesitaba. Me fui hacia la puerta del otro lado y bajé poco a poco la manilla hasta que se oyó un clic. El aire gélido entró en el coche y, con un movimiento rápido, me deslicé hasta el suelo y cerré la puerta lo justo para encajarla sin hacer mucho ruido.
Desde allí fui capaz de identificar el lugar donde nos encontrábamos, cerca del bosque próximo al estadio O’Porter. Sin las luces del terreno de juego, solo había unas pocas farolas que interrumpieran la oscuridad absoluta de la noche.
Lo primero de todo, me quité los zapatos y los metí bajo el coche. Sabía que, descalza, haría mucho menos ruido al correr por el asfalto. Luego, agachada, corrí hacia el árbol más cercano. El sonido de mi corazón me resultaba atronador.
Me pegué contra la corteza rugosa y miré a ver si Aire había advertido mi ausencia, pero no era así. Seguía mirando el teléfono y riéndose, con la cara iluminada por la luz de la pantalla, pero Sebastian se acercaba por la acerca a paso veloz.
—Métete en el coche, imbécil.
Aire agarró el teléfono con fuerza en el puño.
—Tío, esta es la gota que colma el vaso.
Sebastian dejó escapar una risa burlona.
—Uy, qué miedo.
Aire se metió en el coche y cerró la puerta de golpe. Cuando el motor se puso en marcha, dejé escapar el aliento contenido y me apreté contra el árbol.
Condujeron unos cuantos metros antes de detenerse bruscamente.
Al verlo, eché a correr hacia el Campus Central, y entonces vi las luces encendidas en el Museo de Arte Sutton. Allí había alguien, tal vez algún conserje, o la propia Abba. Fuera quien fuera, era prometedor.
No me paré ni miré atrás al empujar las puertas, que no estaban cerradas con llave.
Suspiré y se me llenaron los ojos de lágrimas. Dentro, me recibió el olor a jabón y a limones. Justo lo que esperaba: alguien estaba limpiando.
—¡Eh! —llamé, y corrí por las salas hasta casi chocar de bruces contra Abba.
Tenía en las manos una bolsa con el almuerzo, el bolso y un libro grande encuadernado en piel. Se sobresaltó al verme y dejó caer sus cosas.
—¡Socorro! —le dije—. ¡Me persiguen!
Abba abrió la boca y los ojos, y se agachó para recogerlo todo. Rebuscó en el bolso y las llaves tintinearon.
—¿Quién? —preguntó al tiempo que miraba hacia la noche—. ¿Quién viene a por ti?
Corrió hacia la puerta por la que había entrado, puso la mano en el pestillo.
—Son unos lobos —sollocé—. ¡Licántropos, como los de las historias!
Frunció el ceño mientras cerraba la puerta con llave.
—¿Lobos? —susurró; y una expresión temible se le dibujó en la cara. El pánico dejó paso a una sonrisa siniestra—. Mi querida Mirabella —ronroneó—, ¿qué te hace pensar que aquí estás a salvo?