Luna de sangre Capítulo 45
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Capítulo 45

Durante milenios, estuvimos inmersos en la violencia divina.

Artículo I, Cartas perdidas de Aadan Primero

Me despertó algo que se movía; Julian me estaba sacudiendo por los brazos. El sueño me pesaba tanto que me costó recuperar la consciencia.

Entre parpadeos, vi una expresión de pánico en su rostro, y cuando me volvió a tocar pude sentir el miedo que lo recorría.

—Bells… —tartamudeó con voz temblorosa—. Escúchame, Mirabella. —Se calló y miró de reojo por encima del hombro, como si esperara algo. Me miró de nuevo y se inclinó sobre mí—. Sé que es difícil, pero, por favor… —rogó—, por favor, haz un esfuerzo, resístete al impulso de seguir durmiendo.

Traté de moverme, pero sentía los miembros pesados, lánguidos. El deseo de dormir era irresistible. Se me cerraban los ojos.

—No —suplicó—. No cierres los ojos. Yo… he metido la pata, y lo siento.

Lo siento mucho —se disculpó. La urgencia de su voz me despertó un poco, pero no lo suficiente—.

Pase lo que pase fuera de esta tienda de campaña, tienes que saber que todo ha cambiado.

Ahora no tengo tiempo de explicártelo, pero…

—Las palabras se difuminaron y la cabeza se me cayó de lado mientras la oscuridad se apoderaba de mí.

Julian me sujetó la cara con los dedos clavados en las mejillas.

—Despierta, Mira. —Tiró de mí para levantarme, con la intención de que me sentara. Un poco más despierta, logré enfocar la vista para mirarlo. Lo primero que vi fue la boca, los labios que se movían a un ritmo frenético.

—Te juro por mi vida que no dejaré que te hagan daño. Tienes que confiar en mí. —Me apretó la mano—. Soy tuyo. Te lo prometo, soy tuyo —susurró, y de pronto dejó de hablar. Yo parpadeaba, confusa, y trataba de entender lo que ocurría.

—¿Qué? —grazné. Volví a enfocar la vista.

Estaba delante de mí y me ponía sus zapatos y anudaba los cordones, como si eso fuese a bastar para sujetármelos.

Movía el brazo con normalidad y las heridas habían desaparecido, o eran solo marcas tenues en la piel.

Su cuerpo se había curado casi por completo.

—Tienes que irte. Tienes que huir —insistió, con una mirada salvaje en los ojos.

—¿Qué? ¿Por qué tengo que huir? ¿A dónde voy a huir?

Se arrodilló junto a mí.

—Da igual, a donde sea. Todo lo lejos que puedas. No te detengas y no mires atrás. No deben enterarse de que estábamos juntos. —Me cogió de los brazos y me ayudó a ponerme de pie—. Es posible que te atrapen, y en ese caso…, no te resistas. Si lo haces, será peor.

Arrugué el rostro mientras intentaba entender la complejidad de la situación en la que me había despertado. Julian abrió la cremallera de la tienda.

—¡Vete! —ordenó con un susurro.

Con las rodillas temblorosas, me adentré en la niebla nocturna, asustada por la idea de que alguien me siguiera. Sin luces, el bosque no era más que un borrón. Tropecé con los árboles y eché a correr, sintiendo aún el subidón del veneno que corría por mis venas.

«No te detengas», me había dicho. Las perneras de los pantalones estaban cada vez más mojadas.

A mis espaldas, sentí una vibración en el suelo que se abría camino entre las ramas.

Algo que surgía del bosque y me seguía de cerca.

Contuve un jadeo de miedo, aunque tenía ganas de llorar, y seguí corriendo.

El corazón me latía en el pecho como un vendaval enfurecido.

Cuanto más corría, más consciente era de que tenía el tobillo magullado.

Me latía con un dolor continuo. No tenía tiempo de pararme a vendarlo, cosa que debería haber hecho horas antes, o…

Sin móvil ni reloj, no sabía muy bien cuánto tiempo había pasado.

El cielo era de un color azul regio. La luna de sangre, enorme aún, ocupaba el cielo y derramaba su luz sobre el mundo.

Mis pensamientos se centraban en sobrevivir y en la esperanza de cruzar un claro entre los árboles y llegar a la ciudad. Encontrar seres humanos y reunirme con Bobby.

La luz de las farolas se colaba entre las hojas, y a través de las ramas me llegaba el sonido de los coches que pasaban. Faltaba poco, muy poco, para sobrevivir. Hice acopio de fuerzas y aceleré, hasta que unos ojos brillantes se aparecieron a pocos metros por delante de mí.

Derrapé para frenar y, con aquellos zapatos, casi me caí.

Giré a la izquierda y estampé medio cuerpo contra un árbol, con un golpe tan fuerte que reboté.

Pero seguí corriendo. La adrenalina mitigaba el dolor.

Solo me detuve al descubrir a otro lobo.

El frenazo repentino me hizo caer al suelo boca abajo; inhalé el olor de la tierra.

Me apoyé en el barro con las manos y me levanté al tiempo que un rugido hendía el aire.

Al ponerme de pie, apareció otro lobo, agazapado, con el pelaje de color amarillo marfil.

Se me acercó y, cuando gruñó, los labios separaron el lodo que los cubría y dejaron los dientes a la vista.

Se me acercó al acecho, como dándome caza.

Retrocedí a toda prisa, pero, al oír otro gruñido, me detuve y me di la vuelta.

Otro lobo. Luego otro, y otro, hasta que un coro de gruñidos y ojos relucientes me rodeó por completo.

¿Cómo iba a escapar de algo así? Todas las opciones terminaban conmigo hecha pedazos. Pero allí, unos metros más allá de los árboles, estaba la ciudad, muy cerca. No iba a permitir que me retuviesen aquí, que me atrapasen. Si tenía que caer, lo haría gritando y peleando hasta el final.

Mientras planeaba una maniobra de distracción, los gruñidos se apagaron. Un hombre cruzó entre dos lobos, con una sonora carcajada.

A la luz de la luna parecía mayor, de facciones duras, con el pelo negro y corto, piel pálida y una cicatriz en la mejilla. Sostenía un rifle en la mano.

—No tienes a dónde ir —dijo, con un marcado deje y una amplia sonrisa. Dioses, acababa de conocerlo y ya lo odiaba—. Ha llegado la hora de arreglar cuentas, señorita.

«¿Qué cuentas?». Di un paso atrás.

—¿Quién eres tú? —le grité con los puños apretados.

Soltó una risita.

—Tu peor pesadilla.

«Tienes que estar de coña». Así que tenía que elegir entre los dientes de aquellos híbridos (lo supuse porque eran mucho más pequeños que el jugador de fútbol americano), o morir de un disparo.

Me cabreaba verme en aquel dilema. Hice un esfuerzo por respirar con normalidad y me decidí por lo segundo.

Pero, en el momento que me iba a lanzar entre las patas de una bestia, apareció Julian.

Al principio, su presencia me provocó una oleada de alivio; pero se me pasó al ver que se detenía junto al hombre y clavaba los pies en el suelo, sin la menor intención de avanzar hacia mí.

—¡Tú! —grité, con voz estrangulada. Todo había sido una trampa. Me había traicionado.

El hombre chasqueó la lengua y agitó un dedo en dirección a mí.

—Yo que tú no lo haría —avisó, como respuesta a mi intento disimulado de moverme.

Julian, con las manos juntas delante de él, tensó la mandíbula y levantó la barbilla hacia la luna roja.

—Ambos sabemos que esto acabará con sangre —señaló, y, antes de que yo pudiera moverme más, o ni siquiera pensar, el extraño me apuntó con el rifle, y Julian no se inmiscuyó; solo se quedó observándolo todo, con la mirada fija. Ese recuerdo me acompañaría hasta la muerte.

Un tirón del gatillo, seguido de un impacto en mi pecho. Caí al suelo con la sensación de tener todo el cuerpo en llamas. Aun así, conseguí arrastrarme mientras unas pisadas se me acercaban.

—Menuda sorpresa. Es más dura de lo que parece, ¿no? —dijo el hombre con una risita. El barro salpicaba a cada paso que daba—. Con ese sedante no vas a llegar muy lejos.

Porfié hasta que fui incapaz de mover brazos y piernas. Luego sentí un tirón. Los licanos de sangre se apiñaron a mi alrededor, empujándose unos a otros. Noté un mordisco en los pantalones. Los olores a barro y a perro mojado me envolvían por completo.

Se me adormeció la lengua. Quería aullar a los cielos, maldecir a quienquiera que fuese responsable de mi destino.

Pero estaba inerte, cada vez menos consciente.

Los ojos iridiscentes me rodeaban y las garras me arañaban la piel.

Un corte, y la sangre alimentando a los hongos.

Así iba a morir, con la cabeza en la tierra y lombrices bajo el cerebro.

Se oyó un gruñido.

—Apartaos de ella. —Era la voz de Julian. Qué lástima que la conociese tan bien—. Tenemos que mantenerla de una pieza. Yo la llevaré.

El hombre gruñó, malhumorado y titubeante.

—De acuerdo. Pero si la vuelves a perder, ella te matará.

Julian me levantó como si fuese un saco de patatas y me acarreó tal y como había dicho. Al poco, me taparon la cabeza. Más oscuridad. A esas alturas era lo único que me quedaba.

Si pudiera moverme, lo primero que haría iba a ser darle un puñetazo a la mandíbula perfecta de Julian. Me había mentido. Me había engañado, y también usado. Y ahora me llevaban ante la presencia de la misteriosa mujer que lo asustaba incluso a él.